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TIRANDO DEL HILO, X

Pobres solitarias

Leyendo a Vivian Gornick, Celia Paul y Elif Batuman, con Anne Sexton de fondo

Carmen G. de la Cueva 21/01/2023

<p>La lectora, de Federico Faruffini</p>

La lectora, de Federico Faruffini

Wikimedia Commons

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El otro día pensaba en un poema de Anne Sexton del que me he acordado mucho este último año, unos versos que en mi cabeza suenan con una melodía pegadiza y potente y dicen así: “He salido al mundo, una bruja poseída, / rondando el aire negro, más valiente por ello; / soñando el mal, he sobrevolado / las casas planas, de luz en luz: / pobre solitaria, con mis doce dedos, enajenada. / Una mujer así no es una mujer, lo sé. / Yo he sido una de esas”. Es como una cancioncilla que me reconcilia conmigo misma, con mi voluntad de estar sola, con mi defensa de la soledad como un estado propicio para la creación y la calma. Todo lo sola que puede estar una madre con un niño de cuatro años. Yo soy una de esas, una pobre solitaria, enajenada en mi cuarto propio, con mis libros y mis cuadernos y mis jarroncitos de margaritas blancas y margaritas lilas con los pajarillos al otro lado de la ventana trinando. 

Como los libros son pequeños espejitos en los que mirarnos y vernos, encuentro a pobres solitarias por todas partes

Sucede que, como los libros son pequeños espejitos en los que mirarnos y vernos, encuentro a pobres solitarias por todas partes. Artistas que han salido al mundo, para los demás, brujas poseídas. Ya lo dicen por ahí: una mujer así no es una mujer. En mis últimos catorce meses de soltería, he tenido que oír más de diez veces aquello de “ya verás cuando te vuelvas a enamorar” o “mujer, que eres muy joven para renunciar al amor” o “¿y no te sientes sola?”. Es difícil sentirse sola criando; es decir, la crianza en soledad es una lucha cotidiana, pero un hijo es una gran compañía: nunca hay silencio ni descanso. Por eso, los días en que, como hoy, mi hijo está con su padre, yo soy una de esas. En este tiempo de soledad tan deseada, he leído algunos libros que me hablaban directamente a mí, libros sobre la necesidad de construir una vida interior que sea como una fortaleza y que vaya siempre con una, pase lo que pase. Si los muros son firmes y robustos, el deseo de crear no se quebrará. 

Nos han hablado tanto del amor, nos han empujado tanto al romance, a la entrega a los otros, que la vida, como decía Martín Gaite, era como un borrador que nunca daba tiempo a pasar a limpio. Hasta que no encontrásemos el amor, hasta que no apareciera esa persona ideal, perfecta, adecuada para nosotras, no se produciría la magia y comenzaría la vida de verdad, la nuestra, la existencia verdadera. De eso nos han convencido los libros, las películas, las series, los cuentos y cada una de las personas de nuestro entorno. Por eso es refrescante leer libros que buscan hacernos reflexionar sobre el estereotipo desde otro lugar; porque, aunque pensemos que es una cosa de otro siglo, el amor romántico rige nuestras vidas, nuestras relaciones, y tiene mucho que ver con todas las mujeres que son asesinadas cada año a manos de sus parejas o exparejas. 

Aunque pensemos que es una cosa de otro siglo, el amor romántico rige nuestras vidas

Uno de esos libros fue escrito por Vivian Gornick en 1997, pero acaba de ser traducido por Julia Osuna en Sexto Piso: El fin de la novela de amor. A lo largo de apenas ciento cincuenta páginas, Gornick analiza algunas novelas que tienen como centro de la trama el amor, desde Diana of the Crossways de George Meredith hasta El año del desconsuelo de Jane Smiley. Siento que Gornick es un poco mi alma gemela, me fascinan su agudeza, su honestidad, su falta de pudor. Entre ensayo y ensayo, va desentrañando su propia educación sentimental, como cuando cuenta que, en la época en la que ella se crió, el mundo entero creía en el amor. Gornick vivía en el Bronx, un barrio obrero de Nueva York, y confiesa que, por muy pequeñas y timoratas que fueran sus vidas, en la vida real, la que la esperaba ahí afuera, “el sentir era que el amor no solo habría de buscarse, sino que se alcanzaría; y una vez alcanzado, transformaría la existencia; crearía una prosa rica, profunda y con matices a partir de los informes corrientes de la vida diaria”. Es decir, el amor como instrumento para darle sentido a la propia existencia. El fin de la novela de amor es un libro sobre la soledad y la consciencia de que “en realidad el amor, pese a toda la insistencia que podamos poner en los sentimientos, no nos va a resolver la papeleta. Para bien o para mal, ese esfuerzo es solitario, más afín al acto de hacer arte que al de hacer familia. El amor, por lo demás, teme la soledad, la rehúye completamente”. 

El deseo de estar sola es lo único que garantiza la escritura y la creación

Esa idea, la de que el amor teme a la soledad, que la rehúye, es tan cierta que los vellos se me ponen de punta con solo leerla. A veces, pienso que es una suerte amar tanto la lectura, vivir en los libros; es una manera de sentirse acompañada, auxiliada: leo, no estoy sola y, al mismo tiempo, hay libros que reafirman mi idea de que el deseo de estar sola es lo único que garantiza la escritura y la creación. Los libros son el material de los muros de mi fortaleza. 

A Gornick la llevo leyendo años, desde que se tradujo Apegos feroces; siempre espero cosas buenas cuando la leo, pequeñas descargas eléctricas, pero, ¿qué sucede cuando esas descargas son provocadas por la prosa de una pintora que acabo de conocer? Si el año pasado hubo un libro que me removió, un libro que sigue en mi escritorio y seguirá por mucho tiempo, es Aurorretrato de Celia Paul (Chai Editora, 2021), traducido por Esther Cross. Celia Paul es una artista pictórica inglesa nacida en 1959 y que nunca antes había publicado. Y, de repente, las páginas de su autorretrato son tan hermosas, honestas, que cuesta desprenderse de ellas. Celia Paul habla a todas esas mujeres artistas que están todavía pensándose si este novio nuevo, si este marido que tienen las apoyará en su carrera. Es clara, cristalina, política en una entrevista que le hizo Begoña Gómez Urzaiz en La Vanguardia: “La elección entre amor y arte puede ser dura para las mujeres artistas. Habitualmente, hay que escoger la soltería para poder dedicarse al arte. A menudo envidio a los artistas hombres que tienen esposas o parejas que les apoyan. Quizá es distinto para las más jóvenes, pero las de mi generación teníamos que escoger la soledad y esto se vuelve más complejo si tienes un hijo. El hecho de cuidar a alguien, ser responsable de otra persona, choca fundamentalmente con el acto de crear arte. En mi propia vida, he tenido que poner límites estrictos para poder preservar mi territorio”. De nuevo, la vida interior, la fortaleza como capacidad de resistencia y como territorio propio. 

El libro de Paul es una breve autobiografía en la que repasa su vida desde la infancia hasta la madurez, todo pasado por el filtro de la creación artística. Confiesa, por ejemplo, que se convirtió en artista por la belleza de los paisajes donde vivía con su familia –la costa de Exmoor en Devon–, y también por la falta de privacidad. Nunca podía estar sola. Primero, en su propia casa –eran cinco hermanas–, y, más tarde, en el internado al que la enviaron a estudiar. La pintura se convirtió en su manera de preservar su vida interior y mantenerla bajo control. Cuando siendo apenas una adolescente llegó a la escuela Slade de Londres a estudiar pintura, se topó con un Lucian Freud de 55 años, y él la convirtió en su musa. Es fascinante asistir a la obsesión amorosa de la propia Paul, a su entrega, a esa pura pasión al estilo ernauxiano: solo existe la espera del ser amado, el deseo como modo de vida. Y también ver la manera en la que Freud la manipulaba, cómo no iba a hacerlo: él era ya un artista respetado y ella estaba empezando a escuchar su propia voz. Cuando él murió, a Celia Paul solo se la nombraba en los artículos como la “musa” de Lucian Freud. Aquello supuso un impulso para escribir sobre su relación con él, contarla como sujeto, no como objeto de deseo. 

Nos preparan para caer en las redes del amor romántico y, no por ser más lectoras ni más intelectuales, el golpe será más llevadero

El libro es más que eso, mucho más. Me gustaron especialmente los fragmentos que dedica a la maternidad y la creación. Siendo veinteañera, Paul se quedó embarazada de Freud y tuvo un bebé, Frank. Cuando el niño nació, ella quiso dejarlo todo por él: “Me gustaría que la marea poderosa del amor maternal me arrastrara y me llevara. Me gustaría que mis ambiciones y mis deseos se ahogaran conmigo. Pero al mismo tiempo hay un instinto que se opone; yo también tengo que salvarme. Tengo que pensar en mi pintura, en todo lo que he logrado y lo que espero lograr”. La madre de Paul cuidaba de su bebé entre semana en Cambridge mientras ella trabajaba, pintaba incansable en su estudio londinense. Los fines de semana los pasaban juntos. Celia Paul y Lucian Freud se separaron pocos años después de que naciera Frank. Ella cuenta que fue como si en el momento en que se hizo madre, un vacío comenzara a abrirse entre ambos: “Algo había cambiado en mí. Me sentía más fuerte y más segura desde que era madre. Empezaba a entenderme mejor”.

A mis 37 años, me veo repasando mi adolescencia, las veces que yo misma destruí los muros de mi fortaleza, todavía frágil e inestable, para salir con un chico, y con otro, y con otro más, llevada por el deseo de ser amada y por el deseo de aprobación y validación ajena, como le pasa a Selin, la protagonista de O lo uno o lo otro (2022), la novela de Elif Batuman traducida por Mauricio Bach que retoma las andanzas de una muchacha universitaria iniciadas en La idiota (Penguin Random House, 2019). Adoro la escritura de Batuman desde que la descubrí en su ensayo sobre novela rusa Los poseídos (Seix Barral, 2011). Es inteligente, mordaz, llena de referencias literarias, canciones, y vivencias parecidas a la de cualquier mujer nacida en los 80 que fue a la universidad. Ambas novelas son un ejercicio de búsqueda: quién es Selin, parece preguntarse todo el rato. Ella lee, estudia, habla idiomas, se entrega a la vida y a las experiencias con la vocación de que llegue ese momento del que hablaba Gornick: la vida real, la vida que se supone que debemos vivir, no todos esos borradores. Es esta novela un buenísimo ejemplo de cómo a todas las mujeres nos preparan para caer en las redes del amor romántico y, no por ser más lectoras ni más intelectuales, el golpe será más llevadero. 

Los libros son lo único que parece salvarla, el lugar más propicio para ser una misma. Selin quiere ser escritora y no sabe cómo, su fortaleza está llena de huecos y agujeros, todavía vive más fuera que dentro porque eso es lo que le han dicho que tiene que hacer: encajar, ser para los otros. Pero las novelas la hacen pensar, la hacen querer ser otra cosa. El final es tan sencillo como épico: arrastrada por la trama de Retrato de una dama de Henry James, se da cuenta de que, por mucho que hiciera la protagonista, Isabel, nunca llegaría a escribir un libro. Los escritores se empeñaban todo el rato en mostrar a las mujeres de sus libros, a sus protagonistas, como superficiales –Emma Bovary– o culpables –Anna Karenina– con tal de ganarse un nombre para la posteridad. Mujeres que parecen preguntarse todo el rato: ¿cómo es estar sola? Así la resolución que toma Selin parece la más natural del mundo, los libros no le decían cómo podía ser escritora pero ella sabía que “no era ni boba ni superficial, y además vivía en el futuro. Nadie me iba a engatusar para que me casara con un perdedor, e incluso si lo hicieran, escribiría yo misma el maldito libro”. 

Oscurece ahí afuera, los pájaros ya no trinan, mi hijo llegará a casa de un momento a otro. Aquí escribe una pobre solitaria, dueña de su vida hasta donde pueda serlo, al menos, y con un deseo feroz de estar sola. Suena la cancioncilla de Sexton: “He salido al mundo, una bruja poseída, / rondando el aire negro, más valiente por ello; / soñando el mal, he sobrevolado / las casas planas, de luz en luz: / pobre solitaria, con mis doce dedos, enajenada. / Una mujer así no es una mujer, lo sé. / Yo he sido una de esas”…

El otro día pensaba en un poema de Anne Sexton del que me he acordado mucho este último año, unos versos que en mi cabeza suenan con una melodía pegadiza y potente y dicen así: “He salido al mundo, una bruja poseída, / rondando el aire negro, más valiente por ello; / soñando el mal, he sobrevolado / las casas...

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Autora >

Carmen G. de la Cueva

Periodista, escritora y editora. Ha publicado varios libros y fue directora de la editorial feminista La señora Dalloway.

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