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NEGRO SOBRE NEGRO VII

Marek Krajewski, la fascinación de lo repulsivo

Nuestro personaje será poco presentable, pero es una muestra de un tiempo y un lugar donde no había demasiados miramientos, y también de lo que quizá nos espere

Xosé Manuel Pereiro 18/12/2022

<p>Marek Krajewski, en un encuentro con el autor en Mediateka, Wrocław.</p>

Marek Krajewski, en un encuentro con el autor en Mediateka, Wrocław.

Rafal Komorowski (CC)

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Cuando todavía no acabamos de salir del pozo de si la obra artística se defiende por sí misma, o si influye la catadura moral de quien la creó, chapoteamos en el charco de si podemos apreciar a personajes no ya con los que nos podemos sentir más o menos identificados, si no que nos producen la misma grima que una tiza arañando la pizarra. Es lo que ocurre en el caso que nos ocupa. “El personaje de Eberhard Mock me resulta repulsivo: violento, cobarde, alcohólico y putero. Aunque el autor lo presente como respetuoso y cariñoso con las prostitutas no por ello deja de resultarme menos desagradable”. Alice Silver, autora del blog Mis detectives favorit@s, en el que recopila unos 400 protagonistas de novela negra, no oculta su desagrado con el personaje. Y eso que no cita otras facetas como la de maltratador y –aunque sea por omisión– asesino. Quizá el creador de Mock, Marek Krajewski, debería hacer como Romain Slocombe, que ha considerado necesario encabezar su novela El caso León Sadorski, sobre un policía colaboracionista en la Francia ocupada por los nazis, con la siguiente advertencia: “Ni el autor ni el editor se identifican con las opiniones expresadas por el personaje principal de este libro. Pero son el reflejo de su época, y también pueden presagiar las que nos esperan”. Nuestro personaje será poco presentable, pero es, desde luego, una buena muestra de un tiempo y un lugar donde no había demasiados miramientos, y quizá también de lo que puede que nos espere.

Eberhard Mock es el protagonista de una serie que consta de una docena de novelas, de las que solo han aparecido en castellano cuatro: dos en Alamut, con traducción de Fernando Otero Macías (Muerte en Breslau y Fin del mundo en Breslau), y las otras dos en RBA, en versión de Jerzy Slawomirski (Espectros en Breslau y Peste en Breslau). La acción transcurre, como habrán adivinado, en Breslau, en el período de entreguerras, cuando pertenecía al imperio alemán. Ahora forma parte de Polonia y se llama Wroclaw (en checo, Vratislav, en castellano, Breslavia). Está en esa zona de Centroeuropa que históricamente pertenece a Silesia, a Galitzia, quizás a Rutenia… y que en el último siglo y medio ha sido polaca, prusiana, austríaca, alemana, ucraniana y de nuevo polaca. Cada cambio de pasaporte solía ir acompañado de deportaciones masivas de los que hablaban distinto o iban a otra iglesia. En 1945 había 190.000 alemanes y 17.000 polacos. Después de los acuerdos de Yalta, los alemanes fueron expulsados y la ciudad repoblada por polacos, muchos de ellos procedentes de Lviv (en ucraniano, Lvov en ruso, Lwów en polaco, Lemberg en alemán, Leópolis en castellano), que había pasado a ser Ucrania.

Nuestro personaje será poco presentable, pero es una buena muestra de un tiempo y un lugar donde no había demasiados miramientos

Marek Krajewski ha tenido una vida bastante más apacible (o eso parece) que la de su tierra de origen. Nació allí, en Wroclaw, en 1966, de una familia precisamente originaria de Lviv, y cursó secundaria y estudió filología clásica en su universidad. Después de una etapa trabajando como bibliotecario, en 1999 se doctoró con una tesis titulada Prosodia de préstamos griegos en Plauto. A partir de ahí fue asistente, profesor asistente y profesor titular en el Instituto de Filología Clásica y Cultura Antigua de la Universidad de Wrocław. Una carrera metódica y progresiva que enorgullecería a cualquier madre. Pero el mismo año en que finalizaba la investigación de la prosodia de los préstamos que Plauto había tomado del griego, quizá como escape, quizá para resarcirse, echaba al mundo a Eberhard Mock.

Lo echó de forma un tanto extraña, porque el orden de publicación, no ya de las traducciones españolas, o inglesas, sino de los originales polacos, no se corresponde con la cronología ni del protagonista ni de las historias (los apartados de cada novela están datados con hora y año). Eberhard Mock es un funcionario del Presidium de la Policía de Breslau, pero su andadura profesional y vital empieza en el tercer libro, Espectros, que transcurre en 1919, cuando el protagonista, recuperado de sus heridas de guerra (de borrachera, no de balas), es un mero asistente en la Brigada Antivicio. Le toca investigar la muerte de cuatro marineros porque el hecho de que aparezcan con unos taparrabos de cuero hace sospechar que sean homosexuales. Profesional y personalmente, está en el último escalón. Vive con su padre y es incapaz de establecer relaciones con nadie, mucho menos con una mujer. “Por enésima vez en su monótona vida, que transcurría entre recuentos de prostitutas, delirios alcohólicos y esfuerzos sobrehumanos por no faltarle al respeto a su padre, Mock se percató de que en cada mujer veía una pelandusca. Pero no fue esto lo que más le asustó”. Lo único que le calma (en esta y en las demás novelas) es recitar poemas latinos, como los veinte primeros versos de la Eneida, “pero cada vez que llegaba al fragmento sobre Cartago tenía que volver al inicio de la epopeya: Arma virumque cano. La regularidad de los hexámetros latinos puso un poco de orden en su cerebro”.

El orden de publicación de los originales polacos no se corresponde con la cronología ni del protagonista ni de las historias

Peste en Breslau –el último libro editado en castellano– pasa en 1923, y nuestro hombre ha logrado ser trasladado a homicidios, pero en apenas unas páginas está, dada su afición al trago y al exabrupto, de vuelta en antivicio, al frente de la investigación del asesinato de dos prostitutas por el que acabarán deteniéndole. Fin del mundo en Breslau –el segundo en aparecer– acontece en 1927 y Mock parece haberlo conseguido. No solo está como número dos en la Brigada Criminal, sino que está casado con Sophie, una pianista famosa de origen aristocrático. Esta es la novela en la que es más patente la influencia de los folletines del XIX, por la descripción de la alta sociedad centroeuropea de entreguerras y sus entretenimientos con las drogas o el espiritismo, y porque no escasean los asesinatos truculentos. Les ahorro el fragmento correspondiente.

Finalmente (al menos para los lectores en castellano), Muerte transcurre en 1934, con el consejero (comisario) Mock en el podio profesional, teniéndoselas que ver con unos recién llegados que vienen arrollando, la Gestapo y las SS. Nuestro desagradable personaje siempre ha tenido recursos para sacarse muertos de encima (“le vino a la cabeza una idea genial: el suicidio del asesino en su celda y su entierro inmediato”, planea en una ocasión. “‘¡Si no encuentro a ese canalla, ya me lo inventaré!’. Sin reparar en el asombro del camarero, Mock se quedó pensativo: ante sus ojos empezaron a desfilar los rostros de los candidatos a asesino. Anotó febrilmente algunos nombres en una servilleta”, concluye en otra). Pero los nuevos enviados desde Berlín están ya a otro nivel. En Muerte, un agente de la Gestapo le cuenta su sistema: “Mandé traer a su hija. Eso funcionó. Al instante se tranquilizó y confesó su culpa. Eso es todo. Pobre chica... Sí, tuve que entregársela a Piontek... La ha vuelto adicta a la morfina y la ha metido en la cama de algunos peces gordos”.

¿Cómo justificamos nuestra atracción –aunque sea la mínima para no arrojar el libro por la ventana– con un tipo así? Sophie, la esposa engañada y maltratada, tiene sus razones: “Los golpes espirituales son los peores, los más crueles y los más dolorosos. Pero también sabes, querida amiga, que no puedo vivir sin él, sin su amargura, sin su cinismo, su energía plebeya, su lirismo y su desesperación. Si me faltara todo eso, no tendría motivos para vivir”, le escribe a su confidente en Fin del mundo. Para los que no somos Sophie, quizás lo que nos atrae es la capacidad de Krajewski para situarnos en un mundo que consideramos muy lejano. “Contables con los mandiles comidos por las polillas, leyendo El capital de Marx sin enterarse de nada. Después, en salas llenas de humo, atestadas de parados coléricos cuyos hijos tuberculosos tenían, por toda distracción, un sacudidor de alfombras en el patio, se dedicaban a repetir eslóganes furibundos a alcohólicos con sífilis sin tratar y a rateros que con la calderilla robada compraban los favores de las princesas tísicas de la noche, cuya higiene se reducía a una palangana de latón y un orinal abollado”, describe en esa misma novela el ambiente en las barriadas obreras.

El pasado prusiano-alemán de muchos de los territorios no es que fuese recordado en la Polonia actual, ni con nostalgia ni de otra forma. Recuperarlo fue un trabajo más de exhumación que de investigación. “Prácticamente me mudé a la biblioteca de la Universidad de Wroclaw. Me encanta hojear libros antiguos, discos, monografías históricas y libros de direcciones. Leí viejos periódicos alemanes de los años 20 y 30. Esto me permite captar el sabor de la época”, declaró a Deutsche Welle, la emisora internacional de la radio pública alemana en 2009, cuando sus libros empezaron a volar internacionalmente. Pero el atractivo de las novelas de Mock no es solo la recreación histórica. Krajewski nos permite introducirnos, por ejemplo, en la mente de un hombre que ha apostado todo, incluida su mujer, en un casino, mientras mira la jugada: “Von Finckl apretó los párpados y en un mismo pensamiento desencadenó una serie de asociaciones. Ocho niños en la habitación húmeda del sastre Finkielsztejn, de Bendzin, que cosía caftanes para la chusma; un padre tuberculoso e impulsivo, una madre menuda y hacendosa con una peluca torcida; un par de cabras apestosas que pasaban el invierno con los miembros de la familia”.

No puedo contarles más sobre la historia personal y/o profesional de Mock que se desarrolla en los otros ocho libros de la serie. Solamente que falleció en 1960 en New York. No es ningún spoiler. Lo cuenta a modo de flashforward en un par de novelas. Y también que, para huir del acoso profesional de las SS y la Gestapo, logró que lo admitiesen en la organización rival, la Abwehr, la inteligencia militar alemana. Posteriormente, recaló en la Stasi. Y de ahí a la CIA (y a los EUA). Como sabemos, no fue una trayectoria tan rara como puede parecer.

Cuando todavía no acabamos de salir del pozo de si la obra artística se defiende por sí misma, o si influye la catadura moral de quien la creó, chapoteamos en el charco de si podemos apreciar a personajes no ya con los que nos podemos sentir más o menos identificados, si no que nos producen la misma grima que una...

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Autor >

Xosé Manuel Pereiro

Es periodista y codirector de 'Luzes'. Tiene una banda de rock y ha publicado los libros 'Si, home si', 'Prestige. Tal como fuimos' y 'Diario de un repugnante'. Favores por los que se anticipan gracias

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