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HOMEOPATÍAS

Nube

La meteorología recoge los cambios de humor –y las meditaciones fluctuantes– de un dios desconocido: de una naturaleza que podemos quizás trastornar, sí, pero nunca controlar ni derrotar

Santiago Alba Rico 21/01/2023

<p>Nubes.</p>

Nubes.

Guzmán Lozano

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Ciro Gonasti, extravagante escritor italiano, católico atormentado y amigo de Pasolini, escribió dos cuentos titulados Las nubes, el primero en 1945, apenas terminada la guerra; el segundo en 1956, la víspera de su boda. Los dos, concebidos como relatos infantiles, tienen el mismo argumento. El primero cuenta lo que ocurrió después de la ficticia batalla de Verona, datada en 1352: cuando los vencedores quisieron enterrar a los muertos, estos habían desaparecido. No se habían convertido en caminantes blancos ni habían sido secuestrados por los infames ladrones de cadáveres. Literalmente se habían derretido en su propia sangre y se habían evaporado en una voluta de vapor rojo, que muchos habían visto ascender hasta el cielo en columnas de humo convergentes. Allí arriba, pues, se formaron nubes, cada vez más numerosas y compactas, veteadas de amarillo y de rostro quimérico, como grabadas en capiteles románicos. Durante seis meses los habitantes de Verona vivieron bajo un cielo siempre encapotado, siempre a punto de romper en una lluvia torrencial; y (todos con el pecho encogido) unos rezaban para que no lloviese y otros para que cayera de una vez lo que tuviera que caer. Dejo aquí el spoiler, aunque adelanto la última frase de Gonasti: “Si los muertos, en lugar de enterrados bajo nuestros pies, viviesen sobre nuestras cabezas, entre las nubes, los hombres matarían menos y verían más el sol”.

En el otro cuento, siete años después, Gonasti cuenta la misma historia, pero en este caso son las mujeres de Verona, y no los muertos, las que desaparecen el día antes de su boda. No huyen con otros hombres ni son raptadas por traficantes de carne humana. Decenas, centenares de novias se derriten y se evaporan y se elevan hasta el cielo, con sus velos blancos, para formar pequeñas nubes finalmente unidas en un campo de cirros. Durante tres semanas los maridos de Verona invocan la lluvia, las parroquias de Verona organizan rogativas, las muchachas de Verona contemplan el cielo con envidia y con temor. Hasta que por fin el viento las arrastra lejos del Veneto, hacia los Dolomitas, en cuyas cimas se precipitan, completamente libres, en forma de nieve, acopio de los manantiales de la primavera. Gonasti acaba así: “Mejor nube y agua y nieve que el lecho de un hombre viejo”.

Desde la entraña machista de nuestra Historia, podríamos decir sin exagerar que durante siglos la mujer que se casaba era una mujer nublada

¿De qué manera podemos descifrar los secretos de la palabra “nube”? Como tantas otras elementales –tierra o agua o árbol o piedra–, su etimología no nos da ninguna pista acerca de su origen: porque en origen la nube fue siempre ya una nube. “Nube” en español procede, en efecto, del latín nubis, que viene del griego nefele, que viene de la raíz indoeuropea “nebh”: de nube en nube, la palabra más antigua también quiere decir “nube”. Podemos, sin embargo, explorar sus derivados. Pensemos, por ejemplo, en “núbil”, término que se utiliza para nombrar a la mujer que ha alcanzado la edad de casarse; o en “nupcias”, que usamos para denominar el momento festivo o sacramental del matrimonio. Tanto “núbil” como “nupcias” son avatares, si se quiere, del verbo latino nubere, que quiere decir al mismo tiempo, del modo más significativo, “casarse” y “ponerse el velo”. Desde la entraña machista de nuestra Historia, podríamos decir sin exagerar que durante siglos –y aún ocurre a menudo– la mujer que se casaba era una mujer nublada o que estaba a punto de nublarse bajo ese velo anaranjado que las novias romanas lucían en las ceremonias. Una boda tiene siempre, sí, algo alegre y algo melancólico, porque representa el final de la infancia (las romanas quemaban sus juguetes) y el comienzo excitante de una nueva vida que a menudo acaba mal. Si jugamos con las palabras y mezclamos sus destinos, cabe decir que la mujer núbil, al casarse, se convierte en la nube con la que se recubre el cuerpo, y que, por eso mismo y en dirección inversa, un cielo con nubes es una ambigua fiesta de bodas. Las novias disfrazan de nube su desnudez inminente; las nubes son desnudeces que visten el aire. Es curioso, y sin duda bueno, que en nuestro imaginario social se impongan siempre las bodas alegres (y no las de sangre) y las nubes blancas (y no los nubarrones de la borrasca). Se imponen de tal manera que la mujer se acaba casando casi siempre en una nube y las nubes se ennovian una y otra vez con el firmamento, donde flotan, diría Octavio Paz, como “algas del aire” o –según la ristra metafórica de la Oda de Neruda– como “trajes del cielo”, “pétalos”, “muchachas celestes”, “plumones de la luz”, “nidos del agua”, “seda al sol”. Con las nubes y con las bodas ni se puede ni se debe evitar la cursilería.

De niños, en el colegio, estudiábamos con mucha pereza los distintos tipos de nubes. Entonces nos aprendíamos cuatro: cúmulos, estratos, nimbos y cirros, nombres maravillosos que –supimos después– se combinan, según la altura, para formar arquitecturas de diferente espesor y variable fulgor anímico. Las más bajas, recuerdo, son los estratos, con sus mortajas de niebla y sus finas lloviznas también llamadas garúas; por encima de los ochocientos metros los estratocúmulos reúnen vastas nubes grises, pero como rizadas y en escalón, cuyos cielos pesados van acompañados a veces de sacudidas tormentosas; un poco más arriba se depositan, en fin, los nimbostratos, uniformes mantas oscuras, como lejanos cueros de elefante, precursoras de lluvias monótonas y también a menudo de lentas nevadas duraderas. Estos “estratos”, ya se ve, nada tienen de nupcial o de festivo: son esas “nubes oscuras que nos impiden ver”, de la famosa canción revolucionaria A las barricadas, o esas sombrías y románticas “cumbres borrascosas” de Emily Bronte. Es a los cúmulos y los cirros, con sus diferentes combinaciones, a los que corresponde flotar como velos o algas en el cielo; son ellos los que remedan la forma fugaz de animales terrestres o de dragones imposibles o de tíos calvos y narigudos. Más altos o más bajos, más o menos densos o vegetales (en forma de coliflor o de guedeja), los cúmulos y cirros están compuestos de esas nubes “pasajeras” que maldice Violeta Parra en su desesperado himno de amor al cosmos y sus criaturas, que empuja dolorida Mina en su Folle banderuola o que utiliza Cernuda para recordar los días gráciles, aéreos e inasibles de su adolescencia en su poema Adolescente fui en días idénticos a nubes. Junto a todos estos tipos, están finalmente la nube lenticular, formidable ovni preñado de turbulencias, y el cumulonimbo, de desarrollo vertical, con sus gigantescas torres esponjosas de hasta 30 kilómetros de altura, llamado con razón “la madre de las nubes”: son sin duda estos cumulonimbos los que fabricamos en nuestras ensoñaciones cotidianas, semidormidos en el autobús, cuando nos ponemos a construir “castillos en el aire”.

(Yo en el aire construí una ruina; tú en el suelo una casita de piedra con pérgola y macetas de geranios. Unas veces vivimos arriba y otras abajo).

Clasificar nubes es clasificar estados de ánimo, pues seguimos dependiendo del cielo, del sol y de las nubes para sucumbir o no a nuestros tiranos: es decir, a nuestro carácter, a nuestros trabajos, a nuestros banqueros. El primero que lo hizo (que clasificó las nubes, quiero decir) fue el farmacéutico inglés Luke Howard, quien en 1802 estableció la nomenclatura latina que aún seguimos usando. Goethe admiró mucho ese trabajo y, con el mismo arrojo con el que se aventuró en la botánica o en la óptica, llegó a escribir sobre meteorología a partir de los esquemas formalistas aplicados a las plantas. Se equivocó mucho, al parecer, pero uno de sus ensayos nos dejó pasajes como éste (que puede leerse en El juego de las nubes, editado por Nórdica Libros): “Lo verdadero, lo idéntico a los dioses, no se puede reconocer jamás directamente, sólo lo vemos en su reflejo, en su modelo, en su símbolo, en manifestaciones aisladas y relacionadas con ello; nos percatamos de su existencia como de la de una vida que nos resulta incomprensible y no podemos, por tanto, renunciar al deseo de comprenderla a pesar de todo”. Así que una nube es un símbolo y un enigma y, si se quiere, un ideal: es ligera, pasajera, blanca, lejana, asible solo para los ojos, más alta a veces que el mismo cielo que vela o pinta. Es visible e inmaterial; es material e inaferrable. Es la que se prende en la rama de la bellísima canción de Lluís Llach Un núvol blanc. Es el pensamiento de un dios oculto, como para Melville las ballenas eran los pensamientos del océano soberano. La meteorología recoge, por tanto, los cambios de humor –y las meditaciones fluctuantes– de un dios desconocido: de una naturaleza que podemos quizás trastornar, sí, pero nunca controlar ni derrotar.

Para Sócrates las nubes eran diosas. No para el Sócrates platónico de La apología sino para ese otro, denostado y ridículo, que satiriza el dramaturgo Aristófanes, contemporáneo suyo, en la comedia La nubes. Allí, en efecto, Sócrates es descrito como un “listillo” y un “embaucador” que utiliza la sofística para engañar a los incautos y vender a los granujas argumentos fraudulentos en favor de la injusticia. Cuando el viejo Estrepsíades, podrido de deudas, va a verlo a su Caviladero o Pensadero, se encuentra a Sócrates subido en una especie de grúa contemplando el cielo. Sócrates no cree en Zeus y explica a su cliente los secretos de la lluvia, el rayo y el trueno, fruto de movimientos íntimos en el seno de las nubes, que son las verdaderas diosas del cielo. Ellas alimentan “el pensamiento, la inteligencia, la dialéctica y la novedad intelectual”, cosas que a Aristófanes le parecen, sin duda, peligrosas, pues las identifica, burlón implacable, con los “adivinos”, los “gandules”, los “melenudos”, los “profesores de medicina” y los “poetas ditirámbicos”. Las nubes, convocadas por el filósofo, se presentan desnudas y en forma de mujer (las primeras mujeres sin ropa que aparecieron, según la tradición, en un escenario occidental) y le ofrecen escoger entre el Mejor Argumento y el Peor Argumento, esos dos circunspectos personajes que las acompañan. Estrepsíades, que quiere obtener una sentencia injusta ante un tribunal, se inclina obviamente por el Peor. Es interesante observar que Aristófanes no ofrece al espectador ningún argumento propiamente dicho sino una serie de valores enfrentados a un lado y otro de la línea de la justicia, definida del modo más “ideológico”: mientras que el Mejor Argumento defiende las costumbres tradicionales y los dioses del Olimpo, identificados con la Justicia, el Peor Argumento promueve, en cambio, la innovación, el vicio, el desconcierto verbal y el ateísmo, armas de la Injusticia. Los espectadores griegos, por supuesto, esperan que Sócrates, arrogante y trilero, acabe mal parado, como le ocurrirá más tarde ante el tribunal que lo condenó a muerte; y la pieza, en efecto, se cierra con el filósofo abandonando el Caviladero, corrido y desenmascarado, con el rabo entre las piernas. En cuanto a sus Nubes-sin-dios, novias del aire, pierden su libertad –se nos sugiere– y aceptan sumisas la égida de Zeus.

En la mitología griega las nubes no son diosas; sólo ninfas

En la mitología griega las nubes no son diosas; sólo ninfas. La ninfa Nefele ofrece una vida doble, según el relato que se elija. En uno de ellos es la esposa de Atamante, rey de Beocia, del que tiene dos hijos gemelos, Frixo y Hele. Cuando Atamante la abandona por Ino, la Nube quiere proteger a sus niños, a los que envía un carnero de oro, parlante y volador, para que los saque de palacio. Hele cae en el mar, llamado desde entonces Helesponto: Frixo, siguiendo las indicaciones de su madre, sacrifica al carnero en la Cólquide y regala a Eetes el vellocino de oro, botín famoso de Jasón y los Argonautas. La ninfa Nefele es, pues, una mujer abandonada y quizás Gonasti tiene presente este mito en su cuentecito, cuya secuencia invierte: las mujeres de Verona, vengadoras de Nefele, se convierten en nubes antes de casarse, y son ellas, así, las que abandonan a sus maridos.

Uno de los cuentos más bonitos de Carson McCullers, escrito en 1942, se llama Un árbol, una roca, una nube y cuenta la insignificante aventura de un vendedor de periódicos de doce años que una tarde lluviosa, con sus diarios bajo el brazo, entra en el café del áspero Leo. Allí, sentado a una de las mesas, un viejo extraño, completamente sobrio, retiene al niño desconcertado para contarle su historia de amor. Amó a una mujer, dice, que lo abandonó cuando más feliz era y la buscó durante un año y medio sin descanso, roto de dolor. Luego siguió sufriendo un año más, pero ya no podía recordar su cara y esto mismo no hizo sino aumentar su sufrimiento. Por fin un día decidió cambiar de táctica; decidió empezar su búsqueda por otro lado; decidió recomenzar el amor desde otro sitio: “Hijo, ¿sabes cómo debería empezarse el amor?”, pregunta. El niño mueve la cabeza. “Un árbol. Una roca. Una nube”. Eso dice el viejo y añade que, desde que tuvo esa revelación, ha ido poco a poco mejorando, prestando atención, amándolo todo. Todo: un objeto cualquiera encontrado en la calle, un pececillo dorado comprado en un acuario, una cosa y luego otra y otra y así poco a poco, “gradualmente”, ha ido adquiriendo esta “técnica” de amar desde el principio e ir ampliando después el radio concreto de su amor, de manera que algún día –no lo descarta– ese amor alcanzará también a su mujer. “Hace seis años”, concluye, “que voy por ahí solo haciéndome mi saber. Y ahora soy un maestro, hijo. Puedo amarlo todo. No tengo ya ni que pensar en ello. Veo una calle llena de gente y una luz hermosa entra dentro de mí. Miro a un pájaro en el cielo o me encuentro con un viajero en el camino. Cualquier cosa, hijo, o cualquier persona. ¡Todos desconocidos y todos amados! ¿Te das cuenta de lo que puede significar una ciencia como la mía?”.

Me gusta mucho este cuento de McCullers porque en él no pasa nada: ahí está una vez más ese café penumbroso, parsimonioso, al que la gente va precisamente cuando ya les ha pasado todo, pequeño o grande, y solo pueden contarlo. Y me gusta porque, junto a árbol y roca, a McCullers –o a ese viejo que se ha enamorado de cada cosa para poder soportar su dolor– se le ocurre pensar precisamente en una nube para recomenzar su camino. Nube: esa palabra cuyo origen es otra nube en otra lengua más antigua. Nube: esa falsa abstracción que acaba volviendo a la tierra en forma de lluvia.

En castellano hay tres expresiones muy parecidas: “estar en una nube”, “estar en las nubes”, “estar en la nube”. Basta cambiar el artículo o el número para que su sentido se transforme enteramente. Estamos en una nube, como los santos de las estampas, en el colmo de la beatitud individual, cuando un acontecimiento feliz nos “transporta” por encima de nosotros mismos: es “una” porque en cualquier caso se trata de un momento intenso y pasajero. Estamos, en cambio, en las nubes cuando huimos del espacio angosto en el que nos encontramos a otro más amplio, puramente mental, en el que nos encontramos mejor: en realidad nunca estamos en las nubes cuando “estamos en las nubes”: estamos en el café, en el estadio, en la cama con nuestra novia; estamos en el futuro levantando cumulonimbos en el aire.

Y está por fin la nube, que habría que escribir La Nube y que algunos llaman Cloud, a donde van a parar, como en un vertedero místico, todas nuestras acciones informáticas; es decir, casi todas nuestras acciones. Es curioso. Cuando uno busca en Google “mitos sobre las nubes”, no salen Nefele ni Carson MacCullers ni tampoco, claro, Ciro Gonasti, sino una página titulada “Diez mitos sobre la nube”, que comienza con esta frase un poco angustiosa: “Los mitos siguen asolando la computación en la nube”. ¿Qué es la nube? Lo contrario de una nube; lo contrario de las nubes. No es una entidad física, en efecto, sino “una red enorme de servidores remotos” que permite acceder y conservar información al margen de la atadura corporal del ordenador personal. Es el recinto aéreo donde guardamos nuestros mensajes de amor, nuestros libros, nuestras fotos y películas, nuestra vida entera. Es el limbo que reúne toda la chatarra personal y colectiva del mundo. Es también el punto donde se citan el máximo poder y la máxima vulnerabilidad del capitalismo. Si hay una torre de la Bastilla o un palacio de Invierno es sin duda La Nube, que ha absorbido ya –dejando fuera árboles, rocas y nubes– casi todas las peripecias de la humanidad.

¿A qué conclusiones llego tras este recorrido? A las siguientes:

Que los muertos –pues ni se derriten ni se evaporan ni forman nubarrones sobre nuestras cabezas– deben ser retenidos con la memoria.

Que las novias deben ser nubes sin dios, con el pecho en el aire y los pies en la tierra, como grandes cumulonimbos de espuma y arena.

Que hay que dejar que las nubes sigan pensando sobre la tierra, que es lo que propiamente llamamos “llover”.

Que las bodas deben ser alegres y la lucha por la justicia constante –salvo cuando estamos en una nube o en un bar.

Que estar en una nube es, si no un derecho inalienable de la humanidad, un hecho que a todo el mundo le ocurre alguna vez, como alguna vez nos da a todos el sol en la frente, pero que debería ser, sí, un derecho inalienable de la humanidad.

Que estar en las nubes es una obligación frente a todos los tiranos: nuestro carácter, nuestro trabajo, nuestros banqueros, nuestros ordenadores.

Que el amor (“una” nube) y el futuro (“las” nubes) resumen toda la pelea por la condición humana y sus bellezas.

Te quiero así, mi amor, nube terrestre, justicia intermitente, casa de piedra con geranios.

Ciro Gonasti, extravagante escritor italiano, católico atormentado y amigo de Pasolini, escribió dos cuentos titulados Las nubes, el primero en 1945, apenas terminada la guerra; el segundo en 1956, la víspera de su boda. Los dos, concebidos como relatos infantiles, tienen el mismo argumento. El primero...

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Autor >

Santiago Alba Rico

Es filósofo y escritor. Nacido en 1960 en Madrid, vive desde hace cerca de dos décadas en Túnez, donde ha desarrollado gran parte de su obra. Sus últimos dos libros son "Ser o no ser (un cuerpo)" y "España".

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