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GLORIA G. DURÁN / ENSAYISTA

“Las cupletistas son las heroínas de la modernidad”

Esther Peñas 25/02/2022

<p>Gloria G. Durán.</p>

Gloria G. Durán.

Cedida por la entrevistada

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Más de quinientas páginas para analizar un género musical como el cuplé es un dato que, a priori, puede disuadir su lectura. Pero el cuplé tiene que ver con una actitud ante la vida desenfadada, frívola, sensual, gozosa, y con el escándalo que supuso para algunos intelectuales como Miguel de Unamuno, que lo combatió a mandíbula batiente, y el afecto de tantos otros, como Gómez de la Serna; el cuplé entró en el Congreso por la candidatura ‘Sicalípticas liberales’, y se emparentó con las vanguardias, y concedió a la mujer una soberanía libérrima, y puso en entredicho las buenas costumbres y los dictámenes del poder. De todo ello nos habla Gloria G. Durán (Madrid, 1971), autora de Sicalípticas. El gran libro del cuplé y la sicalipsis (La Felguera).

Del escándalo y proyección que tuvo el cuplé y la sicalipsis da buena cuenta el trabajo que se tomó don Miguel de Unamuno atacándolos en la prensa, denunciando esos tugurios “donde una desgraciada cupletista berrea cuatro indecencias enseñando al desnudo cuanto Dios le dio y ella vende”. ¿Qué es lo que ponía en entredicho, qué se sentía amenazado en la sociedad con el cuplé para armar semejante tremolina?

En sus textos “Sobre la pornografía” y “Sobre la lujuria”, publicados en Salamanca por Unamuno en 1907, él teme el contagio de toda la población, y por ende el atontamiento de todos sus compatriotas, algo que a su juicio producía la sicalipsis. Considera, como un tal Doctor Horton al que cita con frecuencia, que la sicalipsis es una enfermedad infecciosa capaz de destruir las naciones más fuertes socavando su voluntad. Cree que el cuplé ablanda a los hombres y pierde irremisiblemente a las mujeres. El tono alarmista que emplea Unamuno es brutal: “La lujuria, el juego, la embriaguez, entontecen a los pueblos y acercan al hombre al bruto. Si por cada escuela que se abre no se logra cerrar una casa de juego, una casa de prostitución y una taberna, es que la escuela no sirve”. Para don Miguel, la clave de la prosperidad es llevar una vida morigerada, es decir, de buenas costumbres.

Sin embargo, otros compañeros de generación, como Azorín, gran entusiasta de La Chelito, defendían la causa, al igual que escritores como Álvaro de Retana o Gómez de la Serna. ¿Era una cuestión de modernidad frente al “¡Vivan las caenas!”, un asunto político?

Son dos visiones muy diferentes de la modernidad. La modernidad de don Miguel es un vasito de agua y a las diez en la cama, a descansar. Ramón o Azorín prefieren una modernidad al estilo Baudelaire. Esto es, ver lo eterno en lo transitorio, salir ahí fuera, ver qué sucede, poetizar lo cotidiano. Ambas posturas reclaman para sí la misma palabra, modernidad, pero son cosas muy diferentes. La modernidad de Baudelaire es una salida, incluso, la salida. La mayoría de edad. Pero son dos maneras contrapuestas de encarar esa mayoría de edad como sociedad. Una, aboga por la sorpresa, lo imprevisto, lo impreciso, lo que no se puede definir ni delimitar. La de la sicalipsis, la del cuplé, la que transita la fina línea que separa lo ya conocido de lo que trae el porvenir. De ahí el porvenirismo de Ramón Gómez de la Serna. La otra, la modernidad de orden, control y organización, estructural de antemano, la de definiciones claras y sorpresas, las justas. A día de hoy seguimos ante esta dicotomía, somos todos modernos, pero podemos serlo de distinto modos.

¿Qué separa la sicalipsis del “gusto estragado”? ¿Dónde la linde entre recato y obscenidad?

Eso es muy interesante y depende de los contextos. No hay una línea clara, depende del nivel cultural de cada facción. Esa es la gran magia y el gran hallazgo de Félix Limendoux, el inventor del término sicalipsis. Su definición del concepto es brillante, y está preñada de lecturas del decadentismo finisecular. Para mí era rizar lo imposible: hacer de la alta cultura un producto de consumo masivo. Todos los textos que Limendoux escribe en 1902, incluyendo pies de foto de imágenes sicalípticas (como la de la cubierta de mi libro), están llenos de referencias a la literatura francesa decadente y simbolista. La primera vez que se establece este “equilibrio inverosímil”, ese equilibrio sobre el que preguntas, queda mucho más cerca de lo estragado (sensibilidad alterada o viciada o exquisita) que de ese otro público amante de las bellas artes sin más, mucho menos sofisticado. El público primero tenía ese gusto ya educado, instruido en los avances estéticos. Sin embargo, al correr de los años, y sobre todo al ampliarse los públicos de y para la sicalipsis y el cuplé, esa línea se acercará mucho más a la otra parte, más simple, incluso amando las bellas artes. De la sicalipsis inicial a las variedades selectas esa línea se mueve. Como lo hace todo el sistema, porque a la postre se trata de una actitud ante la vida.

La modernidad de don Miguel es un vasito de agua y a las diez en la cama, a descansar. Ramón o Azorín prefieren una modernidad estilo Baudelaire

¿Hasta qué punto mujeres como La Bella Otero, Pastora Imperio o Raquel Meller transformaron la sociedad de entonces?

La base de mi tesis es que no se trata de un puñadito de nombres como los que citas, sino que eran miles, muchísimas las mujeres relacionadas con el cuplé y la sicalipsis. Conformaban una auténtica constelación, las estrellas del género ínfimo, como los hermanos Álvarez Quintero recogen en sus escritos. Había una barbaridad de teatros, teatruchos, salitas, salones, music halls, y centenares de mujeres que cantaban cuplés. Abrir cualquier número del Eco Artístico, la revista donde se anunciaban, era apabullante. La transformación social nunca va de la mano de dos personas, ni de una, eso es imposible. Lo interesante es que eran muchísimas. Y entonces sí, sin duda, fueron un acicate para la transformación social, para hacer de este otro país, como dice Maite Zubiaurre, más burbujeante, chispeante y gozador a manos llenas. Todas tenemos una abuela o bisabuela que era una moderna, en el mejor y más lúdico sentido de la palabra. Eso era posible porque, efectivamente, había mucha guasa, mucha crítica social y muchos dobles sentidos, siempre con la peor de las intenciones. Ellas son las heroínas de la modernidad. Como “el pintor de la vida moderna” lo fue para Baudelaire, para mí lo fueron ellas. Gómez de la Serna lo describió: “Los modestos y tímidos escritores veían en aquella mujer una compañera de luchas contra el oscuro presente. Todas iban a romper paredes del aburrimiento y las espesuras y alentaban a la familia con entusiasmo ditirámbico de jóvenes para que la jovencita se atreviese a dar el salto al proscenio”. Luchadoras contra ese oscuro presente que en nuestro país siempre está al acecho.

Postales de la cupletista Chelito Toribio. Fuente: cedidas por la entrevistada.

Postales de la cupletista La Bella Chelito. Fuente: cedidas por la entrevistada.

De alguna manera, las cupletistas inventaron el personaje, algo que a día de hoy, en cambio, se ha perdido (uno se sube a un escenario con vaqueros y una camiseta de Zara). ¿Qué aporta la construcción del personaje a un artista?

Para ellas era fundamental. El arte del cuplé es una obra total. Son creaciones, y así rezaba en las partituras, “creación de…”. Como la de “La militarista”, de Amalia de Isaura, que es formidable. Creaban su personaje, su modo de andar, de mirar, de decir el cuplé, de cómo aparecían y desaparecían de escena. De hecho, en El Eco Artístico siempre se leía: “artista á transformación” (con la “a” acentuada). Eso significaba que se cambiaba de vestuario durante el espectáculo. Cada una es toda una galaxia, hay bailarinas excéntricas, monísimas, danzarinas, jóvenes canzonetistas… La mayoría de las veces con el cartel de “moralmente probado”. Los cuplés, igual. Pero en el personaje estaba la diferencia, simbolizaba “la creación”, no solo exquisita dicción o el afinado aceptable, sino el modelo y la capacidad de ser excéntrica y salir en los medios de comunicación, lo cual a su vez conllevaba más ingresos. Raquel Meller fue una maestra; sin embargo, La Goya, tremendamente exitosa, apenas ha trascendido. La Meller se quedó hierática e impasible bajo el foco, mientras las demás enloquecidamente se transformaban. Pero triunfó. Cosas del dandismo, aunque residual, que rezuma el sistema.

Pienso en cuplés como “La futurista”, de Tina de Jarque, o “¡Ultraísmo puro!”, de Amalia de Isaura. ¿Cómo era la relación vanguardias/cuplé?

Decir “vanguardia” en España es ser muy optimista. ¡Ultraísmo puro! me encanta, porque aterriza en las ínfulas vanguardistas. Hay un libro fascinante, El movimiento V.P., del maestro Rafael Cansinos Assens, una novela de vanguardia, que ya anuncia el fracaso desde el humor inteligente y ácido. También he trabajado con las investigaciones de José Antonio Sarmiento, Veladas ultraístas, y de Pablo Rojas, Poetas de la nada. Huellas del Dadá en España. La ciudad entonces era pequeña, Julita Fons decía que Madrid no es París, todos se encontraban y acudían a las mismas reuniones; la primera velada ultraísta se celebró en La Parisiana, un salón caro, no accesible a cualquier bolsillo. Esta idea también era ambivalente, mientras unas querían llegar a todos los públicos, y cuanto mayor, mejor, a otras no le importaba nada el respetable. Hacían cosas que solo unos pocos podrían entender. Quizá el que más supo de vanguardia, Gómez de la Serna, da en el clavo con el “yo ya no soy vanguardista, yo soy porvenirista”. Tal vez vaya mucho más con nuestra naturaleza ser porveniristas. Ellas, sin duda, lo fueron. Para desesperación de Gómez de la Serna, que se queja de nuestro eterno llegar tarde, nunca se logrará en España un espíritu verdaderamente vanguardista. Todos resultan incapaces de hacer estallar el legado modernista, lo modelan, pero no lo revientan. Las cupletistas hacen lo mismo, modelan, avanzan, mas nunca revientan. Por ello Gómez de la Serna insiste tanto en su condición de porvenirista. Él ya había traducido el Manifiesto Futurista una década antes de que los Ultraístas decidieran arrancar nuestra vanguardia, en 1909, por eso opinaba que los calambres de un mundo nuevo hijo de la electricidad llegaban muy tarde al centro de Madrid. E hijas de la electricidad sí que eran, como escribió Marinetti en su texto “El Teatro de Variedades”. ¿Eran hijas de la electricidad, las cupletistas? Según Tina de Jarque, sí. Canta “En plena locura”, donde se dice que las cupletistas eran futuristas y extra modernistas, las mujeres del futuro, que saben patinar, conducir, regatean en balandros, fuman, y bailan el shimmy. Son el futuro, más que futuristas, y exhortan al mundo a “Dadalizarse”. Pero no todo el campo es orégano; Tomás Borrás, escribe esta joya de cuplé y, años después, militó en La Falange. Siempre hay matices y cualquier cuplé puede, como buen dandi, decir una cosa y su contraria en un puñado de versos.

Formaron hasta una lista al Congreso, ‘Sicalípticas liberales’, aunque la que salió elegida fue la Pardo Bazán. ¿Qué propuestas políticas hubieran sacado adelante, al menos lo hubieran intentado?

La Pardo Bazán era de las conservadoras. El elenco de esa maravillosa candidatura de 1907 es de lo más variopinto. Conservadoras, ácratas (Rosario de Acuña), independientes (la magnífica Gloria Laguna, tía de Antonio de Hoyos y Vinent), liberales sicalípticas (La Chelito), que quedaron relegadas al último lugar, superhembras (Carmen de Burgos, Colombine, entre ellas), y democráticas populares (Pilar Vidal). Ganaron las conservadoras, para variar, aunque por un voto. Lo que podrían haber hecho dependía de si a Gloria Laguna, dandificada dama, cultísima y extravagante, le hubieran dejado participar. Emilia era una grandísima escritora, pero políticamente conservadora. Lo curioso es la cantidad de cuplés con potenciales gobiernos de mujeres, como el de 1909, cantado por la Bella Dorita, “¡Si las mujeres mandasen..!”, fantasía lírica en un acto dividido en cinco cuadros, o “La presidenta”, de Carmen Flores: “Como hace tiempo España necesitaba / un gobierno de fuerza que le aliviara, / después del resultado mis pareceres, / he conformado uno con toas las mujeres. / Y a mí me ha tocado ser la presidenta / y por eso vengo a daros cuenta. / Así que, señores míos, ya tengo las riendas del poder/ y lo primero que he hecho al coger las riendas / ha sido decir: ¡alto el carro! / Se acabó ya esto de cargar con todo. / Mi lema es este: moralidad, igualdad y un poquito de cotilleo . / Y la que me desobedezca, le digo, toma de inserción obligatoria”.

¿Cómo consiguió apaciguarse la rivalidad entre tiples y cupletistas (mejor pagadas y más respetadas por el público)?

Ja, ja, ja, no creo que se apaciguase nunca. Simplemente, se transformaron los usos del ocio, cada vez había menos tiples y más cupletistas. Por ejemplo, una de mis favoritas, Julita Fons, siempre trabajó dentro de revistas. Tiene muchos cuplés pero insertos en revistas. Hay una sutil diferencia entre la cupletista que, como diría La Goya, sale sola al escenario y con su cuerpo y una cortina debe evocar un mundo entero, y la tiple, que salía a escena mucho más arropada, con un guion, una trama y otros actores. No obstante, muchas podían ser cupletistas independientes y puntualmente trabajar en una revista. Como siempre ha pasado en cultura, no hay contornos nítidos. Pero los de la revista Gedeón, donde se publica originalmente esta supuesta gresca, eran divertidísimos.

¿Las artistas de hoy en día son más mojigatas que entonces?

No, hombre, antes también había mucha reaccionaria. No todo el campo es orégano. Ahora es igual, el mercado musical es muy amplio. La diferencia hoy es que cualquiera puede hacerse un estudio en su casa, más o menos, y la cantidad de gente que hay haciendo música y propuestas es enorme. Pero hay mucho material interesante. Las mojigatas son las que quieren estar en el mercado masivo, y hacen variedades selectas. Pero gente poderosa y nada mojigata también hay. Aunque seguimos viendo que las tetas siguen dando miedito. ¿Por qué? Pues no lo sé. Lo que sí veo es que la nuestra es una sociedad tremendamente más aburrida, y la gente está harta del aburrimiento, por eso hay cierta fiebre sicalíptica.

Postal de la cupletista Raquel Meller y recorte del número 857 de la revista 'Nuevo Mundo', del 9 de junio de 1910. Fuente: cedidas por la entrevistada.

Postal de la cupletista Raquel Meller y recorte del número 857 de la revista 'Nuevo Mundo', del 9 de junio de 1910. Fuente: cedidas por la entrevistada.

¿Frenó la sífilis el furor sicalíptico?

No lo creo. Lo frenó más el que los gobiernos y los escritores reputados, como decíamos al principio, entraron en pánico. La sicalipsis tiene más que ver con el ars amatoria, los devaneos, la mundanidad, los síntomas de una urbanidad más sofisticada, y sobre todo la galantería. Por tanto, la autonomía de las mujeres era el verdadero monstruo que batir. No es el sexo, la sicalipsis no es pornografía, tiene mucho más que ver con el ingenio y la mundanidad dieciochesca que con el porno. Y eso sí es un problema, que las gentes sean autónomas y decidan sus propias costumbres sí es un problema. Que se pongan ciegas a fornicar, importa menos. La sífilis me vale a mí en el ensayo para dar cuenta del poder del relato del contagio, y de la facilidad con la que se estigmatiza a gente que no se adapta a los estándares y normalidades sociales.

La autonomía de las mujeres era el verdadero monstruo que batir. No es el sexo, la sicalipsis no es pornografía

¿En qué momento comenzó el fin del cuplé?

Hay diversas versiones. Como para mí es la actitud cupleteril lo que cuenta, el contexto urbano que permite vivir de otra manera e inventarse uno mientras se vive, obviamente el corte fue brusco y tiene una fecha muy concreta: 1936. Estalló la guerra y todo se desvaneció. Los procesos nunca son tan limpios, pero, en este caso, los de vivir la ciudad, de relacionarse, de hablar de lo que pasa, de insinuarse, comentar, opinar, desaparecieron. A mí me sigue fascinando que el cuplé solo haya vuelto en su versión soft, es decir, edulcorada. Sara Montiel (que me encanta), trae los cuplés sin las estrofas calientes, quita la última del polichinela, el de Fumando espero… En suma, nos trae el cuplé más meloso. Lo terrorífico es que esos otros cuplés, los más, han quedado sepultados, siendo la cultura popular mainstream; es como si en 2090 nadie supiera quién es Rosalía, ¿no sería inquietante?

La Chelito, Pastora Imperio, Raquel Meller, la Goya, Tórtola Valencia… ¿Por cuál siente especial querencia y por qué?

Mis favoritas son La Chelito, Carmen Flores y Julita Fons. De Julita Fons no se habla, pero era brillante y escribió su autobiografía, Lo que yo pienso, en la que defendió el divorcio e inventó su personaje excéntrico y extravagante a conciencia. La Chelito ha entrado hasta en el dicho popular (“Eres más... que la Chelito”), pero aún no hay un monográfico suyo; la adoro, y creo que en su calidad de empresaria y propietaria es de un avanzado increíble. De Carmen Flores sí hay un libro, pero no le hace justicia, era brutal, cómo recitaba, cómo hablaba en cada cuplé, las creaciones que le hacen, “Ven y ven”, “Colón 34”... Tiene mil cuplés para morir: “La sindicalista”, “La presidenta”, “La flamenca”, “Mucha vista”, “La chalá”, “Chulapona”, “La Balbina”, “El suicidio de la Balbina”, “La Manolo”, “Pa’ alterná”, “Tadeo”, “Viva el mantón”, “¿La quiere usted más chula?, “La del refajo”, “Naranjera andaluza”, “Mi debilidá”... este último cuenta el enamoramiento de un señor hacia una belleza morena que bailaba en la calle Provisiones, a la que le puso un pisito en la Grand Rue.

Así como la copla, que también pasó por momentos muy bajos de popularidad (tildada de franquista, de casposa) supo actualizarse en cantantes como Serrat (¿qué es sino una copla Romance de Curro el Palmo?), Sabina, Javier Ruibal o Pasión Vega, ¿por qué no ha sucedido lo mismo con el cuplé? ¿O sí podríamos decir que hay cantantes de cuplé postmodernas después de la muerte de Olga Ramos?

El cuplé simplemente se conoce muy poco. Olga Ramos era lo más, pero también era muy interesante su contexto, el de la Transición. Escuchabas a Asfalto, a los Burning y a no sé qué otros grupos más y luego a Olga Ramos. Su acercamiento al cuplé rescató los clásicos, y creó algunos nuevos. Era increíble. Su hija ha seguido, pero en un tono más didáctico; ha hecho una bonita labor de preservación y tiene conferencias muy interesantes. Luego está De La Purísima, que tuvo una propuesta muy sensual, ahora ya bajo el nombre del alma del grupo, Julia de Castro. Está Esperanza Argüelles, declarada la cupletista más sicalíptica, y Laura Inclán, interesante desde la base más irreverente de la Iglesia Patólica. Ahora hay una nueva ola, entre ellas, mi musa, Glòria Ribera, que está haciendo unas mezclas increíbles y renovando los sonidos y actualizándolos con subwoofer, un altavoz especial. Siempre ha habido cuplés en lo que actitud se refiere. Ese es mi foco de interés, no tanto volver a cantarlos, sino dilucidar su actitud. Rodrigo Cuevas, Samantha Hudson, La Zowie, Bad Gyal, hasta Ana Rujas… hoy hay muchísima sicalíptica, autoras con ganas de hablar de lo que sucede, de lo que nos sucede, y que transitan identidades móviles. De hecho, estamos en un nuevo momento glorioso de gente inventando sus modos de ser y de presentarse, e inventándolos de modo mutante, no con identidades estancas e inamovibles, sino articuladas sobre un infinito abanico.

Más de quinientas páginas para analizar un género musical como el cuplé es un dato que, a priori, puede disuadir su lectura. Pero el cuplé tiene que ver con una actitud ante la vida desenfadada, frívola, sensual, gozosa, y con el escándalo que supuso para algunos intelectuales como Miguel de Unamuno, que lo...

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