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Negro sobre negro IX

Francisco González Ledesma: los misterios de Barcelona

Un escritor clandestino de bestsellers y un rojo que escogió como héroe a un policía franquista

Xosé Manuel Pereiro 15/01/2023

<p>Francisco González Ledesma, en el año 2009.</p>

Francisco González Ledesma, en el año 2009.

CC

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¿Se imaginan que la obra de Juan Marsé –o la mayoría, o la más conocida– fuesen novelas negras? ¿O que la serie que inició El misterio de la cripta embrujada, de Eduardo Mendoza, cambiara algo de humor por visos de realidad? En ambos casos, o si situásemos al Raymond Chandler más nostálgico en el barrio chino de Barcelona, el resultado sería Francisco González Ledesma. O al menos su faceta literaria más conocida, las novelas del inspector Méndez. Porque tuvo otras, pero también la mala suerte de empezar su carrera como escritor en una dictadura.

La novela negra se nutre de la literatura popular. En Europa, en concreto, de la que empezó con la etiqueta de social, se editaba en folletines y acabó conquistando el estatus de clásica, como los casos de Dickens, Dumas, Dostoievski o Victor Hugo (a los tres últimos, por cierto, los cita Ledesma como autores de cabecera). En los EUA, lo hizo de aquella que nació en las publicaciones pulp y, en cierto modo, pugna todavía por sacudirse el barro. En España, el golpe de Estado encabezado por Franco acabó con cualquier veleidad de literatura social, aunque estuviera disfrazada de costumbrista. Sí permitió las publicaciones populares, siempre que transcurriesen fuera. Preferentemente en Estados Unidos y más concretamente en el oeste del país.

La censura franquista consideró que no se podía publicar un libro de un autor “rojo” y “pornógrafo”

González Ledesma nació en el Poble Sec en 1927, y no había cumplido los doce años cuando, aterrorizado y de la mano de su madre, vio entrar a las tropas moras de Franco en la ciudad. Hijo de mozo de almacén y de modista, aprovechó como pudo las oportunidades de formarse, y muy joven empezó a merodear por la Editorial Bruguera, colocando guiones de historietas. A los 21 años, terminó su primera novela, Sombras viejas, con la que ganó el Premio Internacional de Novela instituido por el editor Josep Janés. En el jurado estaba Somerset Maugham, que según contó Ledesma en varias ocasiones le comentó que la obra le había entusiasmado. Lamentablemente, la opinión del jurado y del editor no tenía peso alguno al lado de la de la censura, que consideró que no se podía publicar un libro de un autor “rojo” –“por su origen”– y “pornógrafo”, porque un personaje le tocaba una pierna a una chica.

Si gustan de las curiosidades, en el controvertido y un tanto disparatado Diccionario Biográfico de la Real Academia de Historia se asegura que la no publicación fue “probablemente por motivos económicos”. (Los problemas debieron persistir hasta 2007, en que fue editada por Destino). El Diccionario arroja más luz, de índole psicológica, sobre el autor: “Tenía una manía [sic], quejarse de haber sido represaliado sistemáticamente por la censura en tiempo del franquismo, algo que le hacía alterar sus relatos o que le impedía la publicación, aunque eso parece bastante alejado de la realidad”. Manía o realidad, su segunda novela, Los Napoleones (1964), tampoco vio la luz hasta 1977.

Alternando manías, escrituras infecundas y guiones de historietas, logró terminar la carrera de Derecho. Entró como pasante en el prestigioso bufete Serrahima y poco después trabajó para Bruguera en dos campos: en el de la abogacía, gestionando las relaciones de la empresa con los autores, y como autor de aquellas novelas que no tenían problemas con la censura porque transcurrían en los escenarios remotos del Western. La primera que publicó, Mano muerta, fue con el pseudónimo de Silver Kane, que era el que le había dado al protagonista de una novela policiaca que no pasó de borrador. Desde aquella, en 1952, y hasta mediados de los años 80 del pasado siglo, escribió unas 400 novelas (la Wikipedia le atribuye un millar). Más o menos una por semana. Sus hijos, los periodistas Enric y Victoria, lo recuerdan en la mesa del comedor tecleando en su máquina de escribir, sin más preparación que “un folio con una lista de personajes y los esbozos de sus relaciones. Tampoco hablaba de lo que escribía: sólo notabas que, de golpe, estaba como ausente y no te escuchaba, y eso era señal de que pensaba en ellas”, recordaba Victoria en El País en 2017. En un monográfico que le dedicó la revista Prótesis en 2006, aseguraban que, de entrada, Ledesma cobraba 1.500 pesetas (mucho más que los diez euros y pico que serían ahora al cambio) por título, que se pagaban en dos plazos, aunque el precio llegó a las 14.000. También escribió, con distintos pseudónimos –Rosa Alcaraz, Taylor Nummy, Silvia Valdemar, Fernando Robles– medio centenar de novelas románticas. Además de libros sobre deportes y novelas “serias”.

Con todo, ganaba más como abogado. Pero, como le confesó en su día a Sergi Pamies, “como abogado, me tocó defender a gente que no merecía estar fuera de la cárcel. El escritor, en cambio, puede aplicar un tipo de justicia más perfecta”. Tampoco le gustaba presionar a los autores. “Un día le dije a Bruguera, un empresario implacable, que quería poder levantarme y mirarme al espejo. Se enfadó y me fui sin cinco. Me dio un certificado y un mechero de oro, y yo no fumaba”. Le gustaba el periodismo desde que, de niño, un tío le había llevado a ver La Vanguardia. Era 1966 y con la Ley Fraga ya no había que jurar los Principios del Movimiento para trabajar en un periódico. Entró como redactor eventual en El Correo Catalán y pasó de ganar cerca de un millón de pesetas a 5.000. Durante un tiempo hizo cosas de abogado por la mañana, iba al periódico por la tarde, y de noche tecleaba novelas. Obras que entusiasmaban a autores como el chileno-parisino Alejandro Jodorowski: “Están muy bien escritas, entretienen a rabiar, son crueles, supermachistas, inteligentes, embebidas en un surrealista sentido del humor, siempre diferentes las unas de las otras. Es tan anarquista su contenido que me parece un milagro que Franco no haya mandado fusilar a Kane”, comentaba en Prótesis.

Desde 1952 hasta mediados de los años 80 del pasado siglo, escribió unas 400 novelas

Como periodista, González Ledesma fue redactor jefe de El Correo Catalán. “La vieja redacción de El Correo Catalán, la más romántica y sucia de Barcelona, que entonces estaba en un sótano de la Rambla, entrando por un costado del hotel Montecarlo que, debidamente desinfectado, aún existe. Lo primero que encontrabas, en la pequeña sala de recepción, era una tubería del techo que goteaba un líquido inclasificable, sin duda la orina de los turistas”, describe en sus memorias Historias de mis calles. Lo fue después también en La Vanguardia, pero como autor literario a cara descubierta se reveló en 1983 (para lectores jóvenes: Franco murió en 1975) con Expediente Barcelona.

Es el primer título de la serie Méndez, y aunque en ella el policía es un personaje secundario, ya aparece en todo su esplendor: “El Méndez, policía de la calle Nueva, de la calle Unión, de la calle Lancaster, de la calle Arrepentidas, perseguidor de maricas, untador de confidentes, hostiador de nazarenos, le torció un dedo con tanta rabia que por poco se lo salta allí mismo, delante de la pantalla del Arnau, donde en aquel momento aparecía el Bruce Lee pegando gritos”. Es decir, un policía formado en el franquismo, excesivamente proclive a recrearse en las mujeres –aunque en toda la serie ni roce a ninguna–, muy alejado de los investigadores e investigaciones de clase media que constituyen el actual panorama policial en España. Expediente lo publicó en España la editorial Prometeo, pero en Francia fue Gallimard. A partir de entonces, Ledesma fue un autor mucho más conocido en el país vecino, y sus libros veían la luz allí antes.

El año siguiente, 1984, publicó dos libros. Las calles de nuestros padres y Crónica sentimental en rojo. El segundo fue Premio Planeta: “Para conseguirlo ha invertido más de 30 años de su vida, durante los que la satisfacción de ser escritor ha sido un vicio solitario y casi secreto. Yo me alegro por el compañero y por la literatura, por todas las literaturas que González Ledesma les quitó a los dioses para dárselas a los hombres”, lo celebró Vázquez Montalbán. Dos libros cuyos títulos definen el carácter de toda la serie. Porque los protagonistas de las 11 novelas de Méndez son las calles del Distrito Quinto, el Barrio Chino (Ledesma no soportaba que le llamasen Raval), hábitat natural del policía, que está convencido de que salir al campo es un riesgo para su salud. “Méndez se asomó al balcón para contemplar el paisaje urbano. El paisaje consistía en una sola y virtuosa calle que llevaba en línea recta desde las amamantadoras de ladillas de la rue de las Tapias a los grifotas de la Plaza Real, pero esa versión de la calle Nueva no convencía a Méndez; era una versión municipal y vituperable, digna, en definitiva, del cerebro de un alcalde. Para Méndez era el último refugio, pero refugio al fin, era la historia de todo un siglo que ya se moría”.

Los protagonistas de las 11 novelas de Méndez son las calles del Distrito Quinto, el Barrio Chino, hábitat natural del policía

Las calles y las casas. “Allí, los edificios modestos habían nacido a la sombra de las chimeneas de las fábricas, y en ellos habían encontrado albergue los obreros que todas las mañanas despertaban al toque de la sirena; habían encontrado albergue y también esposa, e hijos que creían en el progreso, así como suegra que creía en su hija” (No hay que morir). “Las viviendas del Distrito Quinto, con su cocinita, su camita y su retretito, todo en la misma habitación” (Crónica sentimental). “Entendió lo que significan un pasillo, una sola habitación estrecha, un retrete donde no cabes, un cuadro que dejó colgado mamá y un vecino que siempre se está muriendo al otro lado de la puerta”  (Peores maneras de morir). Y por supuesto, los bares. Los recorre y los describe. Las calles, las casas y la pobre gente que vive en ellas. Sobrevivientes de la derrota en las primeras novelas, inmigrantes en las últimas. “Todas las que se anuncian son chinas, tailandesas y travestis brasileños. Si yo fuera hombre, añoraría a las entrañables matronas gallegas que una vez en la cama te enseñaban las fotos de sus hijos y te decían que el mayor iba para médico de urgencias” (No hay que morir). Una web realizada por una biblioteca de Hospitalet reúne –además de unas quinientas referencias de prensa– todas las calles, bares y rincones que aparecen en sus novelas, extintos y sobrevivientes.

La otra protagonista es la dignidad. La del viejo policía franquista que perseguía comunistas y después les llevaba periódicos, tabaco y recados, que perdona –como el propio autor– muchos delitos, excepto las violaciones y aquellos en los que son víctimas los niños, y que muchas veces obvia la ley para que no triunfe la injusticia. La dignidad de los aplastados, a pesar de que les han fallado hasta los ideales. “Debía luchar para que los adolescentes no tuvieran que nutrirse de domingos muertos sin más compañía interesante que la de su propio pene; para que la gente no tuviera marcado su destino y no debiera venderse desde el día de nacer; para que nuestra vida no fuera necesariamente una sucesión de mentiras que nos resultan útiles” (Expediente). En varias ocasiones y de diversas formas, el Ledesma más pesimista concluye que los que murieron en las barricadas al menos lo hicieron pensando que vendría un mundo mejor. La parte optimista le hace decir que lo que queda en las canciones no acaba de morir.

Francisco González Ledesma murió en Barcelona en 2015, dos años después de haber sufrido un ictus cerebral que le mantuvo postrado. Su hija Victoria, que en 2017 publicó una precuela de la serie, Llámame Méndez, le ayudó a finalizar la novela número 11, Peores formas de morir. Ocho años antes, se había inventado otro heterónimo, Enrique Moriel, para publicar La ciudad sin tiempo. En un mes, vendió 60.000 ejemplares, antes de descubrirse su autoría real. Ledesma le desmintió a Elena Pita en El Mundo que fuese una maniobra publicitaria: “Soy un obrero de la pluma; no soy un autor tan famoso como para que se monten tinglados publicitarios a mi alrededor…”. Le traicionó el estilo y su pasión por la ciudad. “Barcelona es como mi madre: lo sé todo de ella”.

¿Se imaginan que la obra de Juan Marsé –o la mayoría, o la más conocida– fuesen novelas negras? ¿O que la serie que inició El misterio de la cripta embrujada, de Eduardo Mendoza, cambiara algo de humor por visos de realidad? En ambos casos, o si situásemos al Raymond Chandler más nostálgico en el barrio...

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Autor >

Xosé Manuel Pereiro

Es periodista y codirector de 'Luzes'. Tiene una banda de rock y ha publicado los libros 'Si, home si', 'Prestige. Tal como fuimos' y 'Diario de un repugnante'. Favores por los que se anticipan gracias

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