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Elecciones en Italia

Juego de Tronos en Roma con Giorgia Meloni

La líder de ultraderecha ha sabido apropiarse de la palabra libertad y, acabada la campaña, esa libertad es precisamente la que los italianos se juegan en las elecciones del domingo

Barbara Celis 23/09/2022

<p>Matteo Salvini, Silvio Berlusconi y Giorgia Meloni, durante el último mitin electoral del pasado 22 de septiembre.</p>

Matteo Salvini, Silvio Berlusconi y Giorgia Meloni, durante el último mitin electoral del pasado 22 de septiembre.

Cuenta de TW de Giorgia Meloni

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Para los amantes de la música sigue siendo un misterio si la canción Georgia on my mind (Georgia en mis pensamientos) popularizada por Ray Charles está dedicada a una mujer o al estado de Georgia (USA). La letra es ambigua, y quizás ese sea uno de los secretos de su éxito.  

Yo habría agradecido que sonara en el mitin fin de campaña que el jueves dio Giorgia Meloni (el nombre se lee igual) en la Piazza del Popolo, en Roma. Al fin y al cabo, la lideresa del partido ultraderechista Fratelli d´Italia, que según las encuestas arrasará el domingo en las legislativas italianas, lleva toda la campaña intentando sonar un poquito ambigua, no vayamos a confundirla con una líder de extrema derecha, que es lo que siempre ha sido hasta que decidió presentarse a las elecciones en coalición con la ultraliberal Forza Italia de Berlusconi y la derechista Lega de Matteo Salvini. Ahora Giorgia y ellos representan, en lo que se refiere al marketing electoral, el centroderecha. Lo que viene a ser como decir que Giorgia es Angela Merkel y Salvini, Macron. Chúpate esa. 

Yo sé que era mucho pedir que en los preliminares del evento, en vez de docenas de clásicos italianos, sonara un tema popularizado por un músico negro: los votantes de Giorgia, poco amantes de lo no italiano, y por supuesto del inmigrante, al que sólo hay que dejar entrar si tiene papeles y si no “que lo catapulten a Africa” –así me lo explicó una señora pro Meloni–, aspiran a devolverle al país “la dignidad y el protagonismo” y defienden por encima de todo “lo italiano”. Nadie sabe muy bien si eso es la pizza, la pasta o Lucio Dalla, como nadie sabe si defender “lo español” es defender el chorizo, los toros o la zarzuela, todos símbolos claros de que en política, a nivel global, estamos perdiendo el norte.

Pero esos adjetivos, “lo italiano, lo español, lo americano”, tienen un superpoder: encender el corazón de las masas nacionales –primera enseñanza de Mussolini– y, en Italia, que dejó atrás hace décadas su esplendor económico y social, que hoy tiene infraestructuras que se caen a pedazos, un paro juvenil que alcanza el 24%, una burocracia que impide cualquier desarrollo económico y una sensación de fracaso que impregna el sentir popular desde la crisis del 2010, defender ‘lo italiano’ ha prendido en el electorado. 

Meloni no defiende los derechos de las mujeres sino la familia tradicional, nada de cuotas de género o nada de aborto

Georgia on my mind es un tema demasiado dulce y elegante para sonar en un mitin político concebido, pese a los socios de Giorgia Meloni, como coronación electoral de una dama curtida en un partido de corte patriarcal que, vaya ironía, puede ser la primera mujer en convertirse en primera ministra de Italia –para vergüenza de la izquierda italiana, que siempre ha sufrido de exceso de testosterona, como casi todo el país–.  

Ser mujer y líder de un partido neofascista se ajusta mucho mejor a una banda sonora tipo La Guerra de las Galaxias. Giorgia Meloni no defiende los derechos de las mujeres sino la familia tradicional –nada de dos papás o dos mamás, a multiplicarnos con parejas de señor y señora–, nada de cuotas de género o nada de aborto –en las dos regiones donde ya gobierna Fratelli d´Italia se han puesto todo tipo de trabas contra este derecho de las mujeres–. Ella repite, como repetía Mussolini, la palabra trabajo o trabajador cada dos frases. En lo económico no es ultraliberal como Berlusconi, pero anda bastante suelta y se opone a cualquier ayuda a los más vulnerables –el llamado reddito di cittadinanza, una ayuda a quienes no tienen nada, aprobada por el movimiento 5 Stelle hace dos años no gusta entre los defensores de Meloni, aunque solo sea por eso de que “el trabajo nos da la dignidad”, y ayudar al que no tiene debe ser que te la quita. Así que nada de Georgia on my mind, sino un hilo musical de corte épico, muy a lo Juego de Tronos, para recibir en Piazza del Popolo a Giorgia y sus socios de conveniencia el jueves. (En Italia las coaliciones oficiales multiplican sus votos respecto a los partidos que se presentan en solitario.)  

“Yo he venido a ver a Giorgia. A Berlusconi le respeto y Salvini tiene mi apoyo porque aquí hay demasiados inmigrantes y él fue el primero en querer ponerlos a raya, pero yo estoy aquí para ver a Giorgia”. Lo contaba un joven de 19 años que se definía “chico de barrio, hijo de obreros de izquierdas de toda la vida, harto de que Italia no cuente nada en el mundo”. Otra vez el orgullo patrio haciendo vibrar espinas dorsales. Curioso que hubiera tanto joven entre el público –y mucho pensionista–, pero él y sus amigos lo explicaban así: “Queremos trabajo y Giorgia nos lo va a dar, igual que hacen en Suiza, trabajo según sales de la universidad”. Sin duda, Giorgia es buena publicista. Ya quisiéramos todos, italianos, españoles, griegos, franceses y hasta alemanes ser Suiza, esa utopía que se mece sobre un paraíso fiscal de apenas ocho millones de personas (en Italia son 60 millones). Pero el mundo real no es Suiza y pese a la frase “el trabajo es dignidad,” repetida varias veces por cada uno de los tres candidatos sobre el escenario de Piazza del Popolo, allí nadie explicó cómo se crean puestos de trabajo. Los militantes tampoco supieron explicarme cómo se produciría el milagro. Total, si ella gana la asistirá el espíritu santo, imagino. En tiempos de TikTok e Instagram, parece que ya no hay que explicar nada, las frases cortas y llamativas bastan, no vaya a ser que la gente tenga que pensar. 

Por ejemplo: “El Estado no produce riqueza. Los trabajadores sí”. Con esa frase incalificable, Giorgia se lanzó a una diatriba sobre bajar los impuestos, ese mantra que desde siempre gana votos en cualquier esquina del planeta. 

Simpatizantes de Meloni durante el mitin en la Piazza del Popolo, en Roma. | Fotografía de Barbara Celis

Eso ya lo había dicho, orgulloso, Berlusconi, recibido al grito de “presidente”, padre de Trump, Bolsonaro, Ayuso y todos los populistas que han llegado al poder en las últimas dos décadas. El empresario, perseguido judicialmente por corrupción, recordó sus hitos políticos de hace tres décadas –“fuimos los únicos que no metimos las manos en los bolsillos de los italianos”– en la apertura de un mitin al que sólo le faltó llegar en taca-taca.  

La izquierda ha sido incapaz de crear alianzas previas y lo cierto es que quienes no quieren votar a Meloni & company no saben qué hacer

Ver al excavaliere en directo hoy es como entrar en un museo de cera y que te dé un infarto al descubrir que las estatuas hablan. No hay adjetivo posible para describir la aberración física perpetrada contra sí mismo del que fuera el hombre más poderoso de Italia durante décadas. Verle sobre ese escenario, sujetándose al atril con ambas manos, con la dentadura demasiado perfecta, la cara de velocidad fruto del exceso de cirugía estética y ese pelo de implante, dios mío… ¡ese pelo! Y además gritando: “Somos moderados, queremos construir la Italia del futuro, la Italia de la libertad”. Uno no puede evitar preguntarse cuánto tardará Hollywood en filmar una película de terror con un Berlusconi-like de protagonista. 

Pero Giorgia no es tonta y sabe que ese señor que hoy es solo un fantasma de sí mismo –y que apenas arañará un 4% de los votos según las encuestas– le da esa garantía de moderación de la que él mismo alardeaba sobre el escenario. Si eso da votos, y apoyo político en Bruselas, yo trago con lo que sea, calculó Meloni al convocarse las elecciones. Porque lo cierto es que entre los tres partidos principales de la llamada coalición de centro-derecha (en realidad son más) hay varias diferencias de programa, filias y fobias –empezando por la amistad que une a Berlusconi y Salvini con Putin–, pero en Italia, y sobre todo en la derecha en general, son pragmáticos: esos problemas ya se resolverán. Primero lo importante: ganar. 

La izquierda en cambio, con una decena de candidatos, ha sido incapaz de crear alianzas previas –lo que les penalizará en las urnas– y lo cierto es que quienes no quieren votar a Meloni & company no saben qué hacer porque, efectivamente, y como bien sabe la propia candidata de ultraderecha, la gente tiene la sensación de que sus políticos viven agarrados al poder y no han hecho nada por ellos en una década. “Ese es el drama del votante de izquierdas. Es imposible no ir a votar sin taparse la nariz y, por eso, muchos ni siquiera votarán”, me decía este verano Enrica Fiocca, una profesora de Bologna, bastión de la izquierda tradicional, hastiada con la inacción de los últimos gobiernos de izquierda o técnicos.

Italia, que siempre ha sido uno de los laboratorios políticos del mundo, puede conseguir que Giorgia domine, por unos años, nuestros pensamientos 

Lo de taparse la nariz para votar a la izquierda lo sabe bien Meloni, y en su discurso no faltó una alusión directa. “La izquierda teme perder las riendas del poder, pero los italianos lo han entendido. Por eso les dicen que Meloni da miedo. ¿Os doy miedo? (sonrisa). Con esa idea invitan a sus votantes a votarles a ellos. ‘Taparos la nariz y votarnos porque Meloni da miedo’. ¡Nos temen! Pero nosotros somos un cambio de paradigma”. Esa idea del cambio es quizás la clave que podría darle la llave del gobierno. Y se palpaba entre los asistentes al mitin. Todas las personas entrevistadas decían más o menos lo mismo. ¿Qué esperas que pase si gana ella? “Un cambio”. ¿Qué tipo de cambio? “El que sea, Italia no puede seguir así”. El hastío como motor político, una vez más, como si la historia no hubiera ocurrido.  

En cuanto a Salvini, un personaje chaquetero que bien podría ser ese mismo político agarrado al poder del que hablaba Meloni con desprecio, aún tiene sus fans. Lo demostraron los vítores cuando apareció sobre el escenario, a pesar de que atraviesa horas bajas, desgastado por haber formado parte del gobierno Draghi, y hoy a la espera de juicio por haber impedido el desembarco de inmigrantes llegados a las costas italianas en el ‘Open Arms’. El que fuera ministro de Interior durante el primer gobierno de Conte también aspira a la presidencia del Consejo de Ministros, pero lo tiene bastante crudo, al menos visto el efecto Giorgia en Roma: la plaza no tembló con su discurso como lo hizo con el de ella. Y eso es capital de cara a las negociaciones poselectorales (las encuestas le dan a Meloni el doble de votos que a él). 

Salvini repitió su batería de frases cortas. Se digieren con facilidad y funcionan en las urnas: “Queremos proteger a Italia y a los italianos. Queremos proteger el trabajo. No a las drogas. No al canon Rai (el impuesto que se paga por la televisión pública). Trabajar es premiar el esfuerzo”. Sin duda, no hay que hacer grandes esfuerzos intelectuales para estar de acuerdo con muchas de estas frases, y ese es el peligro de esta coalición, como ya lo fue, por ejemplo, Trump en Estados Unidos: si los titulares te parecen razonables y no hace falta pensar mucho –¿quién no quiere que protejan su trabajo, aunque nadie entienda muy bien qué significa?–, ¿por qué no le voy a votar si hasta ahora mi vida no ha mejorado? 

Meloni es admiradora de Orbán, euroescéptica convencida, cristiana acérrima y muy cercana a grupos ultraconservadores como Comunión y Liberación

Pese a los esfuerzos por parecer civilizados y educados –Meloni llegó a amonestar al público cuando empezaron a abuchear a sus adversarios políticos–, lo cierto es que su tono violento contra esos mismos adversarios y el fervor que provoca en el público cuando dice cosas como “estamos en una cruzada contra nuestros enemigos” a mí me inquieta un pelín. Al escuchar frases como “restableceremos la libertad y el orgullo italiano. Con nosotros en el gobierno Italia volverá a maravillar al mundo”, uno no puede dejar de preguntarse de qué narices están hablando. Esa ambigüedad, que obviamente dejará paso a propuestas concretas, como ya ha ocurrido en Las Marcas, donde abortar se ha convertido en un suplicio, asusta, sobre todo si se piensa en su historial. Giorgia Meloni es admiradora expresa del húngaro Orbán, euroescéptica convencida, cristiana acérrima y muy cercana a grupos ultraconservadores como Comunión y Liberación o la derecha evangélica estadounidense. Difundió noticias falsas sobre la covid durante la pandemia y encima tampoco parece tener muy claras las matemáticas de un país con un déficit disparatado, algo sobre lo que alertan los candidatos de izquierda. Pero ha sabido apropiarse, como toda la ultraderecha europea y trasatlántica, de la palabra libertad y, acabada la campaña, esa libertad es precisamente la que los italianos se juegan en las elecciones del domingo. Italia, que siempre ha sido uno de los laboratorios políticos del mundo, puede, desgraciadamente, conseguir que Giorgia domine, por unos años, nuestros pensamientos. Y su sonido no sonará ni dulce ni elegante como la canción de Ray Charles. 

Para los amantes de la música sigue siendo un misterio si la canción Georgia on my mind (Georgia en mis pensamientos) popularizada por Ray Charles está dedicada a una mujer o al estado de Georgia (USA). La letra es ambigua, y quizás ese sea uno de los secretos de su éxito.  

Yo habría agradecido...

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Autora >

Barbara Celis

Vive en Roma, donde trabaja como consultora en comunicación. Ha sido corresponsal freelance en Nueva York, Londres y Taipei para Ctxt, El Pais, El Confidencial y otros. Es directora del documental Surviving Amina. Ha recibido cuatro premios de periodismo.Su pasión es la cultura, su nueva batalla el cambio climático..

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1 comentario(s)

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  1. enrbalmaseda

    Cuando unos abandonan el timón, lo cojen otros, normalmente los que agarrado el timón no lo sueltan.

    Hace 2 meses 15 días

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