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RONYA OTHMANN / POETA Y NARRADORA

“Me importa lo que queda sin decir, lo que no tiene palabra”

Cecilia Dreymüller 14/04/2022

<p>La poeta Ronya Othmann, en una imagen reciente.</p>

La poeta Ronya Othmann, en una imagen reciente.

Cihan Cakmak

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Ronya Othmann, nacida en 1993 en un pueblo de Baviera, hija de madre alemana y padre sirio de la etnia yesida, era conocida en Alemania por sus afiladas columnas políticas sobre Oriente Medio, hasta que en 2020 publicó una muy aclamada novela. En Los veranos relató la historia de una niña bávara escindida entre dos mundos: el de su vida en Alemania y el de sus visitas veraniegas a casa de los abuelos paternos, en un pueblo del Kurdistán que luego es destruido por el ISIS. La no pertenencia a ninguno de los dos mundos que Leyla habita y ama le enseña muy pronto a fijarse en cómo funciona la marginación cultural y en cómo la política se mete con toda su violencia en la vida de las personas. Hace medio año, en otoño de 2021, Ronya Othmann publicó Los crímenes, un libro en el que vuelve al mismo complejo temático, esta vez en la condensada forma del poema.

Othmann tiene previsto visitar Madrid este mismo mes de abril y participar con Luna de Miguel en un recital y encuentro que se celebrará en el Instituto Goethe bajo el título Llevas en la nuca el peso de tu trenza. Por otro lado, Othmann es una de las poetas incluidas en Transversal, una antología de la poesía alemana del siglo XXI que próximamente publicará la editorial barcelonesa Tresmolins, de la que se extraen los dos poemas que siguen a esta conversación (en traducción de Cecilia Dreymüller y Teresa Ruiz Rosas), 

Señora Othmann, Los crímenes trata de aniquilación, huida y pérdida de la patria, de la impronta que impone la violencia bélica a un país. ¿Es posible escribir poesía sobre la guerra?

Los poemas tratan en primer lugar del paisaje en el que la guerra deja su huella (“un terraplén que como una cicatriz señala hacia los campos“), en el que además se cometieron crímenes que ya no quedan visibles en él (“lo que no revela este paisaje, lo transforma en silencio“). Tratan igualmente de plantas que emigran y de los seres humanos. De lo que está enterrado en la tierra y en el recuerdo. No sé si todavía es posible escribir directamente sobre la violencia. Yo, en todo caso, escribo sobre las huellas que deja, durante varias generaciones incluso.

¿En qué tipo de crímenes se basa su libro de poemas?

Concretamente, se basa en el genocidio de los yesidas perpetrado por el llamado Estado Islámico en 2014, aparte de las masacres previas sufridas por los yesidas en siglos anteriores. Trata también de la destrucción por parte de ISIS de lugares históricos como Palmira o de los objetos arqueológicos en el museo de Mósul y la ocupación de Afrîn en 2018 por parte del ejército turco. Los crímenes del régimen de Asad, la represión contra los kurdos en Turquía, Siria, el Iraq y el Irán. Es una larga lista. Son, por lo tanto, crímenes tanto en un sentido jurídico como de una dimensión política. Son crímenes cometidos en una determinada región geográfica, el Kurdistán, Siria, el Iraq y Turquía, a la que estoy vinculada por mi familia. Parte de ella son yesidas justamente de esta zona.

¿Dónde y cuándo concretamente se originaron estos poemas?

Los poemas se generaron a lo largo de cinco años en los que se iban perfilando cada vez más complejos temáticos. Así que seguí el camino de estos temas e investigué. Durante bastante tiempo no sabía a dónde me llevaban. Descarté una versión antigua del libro, quería escribir un poema largo, pero tampoco funcionó. El poema “He visto“, por ejemplo, se originó tras un viaje a la región autónoma kurda del Iraq. Visité parientes allí e investigué acerca del geneocidio de los yesidas. Quería escribir un reportaje, el reportaje fracasó. De allí salió Setenta y cuatro, un texto en prosa. Había buscado un lenguaje y una forma para acercarme al tema. Pero había algo que no cabía en la prosa, el lamento, el canto fúnebre, lo monológico. En un momento dado, la poesía resulta insuficiente, entonces escribo prosa y al revés. Porque siempre está en medio la búsqueda de un lenguaje y una forma.

Si la poesía resulta insuficiente escribo prosa, y al revés. Siempre está en medio la búsqueda de un lenguaje y una forma

¿Qué puede hacer un poema que un texto en prosa no consigue?

No siempre la poesía y la prosa se pueden dividir tan estrictamente, ¿verdad? En todo caso, la poesía es más bien canto y la prosa relato. Luego existe también el poema en prosa. Yo diría, tendencialmente, que la poesía ofrece más libertad en cuanto al lenguaje y a la forma. También tiende a una mayor brevedad que la novela. Y, desde luego, hay otro tipo de libertad en la poesía, al menos en el ámbito de la lengua alemana: las novelas tienen que venderse, hay un mercado para ellas. Esto no es así con la poesía y esto supone también una especie de libertad. 

Las novelas tienen que venderse, hay un mercado para ellas. No es así con la poesía, y supone una especie de libertad

¿Hasta qué punto tuvo presente en Los crímenes el valor testimonial? En un poema pone “¡apúntalo!”

Sí, lo tuve muy presente, aunque entiendo “valor testimonial“ en un sentido más amplio. Me importaba también aquello “que no se ha puesto en las actas“. Lo que queda sin decir incluso en una declaración testimonial, lo que no tiene palabra. Lo que te alcanza, a pesar de haberlo dejado atrás, lo que reverbera y todo aquello “entre arenas y hundimientos“. Las preguntas que te persiguen, pues nunca podrán ser contestadas definitivamente. Por ejemplo, la pregunta “quién te traicionó“. Trabajé mucho con citas. Como de la canción kurda Malan Bakir, una canción sobre persecución y expulsión, una canción muy triste en realidad, pero que también se toca en las bodas y cuya melodía baila la gente: “Las familias se marcharon de aquí. los ratones y las serpientes se comieron nuestra carne, oh, loca mía.” O, por ejemplo, en mi poema El paisaje es siempre también un protocolo, sobre el genocidio de los yesidas, “el cielo no se desplomó sobre la tierra”, esta frase es una cita abreviada de una superviviente del genocidio con la que hablé hace algún tiempo: “Siempre creí que sería el final cuando el cielo se desplomara sobre la tierra. El 3 de agosto de 2014 el cielo no se desplomó sobre la tierra, y, sin embargo, fue el final”. O la frase “a un documento de muy escaso valor de un color verde enfermizo”, esto es una cita de Nabokov sobre el pasaporte Nansen, el carnet de los apátridas. Pero decidí no poner notas al pie de los poemas, para que no perdieran su calidad de canto y admitieron otras interpretaciones.

¿Qué sujeto lírico habla en los poemas? A menudo son mujeres que relatan o recuerdan vivencias. 

Por supuesto, mi mirada sobre las cosas está marcada por el hecho de ser mujer. Si bien aparecen también hombres, pero en el centro de la atención están las mujeres. El libro está dedicado a mi Yadê, mi abuela. En algunos poemas también cuento lo que ha vivido ella. Cuando se trata de guerra y crímenes, normalmente se cuentan historias de hombres. La guerra no tiene rostro de mujer de Svetlana Alexiévich fue un libro muy importante para mí. No solo la perspectiva femenina, sino la parte documental, el montaje. Al escribir los poemas pensé mucho en monólogos que alguien recita. No escribo para el teatro, pero me interesa formalmente. Alguien allí habla al vacío, habla solo, alguien se dirige a un ti, pero el tú está ausente. Es fluido el tú en los poemas; a veces es un yo perdido en soliloquios.

El recuerdo juega un papel central en sus poemas. ¿Qué es lo que se puede recordar y qué se puede nombrar?

Difícil pregunta. Creo que el recuerdo siempre es concreto: “El marco de la puerta, en cuyo barniz, con un clavo, rasgaste tu nombre en el aburrimiento de una tarde de agosto”, “la rejilla antimoscas en las ventanas, deshilachada en los bordes.” Sin embargo, los recuerdos cambian con las roturas. Si pudieras volver una vez más, qué te llevarías es el título del poema donde se enumeran todas esas cosas. Creo que la pérdida no se puede nombrar y, sin embargo, se mete en los detalles.

Su libro tematiza también la vida en dos mundos, una experiencia fundamental de la migración. ¿Es transferible esta experiencia?

En el libro aparecen plantas que se encuentran en paisajes a los que no pertenecen, allí está la experiencia de los paisajes dobles. Es muy básica, cuando, por ejemplo, vives durante un tiempo en la montaña y después te vas a vivir a la llanura, verás siempre paisajes dobles: en la montaña la ausencia de la llanura y en la llanura la ausencia de la montaña. 

Verás siempre paisajes dobles: en la montaña la ausencia de la llanura y en la llanura la ausencia de la montaña

Y como resultado hay una conciencia dolorosa de ser un extraño. ¿Es esto cierto?

Sí, pero igual que el recuerdo, lo extranjero está en el detalle. Nunca es abstracto. 

Trabaja con citas concretas, ha dicho, con alusiones a la historia contemporánea y a la cultura kurda-yesida.

Sí, trabajo con alusiones y citas muy concretas. Pero no quiero señalarlas, para conseguir una mayor abertura del poema. En cuanto al paisaje, hay cantidad de ellos en los poemas, paisajes recordados, paisajes del norte de Siria y paisajes de Europa Central. Y las plantas han cambiado sus puestos. En cierto modo son también paisajes sin estado, paisajes apátridas.

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El muro, el revoque donde se refleja tu rostro

al principio ya cae lo que no puedes decir
o no puede ser dicho…planos de dos
carreteras. detrás de la casa los perros no ladraron.
y también las gallinas se quedaron quietas. un crimen
en este paisaje. apúntalo. sólo que era distinto, el paisaje.
si había árboles, la guerra ya había pasado de largo. como si no
supiésemos nada, como si no lo supiésemos, a pesar de todo el paisaje
es un protocolo. y el cielo siempre una mentira,
azul intacto. eso en cuanto a eso. mas ahora yace en mis brazos
una niña, también una prima. me cuento entre ellas aunque siga
siendo la invitada. algo por el estilo me dicen por encima de la niña,
por encima de la cabeza de la niña. es demasiado pequeña aún. para huir
se necesitan piernas. cojo su cabeza
como si hubiese otra cosa que no sea pelusa. recojo
toda mi habla extranjera. el silencio enriquecido
en lugares que una vez fueron ciudad. allí ya había estado
una vez, bebí coca cola con las chicas
que eran soldados. y una siempre se quedaba en las barbacanas,
las chicas tenían cabelleras, tenían trenzas largas, como yo
las volví a ver más tarde, cómo el sol
caía sobre sus uniformes y los uniformes se deshacían en dibujos
en la hierba. y cómo el sol caía sobre mi pantalla y la imagen se deshacía
en dibujos y yo caía en la hierba, pero en aquel entonces dije, gracias.
y tomé otro té y lloré más tarde.

Allí dejamos atrás lo que nos hace mujeres y nos volvemos personas

entre estas altísimas rocas
las víboras, tus amigas, las montañas.
llevas en la nuca el peso de tu
trenza. la costumbre que como piedras
lleva tu mirada hacia abajo. en el valle cuelga
la niebla. no quieres volver. lo que
dices mientras callas.
mientras el helicóptero va raspando
el cielo. y te escondes entre las matas,
te vuelves mantillo, corteza. y retama espinosa
para que no te encuentren, al musgo
laderas abajo.
te has cortado la trenza y debes volver a
aprender a andar. el equilibrio de tus
pasos, todo recto, pero aquí no hay
suelo. 

Traducción de Cecilia Dreymüller y Teresa Ruiz Rosas.

Los dos poemas pertenecen al libro Die Verbrechen (‘Los crímenes’) Múnich, Hanser, 2021, y se incluirán en Transversal, antología de poesía alemana contemporánea que próximamente publicará la editorial Tresmolins.

Ronya Othmann, nacida en 1993 en un pueblo de Baviera, hija de madre alemana y padre sirio de la etnia yesida, era conocida en Alemania por sus afiladas columnas políticas sobre Oriente Medio, hasta que en 2020 publicó una muy aclamada novela. En Los veranos relató la historia de una niña bávara...

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Autora >

Cecilia Dreymüller

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