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COMO LOS GRIEGOS

La Orangina

La he pillado en una pequeña tienda de productos franceses. Es prudente agitar suavemente la botella, para que la pulpa nade en la abundancia, y comprenda que hubo generaciones de pulpa que lo tuvieron peor

Guillem Martínez 28/08/2022

<p>Orangina. (Et sa pulpe!). </p>

Orangina. (Et sa pulpe!). 

G.M.

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-DE AQUELLO DE LO QUE PODEMOS COMER, DEBEMOS NO GUARDAR SILENCIO. El bebé que accede a la leche a través del seno de la madre, ignora lo que está comiendo, y cree que come a su madre. No puede parar de hacerlo y, si por él fuera, culminaría su ingesta, lo que sería fatal para ambos. Es la desmesura, la pasión, la carrera hacia ningún sitio, tan familiar a nuestra especie. Esa desmesura es respondida, a su vez, por otra aún mayor y más duradera en el tiempo. El beso. El beso, se supone, es un invento de las madres. Consiste en un retorno, en hacer algo muy parecido a lo que experimenta el bebé cuando mama. Es una metáfora de la acción de comerse al bebé. Este tipo de beso, con la boca, no es universal. No existe en todo el mundo. Pero posee una fuerza interna importante. En su día fue descrito como una costumbre helénica. En Egipto y en Oriente Medio, por ejemplo, el beso era diferente, y consistía en aproximar las narices y respirar, mutuamente, el aire respirado por la persona amada. Era un beso depurado y extraordinariamente poético. Así besó Nefertiti. O Judas. Pero ese beso no resistió la presión del beso comestible, en el que dos personas simulaban, hasta creérselo, que se comían. El éxito del beso helénico posibilitó otro éxito instantáneo. Comernos la saliva. Y, una vez conquistado y comido ese fluido, solo fue cuestión de –poco– tiempo la conquista de otros, como lo son el flujo, el semen, el sudor, las lágrimas. No nos damos cuenta, pero comemos, sistemáticamente, sustancias sin valor nutritivo alguno, que no se manufacturan, y que no se encuentran en la naturaleza. Salvo en nuestra propia naturaleza humana. Son los fluidos. Nuestras esencias. Lo que indica que tenemos una gran fascinación por las esencias. Hola, esto es ‘Como los griegos’, que hoy hablará de esencias que ingerimos y que no existen en la naturaleza. No son, en este caso, los fluidos, tan caros e impagables. Se trata de otro tipo de esencias. Las esencias naturales, fabricadas por humanos no con su cuerpo, sino en un laboratorio, con sus manos, como los griegos. Como siempre, el relato, que culminará en receta, empieza en el siguiente párrafo, si bien en el Midi francés y en los años 70, mil años antes de 1975. Exterior día, solano. 

-EL LABERINTO ESPAÑOL Y SUS REFRESCOS. Hola. Esto es una foto kodak, con los colores que ya quieren irse al paraíso de los colores. En ella nos pueden ver a nosotros con nuestras primas. Ellas son absolutamente bellísimas y visten muy divertidas, en modo francesita descarrrrada. No se nos puede escuchar, pero vociferamos un castellano y un francés manguis, pero efectivos y con cierto juego de cintura. Como pueden observar, estamos en una mesa alejada de la de los adultos, pero aún así repleta de abundancia, esa cosa tan propia de familias en las que una generación anterior ha pasado tanta hambre que las siguientes generaciones jamás podrán comprenderlo. Comemos y reímos con ambas manos. Tanto que, como es el caso, a uno le sale, a toda leche, por la napia, el líquido de lo que estaba bebiendo. Como un beso egipcio demasiado húmedo. Lo que provoca más risa colectiva y, con ella, más chorros nasales. Una juerga. Como pueden ver, en la mesa hay jarabes franceses. Un producto incomprensible, salvo en Francia. Se trata de concentrados con esencias naturales, o no, y colorantes, a los que cada cual agrega el agua que quiere. Son terribles. Siempre supuse que se trataba de una iniciación infantil al pastis, ese brebaje extraño, salvo que seas de la mitad sur francesa. Pero también pueden ver en la mesa otra bebida. Se trata de esas botellitas simpáticas, pequeñas, en forma de naranja. Las botellitas están vacías, porque son lo primero que nos hemos pelado. Estaba buenísimo. En su etiqueta, demasiado pequeña para que puedan verla, se puede leer Orangina et sa pulpe! Es un refresco formidable, extrañamente francés, pues más que dulce es amargo –Josep Pla: “Los aperitivos franceses son dulces, los españoles, mucho mejores, secos. Y los italianos, sin duda superiores, amargos”–. Por otra parte, se trata de una bebida que, aunque nadie en la mesa lo sospecha ni tiene edad para saberlo, procede de la misma tradición de la que proceden todos los integrantes de la mesa. Del republicanismo español. No se lo pierdan.

-FEDERAOS. El PURA, o Partit d’Unió Republicana Autonomista, nace en 1908 en València –la provincia; nunca se extendió mucho más–, como una escisión en Unión Republicana, fruto del mal rollo entre los ya pochos Vicente Blasco Ibáñez, un cachondo, y el exPresi de la I República, Nicolás Salmerón. En aquel momento, el Federalismo –el republicanismo español es básicamente eso; por aquí abajo se sabe la salud del republicanismo por la salud del federalismo, ese intento de dominar la bestia/el Estado– estaba notoriamente tocado. El PURA, por otra parte, irá oscilando y evolucionando, hasta la II República, cuando adquiere forma de partido conservador, vinculado al Partido Radical de Lerroux. Tanto y tan íntimamente que no pudo sobreponerse al escándalo del estraperlo. En 1936 ya era un partido residual, en descomposición durante la guerra. No obstante, en sus glory days, ese partido tuvo un militante particular. Se trata de Agustín Trigo Mezquita (1863-1952). Nacido en València, en la Plaça del Mercat, con el tiempo fue farmacéutico, así como el primer alcalde republicano de la ciudad de València. Fue, en esa época fugaz como alcalde, el promotor de la comisión que, ya en 1931, empezó a redactar un estatut d’autonomia para el País Valencià, cuando el federalismo ya había dado paso –¿definitivo, snif?– a lo contrario de un Estado federado, negociado y fieramente controlado a partir de contrapoderes: las autonomías, esos objetos nebulosos. Pero, en otro orden de cosas, Trigo Mezquita también es el fundador, en 1896, de Laboratorios del Doctor Trigo, empresa que, a principios del XX, depuró su primer producto llenapistas. Como todos los niños y niñas saben, se trata del legendario citrato de magnesia efervescente, dotado de medalla especial en la Expo de París de 1904, no te digo más. El producto llevaba –y esto es muy importante en este relato– aroma de limón. Para lo que fue necesario crear esa esencia natural. El doctor Trigo experimentó primero con las esencias de cítricos para perfumería. Pero, en breve, vio el filón que supondría en el gremio de la alimentación, para el que invierte todos sus esfuerzos. Crea esencias de naranja y de limón. Y con el tiempo libre que gana, al abandonar, muy rapidito y con mal rollo, la alcaldía de València, crea con todo ello la patente de un refresco, aromatizado con esencia natural de naranja, dotado de un chute de gas, que lo hacía fresco, rebelde y republicano, y embotellado en una botella triangular, con elementos masónicos, muy simpática, con la forma de tres naranjas. El nombre de esa bebida fue Naranjina y, al poco, TriNaranjus. Nunca sabremos el sabor de esa bebida, pues su fórmula –y no digamos su botella– fue cambiada en la postguerra española, y desprovista, entre otras cosas, de su gas. Fue un refresco, en todo caso, galardonado en la feria de Marsella de 1935, punto geográfico y año terráqueo en el que empieza a gestarse el fenómeno Orangina.

-“IL N’Y A PLUS D’INNOCENTS EN ALGERIE”. Ese año el doctor Trigo, en la feria de Marsella, estrecha la mano de León Beton, pied-noir argelino y poseedor de una extensión de naranjos llamativa, que le compra una fórmula para hacer un refresco de cítricos. Con la fórmula del doc Trigo, Beton convierte las naranjas de sus naranjos en el zumo y la esencia natural de un refresco dotado discretamente de gas, envasado en una botella convencional, y que, por fuerza –era también singular y gamberro–, tuvo que conocer Camus. El producto fue, en todo caso, un éxito absoluto en Argelia. En los años 50 el hijo de Léon, Jean-Claude Beton, le cambia la botella al invento, le pone una en forma de naranja, y exporta el conjunto a la metrópoli, donde enloquecen con él en modo OAS. En la década siguiente, con la pérdida de los naranjos argelinos y, ya puestos, de Argelia, la firma se instala en Marsella. Es importante saber la evolución de las marcas, porque dibujan el mundo, esa marca hacia el precipicio. Orangina fue, así, adquirida en los 80 por Pernod Ricard, la gran firma de brebajes francesa. Y, en el siglo XXI, por Cadbury Schweppes –rayos, es la primera vez que escribo “Schweppes” en mi vida, y no es una buena experiencia– y, finalmente, en el siglo XXI, prepandémico y preMad-Max, por la cervecera japonesa Suntory. Que, por cierto, también hace un whisky de malta atómico e inesperado.

-LA RECETA. Para acceder a una Orangina es muy importante disponer de una. Yo la he pillado en una pequeña tienda de productos franceses. Solventado ese problema, es prudente agitar suavemente la botella, para que la pulpa nade en la abundancia, y comprenda que hubo generaciones de pulpa que lo tuvieron peor. Posteriormente, descapsulen la botella y sirvan su contenido, en un vaso o en un zapato de mezzosoprano. Bébanlo. Es delicioso. El mundo de las esencias naturales se parece al de las esencias personales en que es maravilloso, si bien también está sometido al arbitrio cruel de nuestra preferencias. En general, y siempre que les gusten, no se corten con las esencias personales. Pero tampoco con las naturales. No digan no, cuando es buena y saludable, a una flasfgolosina, a un Colajet, a un Frigopie. A una Orangina. Son esencias naturales. Son, en fin, productos industriales. Pero no está claro qué no lo es. El vino, tras la revolución Parker –ese influyente crítico de vinos USA, que ha conseguido lo insospechado por incalculado y no deseado: unificar el sabor del vino en todo el planeta–, tal vez no es tan diferente a una Orangina. No tengan miedo a las esencias naturales. No tengan miedo a la infancia, desde el siglo XX el país de las esencias naturales.

-LAS ESENCIAS NATURALES DE PROUST. Ese, creo, es el sentido de este artículo. No tener miedo. A tus gustos, por ejemplo. A confirmarlos. A ampliarlos. A experimentar con la alta cocina, con la tradicional, o con cacharros pop, como ha sido el caso. No tener miedo es la esencia de todos estos artículos gastronómicos que les voy pasando. Y, ahora que lo pienso, también los otros. No tener miedo. No tener miedo. Lo que me remite a la foto kodak que les he mostrado anteriormente, en la que se ve un grupo de niños y niñas, en verano, con ganas de liarla, educados alejados del miedo, en la fraternidad. La fraternidad es hacerlo pasar bien al mayor número de personas. Se empieza poco a poco, y echando Orangina por la nariz. Tras el egipcio, se prueba con otros tipos de besos. Y, con ellos, se descubre el sabor de las salivas y de los senos. Los senos primero saben a agua del bosque, y luego a sangre y a leche. Y los flujos, a animales marinos, divertidos y que no existen, a agua salvaje y densa de la montaña, o del mar, cuando está singularmente sereno o singularmente furioso. Nos veo en esa foto, congelados, riendo, eternamente felices y reales, bebiendo Orangina, y nos veo antes de que el Cangrejo atenazara nuestros senos o pulmones o matrices, antes de probar las esencias y conocer la devoción, y antes de que la elección de unas esencias sobre otras nos destinara a golpes o a caricias, a un destino y no a otro. Y creo que no lo hicimos mal del todo –vivir, quiero decir–. Es decir, nos expusimos a las esencias y a los fluidos. Vivir es poco más que eso. 

Esto se acaba. Espero que hayan pasado un verano espectacular y que estén ya vacíos, pero, a la vez, repletos de fluidos. Será un otoño duro. Bienvenidos. No tengan miedo.

-DE AQUELLO DE LO QUE PODEMOS COMER, DEBEMOS NO GUARDAR SILENCIO. El bebé que accede a la leche a través del seno de la madre, ignora lo que está comiendo, y cree que come a su madre. No puede parar de hacerlo y, si por él fuera, culminaría su ingesta, lo que sería fatal para ambos. Es la...

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Autor >

Guillem Martínez

Es autor de 'CT o la cultura de la Transición. Crítica a 35 años de cultura española' (Debolsillo), de '57 días en Piolín' de la colección Contextos (CTXT/Lengua de Trapo) y de 'Caja de brujas', de la misma colección. Su último libro es 'Los Domingos', una selección de sus artículos dominicales (Anagrama).

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