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LOMLOE: de vuelta a la caverna

Los capitostes de la OCDE no están demasiado interesados en una ciudadanía ilustrada, sino en formar obreros capaces de entender el letrero de prohibido fumar en la fábrica de explosivos

Javier Mestre 1/11/2022

<p>La educación está fatal. </p>

La educación está fatal. 

J. R. Mora

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Este mes de septiembre ha entrado en vigor el currículo LOMLOE.

El legislador ha vuelto a hacer lo que habían hecho sus predecesores en el encadenamiento sucesivo y cada vez más rápido de reformas educativas. Como la Ley Wert, la de los recortes, la privatización y las reválidas, esta es una ley de implantación acelerada. La LOGSE, de 1990, se puso en marcha en diez cursos. La LOMLOE estará plenamente vigente en todos los niveles educativos en apenas tres.

Lo peor es que la sucesión de mareos legislativos muestra un acuerdo subterráneo: la tendencia privatizadora que impulsó la breve Ley de Calidad de la Educación del gobierno Aznar y que consolidó la Ley Orgánica de Educación (LOE) del gobierno Zapatero en 2006. La Ley Orgánica reguladora del Derecho a la Educación (LODE), de 1985, asumía los conciertos con centros privados como una medida provisional para garantizar la gratuidad de la enseñanza básica, y establecía el horizonte de un sistema cien por ciento estatal para la educación pública. No concebía la financiación pública de centros privados para las etapas no obligatorias. Los ultraliberales del PP establecieron por primera vez la posibilidad de conciertos en Bachillerato y FP y las sucesivas reformas patrocinadas por el PSOE consolidaron este sistema definitivamente dual, público-privado, con la falacia de la libertad de elección de centro como articuladora del sistema. La derecha da zarpazos atrevidos, luego el PSOE lima asperezas y, como el poli bueno de las películas, retira algunos elementos lesivos, pero se traga la mayor.

Mientras tanto, los políticos, asesorados por qué sé yo qué pedagogos, deciden que hay que imponer un nuevo entramado pedagógico, como si ese fuera el problema. Y hacen una ley que aboga por una personalización de la enseñanza... y que conserva el número máximo de alumnos por aula. ¿Qué atención personalizada puede dar un profesor a cada alumno en un periodo de 50 minutos si tiene a 25 o 30 en la clase? 

Personalización, esa palabra mágica. Para políticos al cargo que se autodenominan progresistas, la escuela pública ilustrada es un anacronismo. Rafael Sánchez Ferlosio se estará revolviendo en su tumba. En su importante artículo de 2007, “Educar e instruir”, explica que “no es, evidentemente, el Teorema de Pitágoras el que debe adaptarse a las condiciones personales del alumno, sino éste el que debe adaptarse a la esencial impersonalidad de ese teorema”. Concibe la escuela como el lugar público de los universales, completamente impersonal, consagrado a las exigencias de la teoría. Curiosamente, el constructo pedagógico que pretende que la escuela haga el camino inverso, el que llevaría supuestamente el teorema de Pitágoras a cada alumno en particular (solo si le motiva o apetece, por cierto), se denomina Diseño Universal para el Aprendizaje, abreviado como “DUA”. Todo un oxímoron que alumbra la falta de consistencia epistemológica de la pedagogía de moda, que viene de EEUU patrocinada por el CAST (siglas en inglés para “Centro para la Tecnología Especial Aplicada”), una ONG financiada por un puñado de multimillonarios como Bill y Melinda Gates o los fundadores de ALCOA. Y como su propio nombre indica, su centro son las tecnologías. El principio fundamental de su enfoque es que los contenidos y los productos del aprendizaje y para la evaluación se han de personalizar, adaptar a los gustos y características personales de cada alumno. Y eso, en grupos de más de, pongamos, cinco o seis estudiantes, solo puede hacerse a través del software adecuado. José María Bar Cendón, secretario de Estado de Educación, en una escalofriante entrevista publicada el pasado 7 de septiembre en el diario Público, se atreve a afirmar cosas como que “el profesor como transmisor de conocimientos puro y duro es un modelo ya obsoleto” o “¿de qué nos sirve memorizar un montón de cosas si no tenemos su aplicación práctica?”. Su visión de la enseñanza, cuando dice que ha cambiado el papel del profesor en un mundo en el que, para ignorantes como él, todo está en Google, y en el que el profesor ha de pasar de ser el centro de la clase a tener “un papel de guía, de orientador”, consiste en clases inclusivas en la medida en que todos los alumnos están metidos en un mismo espacio físico, pero cada uno con su actividad personalizada frente a la pantalla del ordenador. Su húmeda tecnofantasía traslada a las aulas la imagen exasperante del grupo de niños o adolescentes sentados en la acera, cada uno pendiente de su móvil, sustituyendo el contacto humano por una perífrasis constante a través del ciberespacio.

Con el desarrollo milenario de la Filosofía, esa antigualla, sabemos que el conocimiento racional es desinteresado y universal, y accesible hasta para el esclavo analfabeto de Menón

Con el desarrollo milenario de la Filosofía, esa antigualla, sabemos que el conocimiento racional es desinteresado y universal, y accesible hasta para el esclavo analfabeto de Menón. Para meterse en ese mundo hace falta desprenderse de todo lo demás, incluido uno mismo; se hace necesario un poco de silencio y concentración. O sea, un poquito de educación. La escuela ha de ser el lugar donde se instruye a los niños en el mundo de las ideas impersonal y universal, que es el fundamento mismo de la Ilustración y, por lo tanto, de la ciudadanía y el Estado de Derecho. Ahí empieza y al mismo tiempo acaba, que no es poco, la responsabilidad educadora de la escuela. En conseguir que las criaturas aprendan matemáticas, lengua, historia, física, química, biología, inglés o latín... en un entorno seguro y protector, inspirado por los valores democráticos y de protección de la infancia y adolescencia característicos del programa político ilustrado. Pedirle más es un modo hipócrita de renunciar a resolver los problemas estructurales de la sociedad.

Ahora, el legislador, con una generosidad discursiva alarmante, dice que quiere formar ciudadanos solidarios, ecologistas y feministas, que planean su aprendizaje, aficionados a la tecnología y usuarios superconscientes de las redes; que saben crear obras de arte, dar conferencias, escribir artículos académicos, comportarse ejemplarmente en su vida personal y social, resolver pacíficamente los conflictos, dialogar utilizando un lenguaje inclusivo; capaces, cómo no, de adaptarse fluidamente a la incertidumbre, montar empresas desde la nada (¡emprender, por Dios!), hacer páginas web y presentaciones multimedia, leer toneladas de libros con un criterio propio sobre el que reposa su identidad personal y ejercer como críticos literarios o artísticos; preparados para llevar una vida sanísima, con su buena nutrición y sus hábitos de ejercicio diario, mientras luchan por la sostenibilidad del planeta en su desarrollo intrínseco de una “ciudadanía mundial” (sic). En fin. La LOMLOE prioriza todo esto frente a los anticuados contenidos, pero ¿cómo puede combatir la escuela el marasmo ideológico de las redes e Internet, verdaderos poderes educativos en nuestro país aquí y ahora, si se margina en ella el conocimiento? Solo una sólida formación ilustrada permite la construcción de un espíritu crítico que no se limite a opinar diciendo barbaridades o se dedique a impugnar por las bravas la propia institución educativa.                                              

Y una sólida formación ilustrada ha de ser analógica, como demuestra el neurocientífico Manfred Spitzer en su imprescindible libro Demencia digital (2013). El profe enseña dialogando, explicando, dando asideros a cualquiera para montarse en el carro de la teoría: es imprescindible porque tiene y ama los conocimientos, lo cual es clave. El saber no se reduce a información. Si creemos que aprender matemáticas es cuestión de informarse, mal vamos. Algunos pedagogos lo ven así precisamente porque parten de una premisa tan falsa como peligrosa: saber es informarse; cada uno se programa para aprender a base de Google, aplicaciones informáticas y videos de Youtube (por cierto, en ellos los individuos que explican mates o física, por ejemplo, lo hacen como profesores de toda la vida, pero sin mayéutica, claro, porque ¿cómo van a dialogar con el alumno?). Al mismo tiempo, expertos como Michel Desmurget nos recuerdan que la generación de los nativos digitales tiene, por vez primera, un coeficiente intelectual inferior al de sus padres. ¿En qué demonios están pensando los responsables educativos del gobierno más progresista de la historia?    

 La degradación de los títulos del sistema público puede ser aprovechada por el negocio privado de la educación              

Las lumbreras legislativas han fusionado la distopía del DUA con el famoso aprendizaje por competencias. Este último tiene que ver con la entrevista al secretario de Estado, cuando afirma que los conocimientos “tienen que tener una utilidad práctica porque si no el alumno tampoco estará motivado”. Al mostrar a mis alumnos de Bachillerato estas declaraciones, reaccionaron con indignación: “Nos toman por idiotas”. Nada del saber por el saber. Olvidemos que hay tantísimas cosas que aprender sin aplicación práctica porque son escalones del proceso de aprendizaje de las disciplinas y son abstractas e imposibles en la vida real. En última instancia, esta es la filosofía que subyace a ese enrevesado tejemaneje entre delirante y burocrático impulsado por la OCDE, la de los informes PISA, una organización económica de ideología neoliberal. De ahí que todo el conocimiento matemático y científico se agrupe en una sola competencia que queda al mismo nivel que esa patraña denominada “competencia emprendedora” o la sobrevalorada “competencia digital”. Los profesores sabemos que la formación de ciudadanos libres e intelectualmente competentes es el producto esperable de la escuela pública con profesores que enseñan a sus alumnos, a menudo sin armas mejores que la voz y la pizarra de tiza. Pero los capitostes de la OCDE no están demasiado interesados en una ciudadanía ilustrada, sino más bien en formar obreros competentes en el sentido de que sean capaces de entender el letrero de prohibido fumar en la fábrica de explosivos.

Por lo demás, el delirante aprendizaje por competencias lleva dos décadas con nosotros y apenas se ha llevado a la práctica en la realidad de la docencia de los últimos años. Seguramente vamos a seguir explicando y poniendo exámenes y notas numéricas, y los estudiantes continuarán memorizando contenidos inútiles y haciendo ejercicios sin ninguna aplicación práctica. Pero todo a costa de un incremento horrible del trabajo burocrático del docente. El currículo muestra ocho competencias claves que se despliegan en decenas de competencias específicas para cada materia y curso, que, a su vez, se trufan de racimos de criterios de evaluación. Quieren que programemos la evaluación montando un entramado de cálculos para formar el “perfil de salida” de cada alumno, que consiste en obtener valores, a partir de los criterios y las competencias específicas de todos los cursos, para el grado de adquisición de, por ejemplo, la “competencia ciudadana” o de la “competencia en conciencia y expresión culturales” (sic). Conseguirán que naufraguemos en un hipócrita mar de rúbricas y hojas de cálculo competenciales, por lo demás llenas de subjetividad y absolutamente inútiles a la hora de enseñar nada a nadie o mostrar lo que un estudiante de verdad ha aprendido.

Al mismo tiempo, Bar Cendón, en la entrevista citada, esgrime que “repetir curso es carísimo y absolutamente ineficaz”. Su alternativa viene con el DUA: los planes de refuerzo personalizados. Como cada niño va a hacer lo suyo y el profe es una especie de ayudante que pulula por ahí mientras los chicos miran la pantalla, pues que en vez de repetir, por ejemplo, 3º de ESO, que hagan todo lo que no hicieron en ese curso mientras sus compañeros hacen lo de cuarto. ¿Y cuándo hará lo de cuarto el que pasa con unas cuantas asignaturas pendientes? Que me lo explique el secretario de Estado. La repetición de curso es ineficaz porque la escuela no puede resolver la mayoría de los problemas subyacentes, sociales y familiares. Y cualquier profe con sentido común ve que la alternativa que imponen es un dislate... si es que en verdad el objetivo es que los alumnos aprendan los mínimos de cada curso. Pero... ¿y si no es ese el objetivo? ¿Y si el objetivo es ahorrar gasto público y fomentar el aprobado fácil que da esplendor a las estadísticas? ¿O qué se creen que van a hacer muchos docentes cuando suspender a un alumno lleve consigo una pila de planes e informes individualizados?

Si la puesta en marcha de la LOGSE se tradujo en un descenso importante de los niveles de exigencia, ahora se puede dar algo parecido que nos venderán como una mejora evidente en los índices de fracaso escolar. Sin embargo, el daño puede ser muy grave porque llueve sobre muy mojado. Por un lado, la degradación de los títulos del sistema público puede ser aprovechada por el negocio privado de la educación hasta el punto de que una buena instrucción vuelva a ser un lujo elitista. Por otra parte, ya observamos con rotundidad que nuestros alumnos afrontan serios problemas en el campo de lo cognitivo con la adicción a las pantallas y la sobrecarga infame de estímulos educativos que los abruma desde las redes sociales. Si casi cualquier estudiante de bachillerato de hace 30 años tenía claramente instalado en su mente un mapa del mundo de cierta precisión y una cronología clara de la Historia, hoy nos topamos con demasiada frecuencia con estudiantes que ni lo uno ni lo otro y solo se desenvuelven con fluidez en un mundo mental de no-lugares en una especie de tiempo caracterizado por la infinita inmediatez. Y nos conducen hacia una escuela pública que apuntala el deterioro.                           

La irresponsabilidad de los poderes legislativo y ejecutivo es imperdonable. 

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Javier Mestre es Catedrático de Lengua Castellana y Literatura y escritor. Su última novela es Fábricas de cuentos, publicada en La Oveja Roja.

Este mes de septiembre ha entrado en vigor el currículo LOMLOE.

El legislador ha vuelto a hacer lo que habían hecho sus predecesores en el encadenamiento sucesivo y cada vez más rápido de reformas educativas. Como la Ley Wert, la de los recortes, la privatización y las reválidas, esta es una ley de...

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Javier Mestre

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2 comentario(s)

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  1. lewis-siwel

    La rancia virtud del masoquismo transformada en regla de cálculo. Otra vez. Resulta triste ver disfrazado de progresismo virtuoso (o incluso Ilustración, acabáramos) el mismo manual de tortura académica del neoliberalismo de siempre. Los que unos venden como cultura del esfuerzo o meritocracia (hay que joderse), el profesor Mestre lo transforma en latigazos para ser, por fin, libres (¿de verdad ha leído a Ferlosio?). Y de nuevo, la cutre referencia a la Filosofía como bálsamo de Fierabrás que igual arregla el "adoctrinamiento progre" que "la servidumbre capitalista". Es muy decepcionante leer un texto tan reaccionario en su sentido radical en un medio que presume y cultiva justo lo contrario (y que así siga). "La caverna" del título es la única expresión con tino en esta catarata de resentimiento. Qué malas que son las leyes con sus pedagogos incompetentes y qué buenos los maestros rectos de tiza y cartabón que, por supuesto, nada tienen que ver con la política (¿les suena?). Nietzsche (otro filósofo, y ya lo siento) lo llamaba la vía patológica del masoquismo en la cultura.

    Hace 2 meses 14 días

  2. vinadomingojordi

    Este artículo del profesor Mestre abunda en una tendencia crítica en auge: poner en duda la modernidad asociada a la llamada innovación pedagógica y a las leyes que afirman centrarse en las necesidades del alumnado no desde el conservadurismo escandalizado, sino desde una visión progresista. Efectivamente, el conservadurismo ideológico y la nostalgia de un supuesto pasado mejor en todo van de una mano (la mano derecha, en concreto), de igual manera que cierto progresismo y pensar la escuela como versión en miniatura de los males de la sociedad autoritaria y reaccionaria van de la otra (la izquierda que aplaude a Foucault). Pero no es tan sencillo. En realidad, y sin deshacer del todo el riesgo de caer en estereotipos, hablaríamos de un espacio con dos ejes de coordenadas: uno definido por la dicotomía “Conservadurismo / Progresismo” como visión general del mundo y otro por la de “a favor / en contra de la innovación”. Los cuatro cuadrantes resultantes estarían ocupados, dos por las ideas sobre educación conservadora o progresista puras ya descritas; los otros dos no son tan evidentes. Efectivamente, hay un sector que se está comiendo la porción más grande del pastel del debate pedagógico y que asocia la escuela “como hasta ahora” a inutilidad y baja eficiencia y aboga por todo tipo de propuestas que otorgarían al alumnado la capacidad de acceder a los pisos de arriba de la sociedad. Obviamente, nadie con un poco de sensatez puede encontrar esto malo, como tampoco nadie medio empático podrá criticar que las familias fomenten estas expectativas en sus criaturas. Pero como suele ocurrir, como en el brillo de Gatsby, hay mucha fealdad neoliberal detrás. El cuadrante que resta, el que ocuparía el artículo de Mestre, es quizá el más sorprendente para los progresistas que no están en el sector de la educación, tan sorprendente para ellos como lo es poco para las personas que laboran a pie de aula y que denuncian que muchas de las propuestas que se quieren ver a sí mismas como renovadoras lo que estarían procediendo es a un entrenamiento en destrezas útiles para el ser humano entendido como trabajador y, por tanto, embrutecedoras y estupidizantes para el espíritu. Seguramente, los del cuadrante “progresista para todo” estarán cargando sus trabucos con la acusación de rojipardismo pedagógico, por utilizar este término de moda en las escaramuzas entre grupos de izquierda. Qué va, es más complejo que eso. En realidad, como dice el artículo en una frase aparentemente inocua (“…como si el problema fuera ese”) el marco de la atención más todos los zooms del debate educativo están puestos en la metodología y los contenidos, cuando el problema, el gordo de verdad, es otro. No lo dicen solo los sociólogos especializados en educación, como el profesor Xavier Bonal, lo dice también un organismo que, si fuera rojo, aún sería más pardo: la OCDE, que avisa que estados de la educación como el español son una compra de todos los boletos para la rifa de la sociedad más inoperante desde el punto de vista de la productividad. Lo dicen, en suma, los que trabajan con datos: el problema de la educación, uno de los muchos pero el más amenazador, es la falta de equidad, es que en España el sistema y sus leyes, esas que empiezan per LO de Ley Orgánica, eternizan el abandono de un sector desamparado: el del alumnado que no cuenta con una red familiar que vele por su buen aprendizaje. Este abandono descarga el peso de este alumnado en manos de unos proyectos educativos que no les sacarán de pobres ni de los estadios bajos del aprendizaje, pero les dará un título para pasearse por las entrevistas de trabajo. Los que ya están en los escalones altos de la sociedad miran tranquilos hacia abajo, sabedores de que su educación y la de los suyos siempre será mejor (por no hablar de sus contactos); los gestores políticos de la izquierda centrada y algunos despistados de la de verdad se contentan con el lenitivo de que un titulillo para algo les habrá de servir, mejor que nada. Los que trabajamos en los guetos educativos, en los Centros de Máxima Complejidad y lo hemos hecho durante casi dos décadas lo sabemos: nada ha cambiado excepto lo que va detrás de la LO. Algún ayuntamiento es más sensible que otros, pero la geografía de los barrios y la “libertad de elección de centro” (pondría varios quilos de comillas a este concepto) son los que deciden el éxito. Sin embargo, este marco de debate educativo, el de la innovación o no, el de la escuela de antes o la que es buena para el individuo en tanto que trabajador o en tanto que ser humano, es el que mola a todo lo que va, en el espectro político, de la derecha extrema a la muy izquierda desorientada (interesantísimo que el espacio comunicativo reciente más exitoso de la izquierda en España, el podcast La Base, no haya dedicado ni uno solo de sus ya muchos episodios a la educación, si no estoy equivocado, y si lo estoy pido disculpas). Tanto es así que todos los gestores políticos que trabajan desde primera hora de la mañana con encuestas como quien empieza el día con el croissant calentito (González-Cambray en Catalunya, Díaz Ayuso en Madrid, por ejemplo) acostumbran a enviar sus zooms a temas espurios (González-Cambray con sus días de antes comenzar en septiembre y sus trampantojos sobre la digitalización del profesorado o la calidad del catalán del… profesorado, siempre el profesorado como pata que cojea) o se adueñan del desencanto de mucho profesorado (Díaz Ayuso y su generación de cristal, su cultura del esfuerzo, su mal hablar de alumnado que no se merece … ¿qué es lo que no se merece el alumnado malote en tanto que alumnado, señora Ayuso, qué propone usted a a cambio, galeras quizá, reconquistar el Sahara, Cuba y las Filipinas con carne de cañón?) Mucho ojo con Ayuso y el bravucón MAR que le pone las encuestas sobre la mesa con el café con leche, porque su discurso se parece tremendamente al del profesorado hastiado de alumnado que sabe muy poco y aprueba mucho: qué bueno es MAR yendo a pescar votos a caladeros en los que tradicionalmente nada pescaría. Enfocar estos asuntillos es garantía de éxito político y es fácil, digamos que está al nivel intelectual de los dos mentados políticos; organizar y cambiar lo que tiene que ver con amparar al desamparado, hablar como adulta a una sociedad para hacerle entender que ocuparse de todos los alumnos es una obligación moral personal y de país, aunque tus criaturas acaben compartiendo aula con gente con la que jamás te relacionarías es, en cambio, tarea de titanes, de políticos de verdad, de seres humanos con entidad. Gracias a artículos como el de Mestre, aunque no compartamos todo o se omitan cosas (el profesorado acomodaticio es también, ciertamente, una lacra, como lo es cierta universidad que acabará siendo, si no lo es ya, una burbuja económica que, como todas, un día reventará), quizá se desvíen los zooms y se reencuadre el tema de verdad: el de una sociedad que abandona a su alumnado desamparado educativamente a su suerte o que, como mucho, aplica una tirita de dibujos animados a esa tremenda hemorragia de talento desperdiciado que es la posibilidad de desarrollarse educativamente y no hacerlo.

    Hace 2 meses 27 días

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