1. Número 1 · Enero 2015

  2. Número 2 · Enero 2015

  3. Número 3 · Enero 2015

  4. Número 4 · Febrero 2015

  5. Número 5 · Febrero 2015

  6. Número 6 · Febrero 2015

  7. Número 7 · Febrero 2015

  8. Número 8 · Marzo 2015

  9. Número 9 · Marzo 2015

  10. Número 10 · Marzo 2015

  11. Número 11 · Marzo 2015

  12. Número 12 · Abril 2015

  13. Número 13 · Abril 2015

  14. Número 14 · Abril 2015

  15. Número 15 · Abril 2015

  16. Número 16 · Mayo 2015

  17. Número 17 · Mayo 2015

  18. Número 18 · Mayo 2015

  19. Número 19 · Mayo 2015

  20. Número 20 · Junio 2015

  21. Número 21 · Junio 2015

  22. Número 22 · Junio 2015

  23. Número 23 · Junio 2015

  24. Número 24 · Julio 2015

  25. Número 25 · Julio 2015

  26. Número 26 · Julio 2015

  27. Número 27 · Julio 2015

  28. Número 28 · Septiembre 2015

  29. Número 29 · Septiembre 2015

  30. Número 30 · Septiembre 2015

  31. Número 31 · Septiembre 2015

  32. Número 32 · Septiembre 2015

  33. Número 33 · Octubre 2015

  34. Número 34 · Octubre 2015

  35. Número 35 · Octubre 2015

  36. Número 36 · Octubre 2015

  37. Número 37 · Noviembre 2015

  38. Número 38 · Noviembre 2015

  39. Número 39 · Noviembre 2015

  40. Número 40 · Noviembre 2015

  41. Número 41 · Diciembre 2015

  42. Número 42 · Diciembre 2015

  43. Número 43 · Diciembre 2015

  44. Número 44 · Diciembre 2015

  45. Número 45 · Diciembre 2015

  46. Número 46 · Enero 2016

  47. Número 47 · Enero 2016

  48. Número 48 · Enero 2016

  49. Número 49 · Enero 2016

  50. Número 50 · Febrero 2016

  51. Número 51 · Febrero 2016

  52. Número 52 · Febrero 2016

  53. Número 53 · Febrero 2016

  54. Número 54 · Marzo 2016

  55. Número 55 · Marzo 2016

  56. Número 56 · Marzo 2016

  57. Número 57 · Marzo 2016

  58. Número 58 · Marzo 2016

  59. Número 59 · Abril 2016

  60. Número 60 · Abril 2016

  61. Número 61 · Abril 2016

  62. Número 62 · Abril 2016

  63. Número 63 · Mayo 2016

  64. Número 64 · Mayo 2016

  65. Número 65 · Mayo 2016

  66. Número 66 · Mayo 2016

  67. Número 67 · Junio 2016

  68. Número 68 · Junio 2016

  69. Número 69 · Junio 2016

  70. Número 70 · Junio 2016

  71. Número 71 · Junio 2016

  72. Número 72 · Julio 2016

  73. Número 73 · Julio 2016

  74. Número 74 · Julio 2016

  75. Número 75 · Julio 2016

  76. Número 76 · Agosto 2016

  77. Número 77 · Agosto 2016

  78. Número 78 · Agosto 2016

  79. Número 79 · Agosto 2016

  80. Número 80 · Agosto 2016

  81. Número 81 · Septiembre 2016

  82. Número 82 · Septiembre 2016

  83. Número 83 · Septiembre 2016

  84. Número 84 · Septiembre 2016

  85. Número 85 · Octubre 2016

  86. Número 86 · Octubre 2016

  87. Número 87 · Octubre 2016

  88. Número 88 · Octubre 2016

  89. Número 89 · Noviembre 2016

  90. Número 90 · Noviembre 2016

  91. Número 91 · Noviembre 2016

  92. Número 92 · Noviembre 2016

  93. Número 93 · Noviembre 2016

  94. Número 94 · Diciembre 2016

  95. Número 95 · Diciembre 2016

  96. Número 96 · Diciembre 2016

  97. Número 97 · Diciembre 2016

  98. Número 98 · Enero 2017

  99. Número 99 · Enero 2017

  100. Número 100 · Enero 2017

  101. Número 101 · Enero 2017

  102. Número 102 · Febrero 2017

  103. Número 103 · Febrero 2017

  104. Número 104 · Febrero 2017

  105. Número 105 · Febrero 2017

  106. Número 106 · Marzo 2017

  107. Número 107 · Marzo 2017

  108. Número 108 · Marzo 2017

  109. Número 109 · Marzo 2017

  110. Número 110 · Marzo 2017

  111. Número 111 · Abril 2017

  112. Número 112 · Abril 2017

  113. Número 113 · Abril 2017

  114. Número 114 · Abril 2017

  115. Número 115 · Mayo 2017

  116. Número 116 · Mayo 2017

  117. Número 117 · Mayo 2017

  118. Número 118 · Mayo 2017

  119. Número 119 · Mayo 2017

  120. Número 120 · Junio 2017

  121. Número 121 · Junio 2017

  122. Número 122 · Junio 2017

  123. Número 123 · Junio 2017

  124. Número 124 · Julio 2017

  125. Número 125 · Julio 2017

  126. Número 126 · Julio 2017

  127. Número 127 · Julio 2017

  128. Número 128 · Agosto 2017

  129. Número 129 · Agosto 2017

  130. Número 130 · Agosto 2017

  131. Número 131 · Agosto 2017

  132. Número 132 · Agosto 2017

  133. Número 133 · Septiembre 2017

  134. Número 134 · Septiembre 2017

  135. Número 135 · Septiembre 2017

  136. Número 136 · Septiembre 2017

  137. Número 137 · Octubre 2017

  138. Número 138 · Octubre 2017

  139. Número 139 · Octubre 2017

  140. Número 140 · Octubre 2017

  141. Número 141 · Noviembre 2017

  142. Número 142 · Noviembre 2017

  143. Número 143 · Noviembre 2017

  144. Número 144 · Noviembre 2017

  145. Número 145 · Noviembre 2017

  146. Número 146 · Diciembre 2017

  147. Número 147 · Diciembre 2017

  148. Número 148 · Diciembre 2017

  149. Número 149 · Diciembre 2017

  150. Número 150 · Enero 2018

  151. Número 151 · Enero 2018

  152. Número 152 · Enero 2018

  153. Número 153 · Enero 2018

  154. Número 154 · Enero 2018

  155. Número 155 · Febrero 2018

  156. Número 156 · Febrero 2018

  157. Número 157 · Febrero 2018

  158. Número 158 · Febrero 2018

  159. Número 159 · Marzo 2018

  160. Número 160 · Marzo 2018

  161. Número 161 · Marzo 2018

  162. Número 162 · Marzo 2018

  163. Número 163 · Abril 2018

  164. Número 164 · Abril 2018

  165. Número 165 · Abril 2018

  166. Número 166 · Abril 2018

  167. Número 167 · Mayo 2018

  168. Número 168 · Mayo 2018

  169. Número 169 · Mayo 2018

  170. Número 170 · Mayo 2018

  171. Número 171 · Mayo 2018

  172. Número 172 · Junio 2018

  173. Número 173 · Junio 2018

  174. Número 174 · Junio 2018

  175. Número 175 · Junio 2018

  176. Número 176 · Julio 2018

  177. Número 177 · Julio 2018

  178. Número 178 · Julio 2018

  179. Número 179 · Julio 2018

  180. Número 180 · Agosto 2018

  181. Número 181 · Agosto 2018

  182. Número 182 · Agosto 2018

  183. Número 183 · Agosto 2018

  184. Número 184 · Agosto 2018

  185. Número 185 · Septiembre 2018

  186. Número 186 · Septiembre 2018

  187. Número 187 · Septiembre 2018

  188. Número 188 · Septiembre 2018

  189. Número 189 · Octubre 2018

  190. Número 190 · Octubre 2018

  191. Número 191 · Octubre 2018

  192. Número 192 · Octubre 2018

  193. Número 193 · Octubre 2018

  194. Número 194 · Noviembre 2018

  195. Número 195 · Noviembre 2018

  196. Número 196 · Noviembre 2018

  197. Número 197 · Noviembre 2018

  198. Número 198 · Diciembre 2018

  199. Número 199 · Diciembre 2018

  200. Número 200 · Diciembre 2018

  201. Número 201 · Diciembre 2018

  202. Número 202 · Enero 2019

  203. Número 203 · Enero 2019

  204. Número 204 · Enero 2019

  205. Número 205 · Enero 2019

  206. Número 206 · Enero 2019

  207. Número 207 · Febrero 2019

  208. Número 208 · Febrero 2019

  209. Número 209 · Febrero 2019

  210. Número 210 · Febrero 2019

  211. Número 211 · Marzo 2019

  212. Número 212 · Marzo 2019

  213. Número 213 · Marzo 2019

  214. Número 214 · Marzo 2019

  215. Número 215 · Abril 2019

  216. Número 216 · Abril 2019

  217. Número 217 · Abril 2019

  218. Número 218 · Abril 2019

  219. Número 219 · Mayo 2019

  220. Número 220 · Mayo 2019

  221. Número 221 · Mayo 2019

  222. Número 222 · Mayo 2019

  223. Número 223 · Mayo 2019

  224. Número 224 · Junio 2019

  225. Número 225 · Junio 2019

  226. Número 226 · Junio 2019

  227. Número 227 · Junio 2019

  228. Número 228 · Julio 2019

  229. Número 229 · Julio 2019

  230. Número 230 · Julio 2019

  231. Número 231 · Julio 2019

  232. Número 232 · Julio 2019

  233. Número 233 · Agosto 2019

  234. Número 234 · Agosto 2019

  235. Número 235 · Agosto 2019

  236. Número 236 · Agosto 2019

  237. Número 237 · Septiembre 2019

  238. Número 238 · Septiembre 2019

  239. Número 239 · Septiembre 2019

  240. Número 240 · Septiembre 2019

  241. Número 241 · Octubre 2019

  242. Número 242 · Octubre 2019

  243. Número 243 · Octubre 2019

  244. Número 244 · Octubre 2019

  245. Número 245 · Octubre 2019

  246. Número 246 · Noviembre 2019

  247. Número 247 · Noviembre 2019

  248. Número 248 · Noviembre 2019

  249. Número 249 · Noviembre 2019

  250. Número 250 · Diciembre 2019

  251. Número 251 · Diciembre 2019

  252. Número 252 · Diciembre 2019

  253. Número 253 · Diciembre 2019

  254. Número 254 · Enero 2020

  255. Número 255 · Enero 2020

  256. Número 256 · Enero 2020

  257. Número 257 · Febrero 2020

  258. Número 258 · Marzo 2020

  259. Número 259 · Abril 2020

  260. Número 260 · Mayo 2020

  261. Número 261 · Junio 2020

  262. Número 262 · Julio 2020

  263. Número 263 · Agosto 2020

  264. Número 264 · Septiembre 2020

  265. Número 265 · Octubre 2020

  266. Número 266 · Noviembre 2020

  267. Número 267 · Diciembre 2020

  268. Número 268 · Enero 2021

  269. Número 269 · Febrero 2021

  270. Número 270 · Marzo 2021

  271. Número 271 · Abril 2021

  272. Número 272 · Mayo 2021

  273. Número 273 · Junio 2021

  274. Número 274 · Julio 2021

  275. Número 275 · Agosto 2021

  276. Número 276 · Septiembre 2021

  277. Número 277 · Octubre 2021

  278. Número 278 · Noviembre 2021

  279. Número 279 · Diciembre 2021

  280. Número 280 · Enero 2022

  281. Número 281 · Febrero 2022

  282. Número 282 · Marzo 2022

  283. Número 283 · Abril 2022

  284. Número 284 · Mayo 2022

  285. Número 285 · Junio 2022

  286. Número 286 · Julio 2022

  287. Número 287 · Agosto 2022

  288. Número 288 · Septiembre 2022

  289. Número 289 · Octubre 2022

  290. Número 290 · Noviembre 2022

CTXT necesita 15.000 socias/os para seguir creciendo. Suscríbete a CTXT

HOMEOPATÍAS

Cuerda

Volver a ser cuerdos, llegar a acuerdos, afinar el instrumento olvidado que ata el corazón a la cabeza. No somos agua ni barro ni bacterias: somos un montón de cuerdas que hay que anudar hacia dentro y hacia fuera

Santiago Alba Rico 20/08/2022

<p>‘Alejandro corta el nudo gordiano’. Jean-Simon Berthélemy, 1767. </p>

‘Alejandro corta el nudo gordiano’. Jean-Simon Berthélemy, 1767. 

A diferencia de otros medios, en CTXT mantenemos todos nuestros artículos en abierto. Nuestra apuesta es recuperar el espíritu de la prensa independiente: ser un servicio público. Si puedes permitirte pagar 4 euros al mes, apoya a CTXT. ¡Suscríbete!

De entre los fundadores míticos de ciudades, mi preferido es sin duda Gordias, quien construyó la ciudad de Gordio tras ser nombrado rey de Frigia en cumplimiento de un oráculo. Gordias era un pobre campesino que llevaba al mercado en su carreta algunas pobres verduras cuando unos cuervos sobrevolaron su cabeza; de esa manera señalaban, según los sacerdotes, al elegido por los dioses para ocupar el trono vacante. El nuevo rey, a modo de agradecimiento y como testimonio de su origen, ató su carreta al templo de Zeus con un nudo tan complicado que ninguna mano humana podía deshacerlo. De hecho, anunció a sus súbditos que, mientras ese nudo se mantuviese intacto, la ciudad de Gordio y el reino de Frigia florecerían invulnerables. Durante siglos, en efecto, lo fueron. Hasta que, hacia el año 330 antes de Cristo, llegaron a las puertas de Gordio los invencibles ejércitos del imperioso Alejandro Magno, el cual amenazó con conquistar y saquear la ciudad. Los gordianos mandaron embajadores y desafiaron al conquistador. “Te entregaremos sin resistencia la ciudad y el reino”, le dijeron con ingenua seguridad, “si desatas el nudo de la carreta de Gordias”. Alejandro aceptó el reto, acudió solemne al templo, dejó pasar unos segundos de meditabundo suspense. Luego sacó su espada y de un tajó cortó la cuerda. A continuación sus ejércitos conquistaron y saquearon la ciudad.

De esta vieja leyenda procede la expresión “nudo gordiano” para referirse a un problema hasta tal punto difícil que solo puede solucionarse de un plumazo. En uno de mis libros usé la fábula de Gordias para proponer dos modelos de humanidad que se habrían enfrentado y cruzado a lo largo de la historia: yo las llamaba “civilización del nudo” y “civilización del tajo”, la pugna entre –si se quiere– los dedos que atan y desatan con paciencia el mundo y la espada que lo conquista a empellones rápidos: entre el trabajo cuidadoso y la violencia fulminante, finalmente siempre victoriosa por distintas vías y atajos, militares o tecnológicos. Más allá de la metáfora, en cualquier caso, las cuerdas y los nudos han sido muy importantes en los últimos 15.000 años. Lo eran, por ejemplo, en el imperio inca, cuya memoria colectiva dependía de ellos. Según nos cuenta Charles Mann en su maravilloso 1491, los llamados quipus no eran simples colgajos mnemotécnicos sino que constituían un verdadero sistema de escritura táctil, semejante, al parecer, al braille de los invidentes o incluso al sistema digital (pues era binario y se leía con los dedos) de la informática. Otro mundo cuya supervivencia dependía (y en parte depende) de las cuerdas y los nudos es el marinero, sostenido mágicamente casi sin clavos ni fuerza y capaz, sin embargo, de atar el mar mismo con nudos simples, franciscanos, de tope, de rizo, de escota, de guía, nombres que evocan manos rudas y cuidadosas, hábiles y callosas. La fascinación que ejerce sobre nosotros el mundo clásico de la marinería tiene que ver, a mi juicio, con esta desproporción –traducida en una mezcla de extravagancia y paciencia– entre el océano y las cuerdas. Lo contrario de un marinero es un conquistador terrestre. Al parecer, tras cortar el nudo gordiano Alejandro habría exclamado despectivo: “Tanto da desatarlo o cortarlo”. De ahí habría tomado nuestro Fernando el Católico, por cierto, su famoso lema privado: “Tanto monta monta tanto”, emblema de una España que siempre ha preferido cortar que anudar. Pero no, no da igual cortar o desatar, golpear o enhebrar, desgarrar o hilar, aunque solo sea porque la cuerda desatada se puede anudar de nuevo –en un renovado, digamos, contrato social– mientras que el nudo roto no se puede entreverar otra vez. Un abrazo es un nudo; un nudo es un abrazo. Un hachazo es la destrucción de los cuerpos y, por lo tanto, la imposibilidad del amor. El universo mismo, según una discutida teoría, podría estar más bien atado con cuerdas que compuesto de electrones y partículas.

En castellano tenemos la palabra “hilo”, cuya delgadez casi inaprehensible permite metáforas textiles y ontológicas: “Su vida depende de un hilo”, decimos, evocando sin darnos cuenta la tarea atribuida a las Moiras o las Parcas, esas hilanderas de la mitología griega y romana que tejían y tejían y finalmente cortaban la existencia de los humanos. También tenemos la palabra “soga”, del latín “soca” y antes tal vez de un homónimo celta, que asociamos inevitablemente con la muerte más atroz: la soga del ahorcado, áspera y voluminosa, con ese nudo antinarrativo –antitextil– que se cierra sobre el cuello de la víctima. España tiene la ventaja de ser un país malhadado, de amplia historia criminal, que expulsó a los moriscos y quemó sus libros, pero que se quedó con buena parte de sus palabras, de manera que a menudo, junto al término latino, tenemos en castellano un sinónimo o aledaño árabe. Este es el caso de “maroma” (del hispano-árabe mabruma), esa cuerda gruesa, muy marinera, compuesta de fibras trenzadas, cuyo masculino “maromo” nos traslada a la fisiognómica humana para describir, con un poco de desprecio, a un tipo también grueso, de cuerpo y de alma, al que consideramos poco refinado y más bien amenazador. O a veces ocurre al revés: cuando consideramos a alguien amenazador, lo consideramos también poco refinado y lo llamamos, sin que nos oiga, “maromo”.

Pero no, no da igual cortar o desatar, golpear o enhebrar, desgarrar o hilar, aunque solo sea porque la cuerda desatada se puede anudar de nuevo mientras que el nudo roto no se puede entreverar otra vez

Pero la palabra más común, la más general, es “cuerda”, cuyo origen es el latín chorda, procedente a su vez del griego khordé, que nombraba las tiras de tripa o de intestino con que se hacían las cuerdas de los instrumentos. Volveremos aquí. Conservemos, en cualquier caso, esta idea, central a mi juicio, de un vínculo entre las cuerdas, la intimidad del cuerpo y los instrumentos musicales.

Antes diré que mi cuerda favorita es la de tender, de la que colgamos las verdaderas banderas de la humanidad: bragas y calzoncillos limpios, camisas recién lavadas, pantalones vacíos encabritados al viento. Ese paisaje de ropas volanderas entre dos balcones ha ido desapareciendo de las ciudades, con excepción quizás de Nápoles, en cuyas callejuelas aún puede verse el mar cromático y encrespado de la colada al aire. No solo ocurre que nuestra ropa limpia, metonimia mojada de nuestra fragilidad corporal, ya no está a la vista, porque ha sido condenada a lugares excusados, como patios o ventanas traseras, sino que algunos países han prohibido su exhibición. Es una cosa extraña: los vestidos son privados; la publicidad de Zara no. Indicio fatal de retroceso cósmico, los tendederos han ido dejando su lugar en las calles y plazas a las separatistas banderas rojigualdas y a las pantallas publicitarias. Hace algunos años me inventé a un viejo poeta gallego, Bibiano Piñeira, autor de un poemario dedicado a la ropa tendida, cuyo primer poema comenzaba así: “Sacaron las mujeres/ sus banderas/ al balcón”. Y cuyo último verso termina evocando con dolor “la civilización antigua y verdadera del agua y del jabón”.

Mi cuerda favorita es la de tender, de la que colgamos las verdaderas banderas de la humanidad: bragas y calzoncillos limpios, camisas recién lavadas, pantalones vacíos encabritados al viento

Pero volvamos a las etimologías. Porque lo interesante de la palabra “cuerda” es que es imposible no dejarse llevar por la tentación de emparentarla de algún modo con cor-cordis, “corazón” en latín. No hay entre ellas, es verdad, ninguna relación verbal, aparte la asonancia, pero esa misma asonancia ha acabado por entreverar o anudar sus sentidos. No olvidemos que del cor latino se desprende una multitud de vocablos que acaban cubriendo, sin abandonar su centro, un vasto espectro semántico: tenemos, por ejemplo, “cordial”, “acuerdo”, “coraje”, “misericordia”, “recuerdo”; y también el adjetivo “cuerdo”, que nos sirve para atar el corazón y la cabeza en un equilibrio cada vez más raro. El caso del verbo “recordar” es el más inquietante. Sabemos que memorizar, en francés, se dice “apprendre par coeur” o, valga decir, “aprender de corazón”; y que en portugués y en castellano antiguo “recordar” quiere decir también “despertar” (pensemos, por ejemplo, en nuestro Jorge Manrique, donde encontramos combinados todos estos sentidos: “Recuerde el alma dormida / avive el seso y despierte”). Pero “recordar” hace pensar asimismo en el hecho de retejer o volver a anudar una cuerda, y esto es así porque establecemos un paralelismo intuitivo entre olvidar y desatar o, al revés, entre la memoria y esa sucesión de ataduras precarias o de nudos gordianos materializados en los quipus peruanos. Re-cordar es volver a atar el corazón y la razón, re-anudar los nudos que están siempre a punto de disolverse en el abismo. ¿No se habla de red neuronal? ¿No se habla también del corazón como de un instrumento de cuerda?

Hasta tal punto esta filtración acústico-semántica está presente en mi cabeza que en una ocasión, hace muchos años, tuve un encuentro elocuente. Buscando otra cosa en el diccionario de la RAE (edición de 1981, revisión de la de 1936), topé con la definición más extraña y –creo– desasosegante de mi vida. Se trataba de la palabra “canute”. ¿Qué es un canute? El diccionario dice así: “Gusano de seda que enferma después de recordar y muere a los pocos días”. De entrada uno siente, al leerla, un sobresalto de angustia. Se nos impone la acepción más banal y común del verbo y el terror nos oprime el corazón: ¿acaso los gusanos de seda recuerdan? ¿Acaso tienen malos recuerdos? ¿Cómo serán de malos y –qué contenido tendrán– para que la nostalgia o el miedo de traerlos de nuevo a la memoria les provoque la muerte? Pasé un largo rato sobrecogido por la literalidad de la frase hasta que, pensando en la seda, se me ocurrió que “recordar”, en este caso, podía ser un término técnico para referirse a la acción del gusano de seda que teje su capullo: que re-cuerda o re-anuda –digamos– la seda. Parecía y parece una solución cabal, muy coherente con el tema que nos ocupa, si no fuera porque, en el mismo diccionario, el verbo “recordar” no contempla esta acepción. Así que lo que hace el canute no es rememorizar su vida (primer y más evidente significado) ni tampoco hilar la seda (como yo deduje llevado por este falso y verdadero parentesco entre chorda y cor): el canute, pobre, muere al “despertar”: o está dormido o está muerto.

¿Qué es un canute? El diccionario dice así: “Gusano de seda que enferma después de recordar y muere a los pocos días”

Ahora bien, para hallar la expresión más sintética y acendrada de este parentesco intuitivo, con el que construimos nuestros afectos y nuestros pensamientos, hay que acudir a la lengua italiana y concretamente a un poema del gran Eugenio Montale, muerto en 1981. En su bellísimo poema de 1928, Corno inglese, el último verso dice: “Scordato strumento, cuore”, cuya correctísima traducción al castellano sería: “desafinado instrumento, corazón”, porque “afinar” en italiano se dice “accordare”, verbo donde las “cuerdas” y el “acuerdo” se dan cita de un modo mucho más evidente y sonoro que en castellano. Ocurre, en cualquier caso, que “scordare” quiere decir asimismo “olvidar”; es decir, lo contrario de “recordar”, de manera que “scordato strumento, cuore”, en un segundo plano, resonaría en el paladar de un lector de Roma de esta manera: “olvidado instrumento, corazón”. Los filólogos italianos discuten aún si se trata de una pura homonimia o si el “scordare” de la memoria y el “scordare” del instrumento tienen un mismo origen etimológico, pero lo que aquí me importa destacar es cómo el verso de Montale reúne magistralmente la ambigüedad mencionada: el corazón es un instrumento de cuerda, un instrumento de cuerdas anudadas cuya rotura (o cuyo desafinamiento) es inseparable de la vida misma: lo raro en los humanos es la “cordura” y la memoria. El corazón es, además, un instrumento de cuerda cuya existencia tendemos a olvidar; un violín o una guitarra olvidados, como la ropa de los tendederos, en una época en la que claramente el tajo ha vencido al nudo.

El capitalismo, al contrario que el universo, al contrario que los barcos, al contrario que los latidos y los argumentos, no tiene cuerdas. Si hay un proyecto político digno de ese nombre debe ser el de re-cordar, en el sentido que yo atribuía al pobre canute, pero sin morirnos a los pocos días. Despertar, hacer memoria, templar las cuerdas: uncir de nuevo el carro al templo de Zeus con un nudo que ningún Alejandro pueda cortar, pero que cualquier mujer sensata pueda desatar. Volver a ser cuerdos, llegar a acuerdos, afinar el instrumento olvidado que ata el corazón a la cabeza. Somos cuerdas que hay que anudar hacia dentro y hacia fuera. No somos agua ni barro ni bacterias: somos un montón de cuerdas.

Tú eres, vida mía, mi nudo gordiano, mi nudo cordiano; y no tengo espada.

Sólo tú podrías desatarlo. Por favor, no lo hagas.

De entre los fundadores míticos de ciudades, mi preferido es sin duda Gordias, quien construyó la ciudad de Gordio tras ser nombrado rey de Frigia en cumplimiento de un oráculo. Gordias era un pobre campesino que llevaba al mercado en su carreta algunas pobres verduras cuando unos cuervos sobrevolaron su cabeza;...

Este artículo es exclusivo para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí

Autor >

Santiago Alba Rico

Es filósofo y escritor. Nacido en 1960 en Madrid, vive desde hace cerca de dos décadas en Túnez, donde ha desarrollado gran parte de su obra. Sus últimos dos libros son "Ser o no ser (un cuerpo)" y "España".

Suscríbete a CTXT

Orgullosas
de llegar tarde
a las últimas noticias

Gracias a tu suscripción podemos ejercer un periodismo público y en libertad.
¿Quieres suscribirte a CTXT por solo 6 euros al mes? Pulsa aquí

Artículos relacionados >

1 comentario(s)

¿Quieres decir algo? + Déjanos un comentario

  1. fguardo

    Strings (cuerdas), es una maravillosa película de marionetas cuyas vidas dependen de los hilos: https://www.youtube.com/watch?v=-xj473aLMKE

    Hace 2 meses 9 días

Deja un comentario


Los comentarios solo están habilitados para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí