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XOSÉ MANUEL PEREIRO / COORDINADOR Y EDITOR DE ‘CHAPAPOTE’

“La peor gestión del ‘Prestige’ fue la mediática, hubo un intento de engañar a la sociedad gallega”

Diego Delgado 13/11/2022

<p>De izquierda a derecha, Pereiro, Rivas, Lezcano, Taboada, Junquera, Hermida, Gonzo y Cedeira, durante la presentación del libro en Madrid. </p>

De izquierda a derecha, Pereiro, Rivas, Lezcano, Taboada, Junquera, Hermida, Gonzo y Cedeira, durante la presentación del libro en Madrid. 

M. A.

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El 13 de noviembre de 2002, un buque cargado con 77.000 toneladas de petróleo pide ayuda por radio al Centro de Salvamento de Finisterre: una grieta en el tanque 3 ha hecho que la embarcación se escore y hay riesgo de hundimiento.

Aquella llamada de emergencia desencadenó una serie de acontecimientos que terminan con el barco siendo arrastrado erráticamente de un lado a otro, mientras su negro contenido sale a borbotones del interior. Tras resistir unos 40.000 golpes de mar, el casco se partió por la mitad el 19 de noviembre, liberando lo que quedaba de fuel dentro de él. En total, se calcula que 63.000 toneladas de petróleo fueron expulsadas por el Prestige. Es uno de los mayores vertidos de la historia. El famoso Exxon Valdez derramó en 1989 una cantidad aproximada de 41.000 toneladas de crudo en Alaska. 

La contaminación del Prestigeafectó a unos 2.000 kilómetros de costa, con 745 playas bañadas por un vertido tóxico que causó estragos en los ecosistemas. SEO-BirdLife calculó que entre 115.000 y 230.000 ejemplares de aves murieron durante esos meses.

El pueblo gallego, abandonado por la irresponsabilidad política, respondió con una movilización que, según la Xunta, se tradujo en más de 324.000 acciones voluntarias, lo que supuso un ahorro al Estado de más de 353.000 jornadas de trabajo.

Dos décadas después de aquella catástrofe ambiental, charlamos con Xosé Manuel Pereiro, editor y coordinador de Chapapote (Libros del K.O.), que firman 12 escritores y periodistas gallegos, sobre aquel accidente que cambió el devenir político y la mentalidad de toda una sociedad, cuya revolución despertó la solidaridad más allá de las fronteras del Estado español y grabó a fuego en la memoria colectiva las palabras “chapapote” y “nunca máis”.

Chapapote se publica cuando se cumplen 20 años del accidente del Prestige. ¿Cómo ha sido la acogida del libro? ¿La gente recordaba las dimensiones de la catástrofe y de la negligencia gubernamental y mediática?

La gente de mi ámbito sí lo recordaba; no solo eso, lo había sufrido. Pero creo que todavía la gente en general no es consciente de lo que fue. Hay imágenes muy potentes que ahora salen de nuevo, pero no son conscientes de la magnitud de la chapuza en la gestión del asunto, ni de la magnitud de la conmoción que supuso, tanto en la sociedad gallega como en la española. En Galicia generó un movimiento social más amplio que el “No a la guerra”, porque fue más transversal. En las protestas participaba desde gente acérrima del PP hasta los que, digamos, están en todas las protestas. 

El tema de los voluntarios fue una movilización que, aunque podía tener elementos de turismo de catástrofe, mostró una generosidad sin límites, porque recoger chapapote era un trabajo ímprobo.

Según se ha ido acercando la fecha del aniversario, se ven cada vez más imágenes en los grandes medios de comunicación. Recordando la gestión mediática desastrosa que se hizo entonces, ¿cómo se está tratando ahora?

Curiosamente, la repercusión que estoy viendo no tiene tanto peso en Galicia como en el resto de España, y es algo que no entiendo mucho. En aquel entonces, la cuestión mediática en Galicia fue muy potente, entre otras cosas porque tenías el asunto delante de las narices. 

Ahora ves imágenes de cómo tres mil embarcaciones de todo tipo salen en las Rías Baixas a enfrentarse contra el chapapote antes de que llegue a la costa y es una cosa estremecedora. O señoras haciendo barreras con sus almohadas y con sus cojines. Es una imagen que recuerda a una guerra cuando la ves. 

La decisión de alejar el barco se tomó dos horas después del accidente, sin consulta técnica. Fue la ocurrencia de una persona

Yo creo que la peor gestión fue la mediática. Hubo un intento de engañar conscientemente a la sociedad gallega, entre otras cosas porque el mando se asumió rápidamente desde el Gobierno de Aznar y no se dejó meter la cuchara para nada al Gobierno gallego. La decisión, por ejemplo, de alejar el barco se tomó dos horas después de que se produjera el accidente. Quiero decir: se tomó sin ningún tipo de consulta técnica, fue la ocurrencia de una persona. A partir de ahí se construyó una mentira en la que el ministro decía que las playas estaban esplendorosas, algo que quizá podían creerse en Cuenca, pero no en Fisterra, Muxía o Coruña, donde lo normal era pensar “¿qué me está contando este señor de que las playas están bien, si me asomo a la ventana y veo lo que hay?”. Eso cuadra bastante con lo que era el tipo de Gobierno de Aznar, un gobierno supermacho en el que la realidad era lo que ellos decían y punto pelota.

Manuel Rivas habla en el libro de dos posibles silencios como respuesta a una catástrofe de las dimensiones del Prestige: el “silencio mudo” al que nos abocan el cansancio, la precariedad y la despolitización o el “silencio amigo”, el que “permite la escucha”. ¿Qué factores hicieron que, en noviembre de 2002, surgiera el inusual silencio amigo?

Yo creo que fue precisamente esa sensación de que nos estaban tomando el pelo, de que nos estaban diciendo que la hierba es azul. Fraga, que era un señor al que te encontrabas una vez de cada dos que salías a la calle, estuvo 12 días desaparecido, su gobierno exactamente lo mismo…

De pronto es una sociedad que se ve inerme, que se pregunta en qué manos está. Las únicas figuras que aparecen son un señor muy bien peinado que habla de corrientes, vientos y cosas de las que no sabe, o ministros que dicen que gracias a las autoridades se ha podido evitar una catástrofe, y lo hacen cinco horas después de que se hayan llenado de petróleo 190 kilómetros de costa. Entonces, la sensación es que te están tomando el pelo de una manera brutal. Si el 11M, en pocas horas, supuso el despertar de una sociedad ante una sospecha de que se estaba engañando, imagínate lo que es el despertar de una sociedad ante un engaño tan escandaloso. 

Lucía Taboada describe una rutina penosa, pero también excitante, durante los trabajos de limpieza. Algo muy similar ocurrió con el coronavirus en sus primeras semanas, afloró ese “silencio amigo”, pero todo quedó en nada. ¿Hay elementos diferenciales que hicieron que solo uno terminase en revolución?

Yo creo que hay una diferencia. Siempre digo que, si se produjera hoy el Prestige, con la polarización mediática que hay, veríamos medios diciendo “lo que usted está viendo no es chapapote, sino chocolate que se puede comer sin problema”, y habría gente que lo creería. Hace 20 años, los medios no estaban tan polarizados. Los medios estatales reaccionaron más o menos según sus líneas ideológicas, pero asumiendo lo que había. Unos decían que la culpa era del barco, otros otra cosa, pero los hechos no se discutieron, eran evidentes. En Galicia, más o menos todos los medios dieron, con todos los matices que se quiera, lo mejor porque ocurrieron esas circunstancias extrañas, que se producen cada mucho tiempo, en las que los periodistas tomamos un poco el mando. Las redacciones se convirtieron en centros de debate, y eso se notaba, había una competencia por la información porque el público la demandaba, no se la tenías que introducir a cucharadas, y eso estimula.

En el libro hay varias proyecciones de lo que significó, a futuro, el movimiento social. Desde frases como que “el espíritu del 15-M bebía” de la organización surgida del chapapote hasta afirmaciones como las que, citando a Enric Juliana o Julián Casanova, sitúan en esa época el momento en que “se jodió España” (con Irak y el 11M). ¿Se puede situar en el accidente del Prestige el origen de la deriva sociopolítica y mediática actual?

Al contrario. Hay un mito que hay que desterrar, y es que el PP volvió a ganar en Galicia a pesar del Prestige. Eso no es cierto. En las municipales, que fueron las primeras elecciones tras el accidente, el PP en España bajó medio punto a pesar de las protestas de la guerra de Irak, mientras que en Galicia bajó cuatro puntos. El PP perdió las siguientes elecciones autonómicas y a partir de ahí, además, el electorado gallego se dividió –y sigue dividido– en mitad y mitad. Desde entonces, la población más grande que gobierna el PP tiene 20.000 habitantes. En ese sentido sí que hubo una consecuencia social…

 El PP perdió las siguientes elecciones autonómicas. Desde entonces, la población más grande que gobierna tiene 20.000 habitantes

El hecho de que en Galicia no haya un solo concejal de Vox ni haya llegado a haber ninguno de UPyD, o por lo menos ninguno que acabara la legislatura, posiblemente tiene que ver con esto. 

Pero yo creo que no, en todo caso, el Prestige sí contribuyó a reforzar la idea en los poderes fácticos de que los medios de comunicación hay que tenerlos muy atados, eso sí. Pero es algo que no solo pasó en Galicia.

A diferencia del 15M, la reacción al Prestige no fue estrictamente política, sino que fue una reacción contra la sensación de ¿en qué manos estamos? Participaron votantes del PP, fue más transversal y, sobre todo, fue una reacción más nacional contra la gestión de Madrid, que era malísima y encima no nos dejaba hacer nada. Fue una reacción más de “tenemos un drama y nos están diciendo que aquí no pasa nada”. 

Lo que no está suficientemente valorado es que la gente de Muxía –1.000 habitantes–, por poner un ejemplo, atendió durante algunos fines de semana a 400 personas. Eso la gente del pueblo. Les dieron de comer y de dormir, consiguiendo la comida como en la guerra: yendo a las aldeas, unos daban patatas, otros daban cordero… Dar de comer a cientos de personas en base a la autoorganización popular es algo impresionante. Supone estar meses cocinando, haciendo bocadillos y limpiando a cientos de personas. 

Durante todo el libro se repite la idea de que existe un sentimiento de inferioridad en el pueblo gallego, y se dice que el voluntariado que vino de otras partes de España dignificó a la ciudadanía. 

El Prestige fue una auténtica inyección de autoestima a muchos niveles. La sensación de que no puedes dejar que te tomen el pelo se instaló. Aparte, de una manera muy necesaria porque el problema que había en Galicia para los puntos de vista progresistas es que aquí no hubo Guerra Civil, sino que desde el 1936 se persiguió sistemáticamente a todo el mundo que supiera leer y escribir o tuviera la intención de enseñar a leer y escribir a los demás. Eso hizo que el cuerpo social estuviera muy amedrentado.

No digo que el Prestige cambiara esa mentalidad, pero sí tuvo diferencias con otros acontecimientos similares. El Casón, por ejemplo, fue un caso de gestión ridícula que hizo que la gente pensara que aquello iba a ser Chernóbil. 50.000 personas evacuaron por sus medios. Pero el Casón no generó esa inyección de autoestima porque el sentimiento era que hicimos un poco el canelo evacuando, nos engañaron, pero nos engañamos también a nosotros mismos. El Prestige fue distinto, nos la metieron doblada por completo.

El nacionalismo gallego fue el caldo de cultivo que permitió el surgimiento de Nunca Máis. ¿La demonización de los nacionalismos tiene que ver con su capacidad para organizar a los pueblos?

Yo imagino que cada uno demoniza por donde puede. Hay un dato poco conocido que dice que el sindicato mayoritario en Galicia es la CIG, que no es solo nacionalista, sino antiimperialista y claramente de izquierdas. Y es el mayoritario. 

Como aquí no se puede demonizar por la sangre, no se puede demonizar por el tema del independentismo explícito… los poderes fácticos buscan demonizar a través del sindicalismo, porque saben que tiene mucha capacidad de movilización. No hay campañas específicas, pero sí una labor continua de menosprecio del nacionalismo, a pesar de que sea segunda o tercera fuerza. En concreto, a Nunca Máis se le acusó de que era una pantalla del BNG. La línea de choque que se intentó establecer desde Madrid, de una manera más burda, con Manos Limpias o la Fiscalía era: “Esto es una cosa de amigos de ETA”.

En el libro queda claro que a los involucrados en el desastre no les fue del todo mal, ¿qué nos dice eso sobre la impunidad de las élites?

El dueño del petróleo era Mijaíl Fridman, un ruso que nació en Kiev al que llaman Mijaíl “el sucio” y que ahora es el principal inversor de los supermercados Dia en España. Lo que tiene aún más gracia es que el armador era de la familia Coulothros, los mismos propietarios del Mar Egeo, que se estrelló diez años antes, que eso sí que es… 

Hay otros casos de impunidad: el primer oficial, Ireneo Maloto, no se presentó en el juicio, estaba buscado por la Interpol y lo ves en Facebook y está el tipo hecho todo un brazo de mar, mandando petroleros. Estuvo en el puerto de Cartagena hace nada.

El juicio sirvió para dilucidar quién pagaba todo esto, así de claro. Lo de la impunidad tiene gracia, sí. Sobre todo porque, de los implicados en el Prestige, menos a Cuiña, a todo el mundo le fue como dios. Trillo fue embajador en Londres; Letizia, reina; Mariano, presidente; Fernández de Mesa, director general de la Guardia Civil y ahora en Red Eléctrica… Menos Cascos y Matas, por sus malas cabezas, el resto salieron todos en canoa. 

El 13 de noviembre de 2002, un buque cargado con 77.000 toneladas de petróleo pide ayuda por radio al Centro de Salvamento de Finisterre: una grieta en el tanque 3 ha hecho que la embarcación se escore y hay riesgo de hundimiento.

Aquella llamada de emergencia desencadenó una serie...

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