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Fernando Martín Adúriz / Psicoanalista. AUTOR DE ‘LA ANSIEDAD QUE NO CESA’

“Vivimos sometidos a una cruel tiranía del goce permanente”

Amador Fernández-Savater / María García Pérez / Oche Zamora 7/06/2022

<p>Fernando Martín Adúriz, psicoanalista, en una imagen reciente. </p>

Fernando Martín Adúriz, psicoanalista, en una imagen reciente. 

cedida

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El punto de arranque de la teoría crítica, decían los situacionistas, es la insatisfacción. En esa época, los años sesenta, se trataba del malestar de una vida sometida a represión: en la casa, en la escuela, en la fábrica, en el cuartel. Sociedad disciplinaria. ¿Y hoy? El mal de época, sin lugar a dudas, son las crisis de ansiedad y los ataques de pánico. ¿De qué nos hablan? ¿Qué nos dicen del mundo que habitamos? 

El malestar social, intensificado en la época de pandemia, ha traspasado en los últimos tiempos los umbrales del mainstream. Se habla sobre ellos en el Parlamento y en la televisión, figuras reconocidas aparecen ante el gran público mostrando la cara b del éxito: depresión, agotamiento, ansiolíticos. 

Sin embargo, el enfoque que todavía prevalece es el “reparador”. Las crisis de salud mental son consideradas como un “problema”. Pero nuestras averías, nuestros agobios, nuestros síntomas, no sólo son rotos a remendar o inquietudes que calmar, con psicofármacos o ejercicios respiratorios, sino también potencias que desplegar. Puntos de vista sobre el mundo, interrogantes a explorar, energías de cambio. 

Apelan, no sólo a modos de estabilización del sujeto, sino también a metamorfosis. Individuales y colectivas. Sanaciones que no pasen por la adaptación, sino por la transformación de los modos de vida. 

Hablamos de todo ello con Fernando Martín Adúriz, psicoanalista, autor de La ansiedad que no cesa (Xoroi, Barcelona, 2018) y Por qué se escribe. Cincuenta escritores (M. Gómez, Málaga, 2022).

No saber perder

¿Cómo caracterizar la insatisfacción actual? Algunas sensaciones muy frecuentes: nunca estar bien allí donde se está, querer estar siempre en otro sitio. Se nombra como síndrome FOMO (fear of missing out) este miedo a estar perdiéndote algo, esa comparación constante con la vida de los otros. 

He vivido muchos años sin saber nada acerca del síndrome FOMO, he sido un ausente de ese nuevo nombre para el fenómeno antiguo de sentirse al margen, quedarse fuera. Ocurre que no estar en la escena era de siempre en la historia de la psicopatología un trámite del sujeto histérico, que se ausentaba motu proprio de la escena para dar a saborear esa su ausencia. El ingrediente actual es que la rapidez de la narración de los acontecimientos es tal que todos pueden verificar al instante lo que acontece, lo que el otro está haciendo, lo último de lo último. Perderse algo, nos dicen los divulgadores de la noticia FOMO, es muy grave para muchos. 

Desde niños perdemos, y recorremos un itinerario de pérdidas

Quizá podamos englobarlo en este grave problema que es no saber perder. Esta asignatura se suspende con demasiada frecuencia, pero sin sacar buena nota en esa disciplina la vida puede hacerse muy cuesta arriba. Convendría no olvidarse de que desde niños perdemos, y que recorremos un itinerario de pérdidas. 

Por otro lado la acumulación de objetos parece ser un triste objetivo, pero una necesidad perentoria de la sociedades del consumismo desbocado. Mejor sería rememorar a Sócrates y su expresión en aquel mercado: “¡Cuántas cosas no necesito!”. Ni estar a la última ni tener de todo parece servir para conseguir una cierta tranquilidad, a tenor de esta epidemia de consumismo ansiolítico. 

La ansiedad, dice usted, es el envoltorio de la angustia. El ataque de ansiedad nos está diciendo algo, pero nos cuesta escucharlo. ¿Por qué? 

Ansiedad y angustia son dos nombres de lo mismo. Una envuelve a la otra. El objeto angustiante, diferente para cada uno de nosotros, hace aparición sin avisar. Por eso la reacción de indefensión nos lleva a manifestaciones ansiosas en nuestro cuerpo, aunque también en nuestro organismo.

Al reducir el problema al envoltorio, a la manifestación ansiosa, al encararlo con el ansiolítico (“tómate la píldora y calla”), se deja sin tocar la causa del desencadenamiento. El desenlace lógico será la cronificación de la ansiedad. Pero la angustia requiere de un detenido examen que ha de incluir una revisión de los singulares modos de hacer de cada uno con lo que siendo extraño no deja de ser familiar.

Además, lo que se repite a diario es la contingencia, lo imprevisto, encuentros y circunstancias bizarras, nuevas, sorprendentes; es muy diferente el mundo de hoy al mar apacible, seguro, lento, incuestionable que vivieron nuestros antepasados. 

Querer llenar 

En lugar de aprender a lidiar con la angustia, la tapamos. La taponamos. Por doquier se nos ofrecen modos para tratar de llenarla, siempre en falso, claro. Pero ese tapón nos estresa: de pronto hay mucho (muchos proyectos, muchas cosas que hacer, muchos estímulos). Lo que provoca la sensación hoy tan común del agobio. ¿Por qué no podemos lidiar con la angustia, habitarla? ¿Qué ocurre para que necesitemos taponarla? Parece irracional caer en esta cadena infinita de compensaciones que se retroalimentan con el malestar de fondo. 

Es cierto. Esa palabreja nos pertenece, es del ahora, la decimos todos los días, varias veces: agobio. Pedimos que los demás no nos agobien. Incluso la aventura amorosa circula por el agobio, y es ese agobio lo que nos invita a separarnos. Los otros nos asedian con sus constantes demandas. De ahí que, como hiciera Lord Byron, “salimos a la calle a renovar nuestro apetito de soledad”, pero no tardamos en retornar a nuestra biblioteca. Creemos que nuestro refugio nos salva, que nos desangustia del inquietante encuentro con los otros, y sus deseos, sus quejas y sus peticiones.

Pero la mirada del Otro es invisible. Irrumpió el nuevo panóptico de Bentham, el smartphone, como nuevo vigilante que nos trae esa mirada del Otro en mayúsculas, el otro como figura de saber y poder, y de los otros. Cada día se escucha más lo costoso de apartar la mirada de ese objeto llamado “pantalla”, lo heroico de apagarlas a tiempo. ¿Quién va a ser capaz en el futuro de apagar en algún buen día esa cámara de vigilancia que nos mira mientras nos hace creer que somos nosotros los que miramos?

El negocio mayor de esta sociedad es la industria de la compensación, de los modos de compensar y llenar la falta incurable de lo humano: comida, bebida, sexo, consumo, enganche al trabajo, a las emociones fuertes. Vicio, adicciones, lo que usted refiere como “goce”. Pero un goce sin disfrute, nada placentero en el fondo, una especie de constante “atracón”. Para llenar lo que no se llena nunca. 

Es imposible vivir sin la falta, de ahí aquel lema: “Que no le falte la falta”. Pues no habría sin ella deseo alguno en marcha. Esta es la enseñanza de quien al cumplir casi todos sus deseos obtiene esa tristitia, esa ausencia de interés por el mundo. Es la enseñanza de quien tiene y tiene, y ya no le entra más, pero aun así la insatisfacción le visita. Lo lleno es el objetivo del consumo. Vivimos sometidos a una cruel tiranía, la dictadura enjoy, la perpetua llamada al disfrute permanente, objetivo imposible puesto que no hay goce del goce. La dimensión placentera encuentra su oposición en el displacer. Pero el desborde, el cruce de frontera hacia una dimensión diferente, es imperceptible. Es el paso a esa dimensión mortífera, al godimento, que tiene nombres de la sabiduría popular como el de vicio. Una dimensión acéfala, sin límites, que se encamina hacia el final, que destruye. Frenar, abandonar, reducir, son términos que hablan de lo difícil de abandonar esa dimensión, especialmente en nombre de la moderación que los clásicos proclamaron.

En su libro, afirma que la prisa (otra expresión general del mal de época) no tiene que ver con el tiempo objetivo, sino con la verdad. “No tener tiempo” sería entonces una especie de huida ante la verdad, un evitar pararnos para comprender qué nos está sucediendo. Hasta tal punto que incluso “gozamos” con la prisa. ¿En qué medida ambas van unidas, prisa y ansiedad? ¿Hasta qué punto hacen imposible una relación con el otro? 

Leonard Bernstein opinó que el éxito en la vida acudía si se tenía “poco tiempo”, queriendo insinuar así que si se tiene mucho tiempo se acaba malgastando. Aprovechar el poco tiempo que se tenga parece más eficaz que la queja generalizada del “no tengo tiempo”, lamento de nuestra época. Las horas se llenan de un activismo sospechoso, especialmente en esos momentos de la paz del atardecer. Para el sujeto ansioso de nuestros días la solución encontrada, la de la hiperactividad y la de la prisa mala, es una solución fallida, el horizonte es más ansiedad. Se desconoce que la prisa no es cuestión de tiempo cronológico, sino de tiempo lógico: aprender a no cortocircuitar el momento del comprender, del reflexionar, siempre que este no se dedique a la rumiación obsesiva y al hobby del procrastinar, del aplazar la decisión. Es posible salir de ese circuito infernal.

Pasar de víctima a sujeto

Le da mucha importancia al primer episodio de ansiedad vivido por el sujeto. ¿Por qué? 

Negar al niño el encuentro primero con la soledad o con la tristeza es dejarlo indefenso

Negar al niño el encuentro primero con la soledad o con la tristeza es dejarlo indefenso. De igual modo acontece con el fenómeno de la angustia, que aparece de súbito y puede inaugurar la temporada de la ansiedad. Es una lástima que no investiguemos las condiciones en que se produjo ese primer desencadenamiento y que abordemos la ansiedad exclusivamente con psicofármacos, dando así la espalda a la verdad de cada sujeto. Las coordenadas de ese primer encuentro no nos sirven a efectos hermenéuticos, sino que dan luz al saber incompleto del propio sujeto y le confían el secreto que se guardaba a sí mismo por política tranquilizadora. Pero sabemos con Borges que “sólo una cosa no hay, el olvido”.

También alude usted a una especie de tipología del malestar describiendo varias modalidades de “sujeto”: el sujeto fóbico, el histérico, el obsesivo, el psicótico. Si lo hemos entendido bien, cada uno de ellos se comportaría de forma distinta respecto del “deseo del Otro”, los mandatos y las exigencias sociales. ¿Cómo se explica esta diversidad? ¿Responde a la historia personal o podemos encontrar ciertos patrones que se repiten en la actualidad? ¿Cuál de ellos predomina hoy?

La “elección” es subjetiva, decisión insondable. Podemos leernos, al decir de la literatura psicopatológica, como sujetos obsesivos, fóbicos, histéricos, melancólicos, perversos… Es cierto. Pero lo esencial es el invento, la respuesta singular y única que cada uno da con su síntoma a las grandes preguntas del vivir, del ser, del sentir, del aparecer. Y no hay dos iguales. Eso, la diferencia absoluta, lo que nos hace radicalmente diferentes al de al lado, lo que nos aconseja es no imitar soluciones sintomáticas ajenas, sino apostar por las propias, sin exhibición. Ante el malestar, la idea de construir un buen lazo social no debería impedir el buen uso de la distancia y el desapego, y el respeto a ese gran invento civilizador que es el secreto.

Atravesar el vacío de la angustia, sin negarlo. Franquearlo hacia el deseo, un deseo propio. Devenir sujetos deseantes y autónomos, no objetos del deseo del Otro. Es su propuesta. ¿Así cesa la ansiedad? 

Sin duda es osada la apuesta. Una invitación a correr el riesgo de ponerse manos a la obra para descifrar ese secreto propio. El canto del cobarde es justo el reverso: preferir no saber la verdad, elegir la queja frente a la interrogación. La ansiedad cesa si hay atrevimiento frente al repliegue narcisista, y si el sujeto quiere hacerse responsable de sus elecciones, aun cuando no haya sido consciente de haberlas tomado. Salir del confort de la queja o del entusiasmo por la culpa requiere esas dosis de valentía frente al atajo del ansiolítico o, lo que es peor, esa reducción de lo psicológico a la gimnasia respiratoria. Mejor el ejercicio libre de la palabra frente a los determinismos cerebrales. La sabiduría popular sabe decir muy bien “traiciones del inconsciente”, y sospecha que eso que se produce le incumbe. 

El punto de arranque de la teoría crítica, decían los situacionistas, es la insatisfacción. En esa época, los años sesenta, se trataba del malestar de una vida sometida a represión: en la casa, en la escuela, en la fábrica, en el cuartel. Sociedad disciplinaria. ¿Y hoy? El mal de época, sin lugar a dudas, son las...

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Amador Fernández-Savater / María García Pérez / Oche Zamora

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