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Rosso di sera

Un Gattopardo chapucero o el autoengaño del mal menor

La reelección de Mattarella como jefe de Estado constata el ‘gattopardismo’ permanente que vive Italia. El engranaje democrático del país hace años que se averió

Alba Sidera 2/02/2022

<p>El presidente de la República italiana, Sergio Mattarella, anuncia el éxito de las votaciones que han llevado a su reelección.</p>

El presidente de la República italiana, Sergio Mattarella, anuncia el éxito de las votaciones que han llevado a su reelección.

quirinale

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Era la primavera del 2013 y la política italiana estaba sumida en un callejón sin salida. Un caos sin solución, titulaban todos los medios. “Ah, lo de siempre”, pensará el lector habituado a que los periodistas utilicemos términos grandilocuentes para referirnos a los entresijos italianos. En realidad, aquella vez sí que el desastre era histórico. El pantano en el que se habían metido los parlamentarios era tan hondo que tuvieron que hacer algo inédito en la historia de la República: pedirle por favor a un atónito Giorgio Napolitano, a un mes de cumplir 88 años, que repitiera en el cargo de presidente. Jamás había sucedido que los políticos no lograsen ponerse de acuerdo para elegir un nuevo jefe de Estado como lo establece la Constitución, es decir, al terminar el mandato de siete años. Ni cuando se desmoronó el sistema de partidos por el mastodóntico caso de corrupción de Tangentopoli, ni en los turbulentos años de reinado de Silvio Berlusconi. Nunca. Fue un escándalo, claro. Una derrota de la política de la que todos los partidos, en mayor o menor medida, se avergonzaron.

“Estoy aquí después de una serie de fracasos, omisiones e irresponsabilidades de los partidos”, dijo un severo e indignado Napolitano en el discurso de su segunda toma de posesión. Echó una bronca épica a los políticos, a los que tildó de irresponsables e incapaces y pidió que nunca más se repitiese aquella situación “excepcional”. Bien, pues ahora que a su sucesor le caducaba el mandato, ha vuelto a pasar exactamente lo mismo. Con la diferencia de que esta vez la reacción de los políticos y los medios ha sido, de manera sintomática, bastante diversa.

El presidente Sergio Mattarella, de 80 años, se ha pasado los últimos meses advirtiendo de que no continuaría en el cargo; ni le parecía bien institucionalmente ni podía afrontarlo a nivel personal. Incluso se encargó de difundir las imágenes de los camiones de su mudanza el día que empezaron las votaciones. Las ganas de irse de Mattarella eran inversamente proporcionales a las de Mario Draghi de ocupar su puesto. Pero el candidato ideal tenía el peor rival: él mismo. Para ocupar el sillón de presidente de la República tenía que dejar el de primer ministro. Y este ha sido el obstáculo insalvable: no se ha encontrado a nadie para sustituirle que gustase tanto al poder económico, que tranquilizase tanto a los mercados como él. Si Draghi dejaba el Ejecutivo, aquellos que están interesados en que se convoquen elecciones porque las ganarían (la extrema derecha) amenazaban con hacer caer el Gobierno de unidad nacional. 

Todos los líderes, excepto la postfascista Giorgia Meloni, que es la única oposición, salen mal parados de este bochornoso proceso 

Aun así, Draghi lo intentó, pero enseguida los que le habían puesto al frente del Gobierno le avisaron de que todavía no podía irse. Apenas iniciaron las votaciones, el británico The Economist publicó un editorial en el que advertía de que el cambio de sillón de Draghi supondría un grave error. “Sería nocivo para Italia y para Europa”, sentenciaba. Así que nada, se abortó la operación ‘Draghi al Quirinale’ (sede de la presidencia), o mejor dicho, se pospuso. Se hizo el paripé durante unos días: se presentó a Draghi como el único candidato con posibilidad de sustituir a Mattarella; pero al final se optó por dejar las cosas como estaban aun a costa de forzar las costuras de la República y la voluntad de su exhausto presidente.

Todos los partidos que forman el Gobierno Draghi han optado por dejarlo todo como está. Es decir, conservar sus puestos. Y todos los líderes, excepto la postfascista Giorgia Meloni, que es la única oposición, salen mal parados de este bochornoso proceso. Salvini, el que más se ha expuesto, ha demostrado otra vez desconocer el arte de contar los tempos: no sabe bailar en política. Crea follones en los que después entra con el paso cambiado. Inoportuno, impaciente, siempre desacompasado. No tiene la talla ni el ritmo justo para liderar la extrema derecha italiana. Meloni, en cambio, sí. Es una maestra del arte de saber esperar. Y cuando toca bailar, es ella la que marca el ritmo.

Salvini ha debilitado la coalición que aún lidera (entre la Lega, Fratelli d’Italia y Forza Italia) presentando a destiempo candidatos imposibles, sin apoyo suficiente para ganar. Como Elisabetta Caselatti, fiel berlusconiana, exabogada del magnate y actual presidenta del Senado. Se la conoce por haber ido a la televisión, siendo vicesecretaria de Justicia, a explicar que Berlusconi había dado dinero a la menor Ruby no para tener sexo con ella, sino porque es un hombre muy bondadoso al que le gusta regalar dinero sin motivo.

Por su parte, el centroizquierda, en las antípodas de la autocrítica que hizo cuando hubo que reelegir a Napolitano, se comporta como si hubiera ganado. El tuit viral de estas elecciones lo publicó Enrico Letta en honor al lápiz con el que votó a Mattarella. Le hizo una foto y dijo que lo conservaría entre sus recuerdos más preciados. En verdad, poco tiene que festejar Letta. Tuvo que dar la orden de que sus parlamentarios no participaran en las votaciones de los candidatos que proponía Salvini por miedo a no poder controlar lo que votaban. Que el voto es secreto y los francotiradores abundan. Por cierto, qué papelón el del Partido Democrático, celebrando la reelección de Mattarella un mes después de haber presentado una propuesta de ley para modificar la Constitución para prohibir que los presidentes de la República puedan ser reelegidos.

Pero lo más preocupante es que el Partido Democrático no ha tenido ningún otro candidato real más que Draghi. ¿De verdad Italia, para el centroizquierda, no tiene ninguna figura de relieve más allá del hijo mimado de Goldman Sachs para ocupar la jefatura del Estado? ¿Y qué ideología tiene Draghi? ¿Cuáles son sus principios en materia social? Son cuestiones que no se preguntan y, por lo tanto, no existen en el debate público italiano. Draghi es “garantía de estabilidad”, y punto.

Más allá de los titulares, en los que hay una transversal coincidencia en que la reelección es un “fracaso de la política”, en la opinión publicada se respira una mezcla de alivio y conformismo. Una especie de autoengaño colectivo que celebra mantener a Mattarella, un señor tan ponderado, el “abuelo de Italia”, como jefe del Estado. Como si el hecho de que sea en contra de su voluntad, de las reglas en las que se ha basado la República y por la incapacidad manifiesta de los políticos de cumplir sus obligaciones, pudiese ser un mal menor. 

Quizás lo más dramático es que la superendeudada Italia haya normalizado abiertamente que su estabilidad política exige no disgustar a los poderes económicos de los que depende

Draghi llegó al sillón de premier de la mano de Matteo Renzi, portavoz de las grandes patronales. Era el líder que el establishment económico reclamaba para poner orden en el país y, sobre todo, gestionar los fondos europeos. Lo que querrían quienes auparon a Draghi al gobierno es que Mattarella caliente el sillón uno o dos años, hasta que el ex de Goldman Sachs haya hecho sus deberes llevando a Italia por la vía correcta. Entonces sí que un Draghi triunfante podría sustituir a Mattarella en la jefatura del Estado.

Quizás lo más dramático es que la superendeudada Italia haya normalizado abiertamente que su estabilidad política exige no disgustar a los poderes económicos de los que depende. Esta Italia que aún no ha superado, en ningún sentido, que Bruselas la tutelase, allá en 2011. Esta Italia que, en plena crisis económica y (mal)gobernada por Berlusconi, no tuvo más remedio que aceptar que le colocaran como premier al (mal)denominado técnico Mario Monti para aplicar sin rechistar las políticas de austeridad dictadas por Bruselas.

Desde entonces, solo la extrema derecha vestida de “soberanista” ha expresado su malestar por esta anómala circunstancia, explotándola a su favor. Un centroizquierda acomplejado, servil con el poder y obsesionado por no ser acusado de antieuropeísta lo ha puesto todo muy fácil. En medio de este cuadro, es tentador presentar el mal menor como una victoria. Más que cinismo, se trata de resignación en busca de amor propio. Elegir al que te salvará de ser tutelado porque aplicará él mismo las medidas que te impondrían aquellos a quienes debes dinero. Y así, de mal menor en mal menor, hace años que se pasa de puntillas sobre el problema principal: que el engranaje democrático está gripado. Y ya sabemos que Italia es siempre la antecámara.

Era la primavera del 2013 y la política italiana estaba sumida en un callejón sin salida. Un caos sin solución, titulaban todos los medios. “Ah, lo de siempre”, pensará el lector habituado a que los periodistas utilicemos términos grandilocuentes para referirnos a los entresijos italianos. En realidad, aquella...

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Alba Sidera

Periodista especializada en la extrema derecha y el análisis político. Vive en Roma desde el 2008, donde trabaja como corresponsal. Autora del libro 'Feixisme Persistent'.

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