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HEGEMONÍA DEL GLOBISH (II)

Anglodependencia no es cosmopolitismo

El rechazo frontal a la lengua inglesa es no solo el gesto de quien reivindica un universal no colonizador, sino también de quien trata de recuperar el relato que ha sido usurpado por los vencedores

Pedro Tena 16/08/2023

<p>Coetzee durante la Feria del Libro de Buenos Aires, en el 2018. / <strong>Wikimedia Commons</strong></p>

Coetzee durante la Feria del Libro de Buenos Aires, en el 2018. / Wikimedia Commons

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En 1993, cuando España estaba a punto de entrar en Maastricht, Julio Llamazares escribió un artículo titulado Modernos y elegantes, que ha corrido mucho por internet, en el que ironizaba con mucho acierto sobre el uso de anglicismos en el español de la época. Así se burlaba de que las insignias se llamaran pins; los homosexuales, gays; las comidas frías, lunchs; y los repartos de cine, castings; que compráramos tickets o compacts (el disco óptico de la época), usáramos kleenex, comiéramos sandwichs, o que, en lugar de acampar, hiciéramos camping. Tanto es así que cuando salíamos de excursión por los pueblos de la sierra de Madrid, a algunos nos gustaba bromear con que hacíamos “puebling”. Era el tiempo de los yuppies, el marketing, los sponsors y las top-model, vocablos que llegaron para quedarse. Hoy, veinte años más tarde, toda esa ristra de préstamos del inglés palidece frente a muchas otras incorporaciones léxicas, sintácticas y semánticas. Hoy a muchos hablantes no les incomoda pagar en cash (en vez de en efectivo), montar un show antes que un espectáculo, vestirse casual porque informal es menos -in, hacer un tour cuando antes se iba de gira, contar followers cuando podrían tener seguidores, o estar encantados de ser single por si ser soltero estuviera mal visto. Tampoco podemos extrañarnos de que haya grandes almacenes que cuentan con una sección de Kids; o que en el sitio internet de la San Silvestre, una carrera muy popular de Madrid, el lema sea We run Madrid y a los corredores se les llame runners.

Podríamos llenar varias páginas con la lista de préstamos léxicos innecesarios acogidos con los brazos abiertos del inglés, como si por el hecho de serlo fueran preferibles a otros vocablos españoles. Aun a riesgo de que nos acusen de ser una mala imitación de “El dardo en la palabra”, aquella celebrada columna de Lázaro Carreter durante dos décadas –ahí es nada–, no nos resistimos a dejar constancia de algunos. La mayoría podrían ser préstamos crudos como baby-boom, barman, best-seller, low-cost, bitcoin, co-branding, flashmob, freelance, fracking, lobby, mail, mobbing, pendrive, show, spa, streaming, subprime, tables, o han sido hispanizados como “friki”, “nocaut”, “panel”, “privacidad”, “resiliencia” o “lobista”, cuando no argotizadas como ‘júligan’, ‘amater’, ‘beibisiter’, ‘beséler’, ‘disyoquei’, ‘cool’ y tantas otras, pero en otros casos la reacción mimética frente al inglés alcanza límites irrisorios al calcar términos cuyo significado ya existía en español bajo otro vocablo distinto. Son los llamados préstamos semánticos o “falsos amigos”: agresivo (por “audaz” / “límite” / “transgresor”), arrestar (por “detener”), ataque (por “atentado”), crítico (por “vital”), demandar (por “pedir” / “exigir”), evidencia (por “prueba”), gente (por “pueblo”), global (por “mundial”), ignorar (por “desoír” / “hacer caso omiso”), industria (por “sector (económico / de actividad)”), rango (por “alcance”), regulación (por “normativa” / “reglamento” / “reglamentación”), sugerir (por “insinuar” / “proponer”), etc., etc. Es tal la aceptación acrítica de estos desplazamientos semánticos, un modo de polisemia inducida, que cabe aventurar de aquí a unos años la sustitución de parónimos españoles plenamente funcionales por otros ingleses copiando el significado de estos últimos, tal como ya está sucediendo por otra parte con algunas expresiones hechas o modismos como poner en el mapa (“dar relevancia/notoriedad”), al final del día (“a fin de cuentas”), o un momento dulce (“un buen momento”); con la frecuencia anglizada del uso de la voz pasiva, muchas veces en usos claramente erróneos: “la diputada ha sido cesada en su cargo” o “fue encontrado no culpable”; y con el uso erróneo del régimen preposicional como la sustitución de “dentro de” por el hipertrofiado “en” (“te llamaré en unos minutos”) o de “bajo” en frases como “bajo pedido” en vez de “a petición” o “por encargo”.

Podríamos seguir con la inversión del orden de los sustantivos, los anglicismos solapados, los tipográficos o el retroceso de los signos de interrogación y admiración bajo la influencia de la comunicación electrónica, la lista sería interminable. La anglización del español afecta además a todos los registros, desde los lenguajes especializados y técnicos hasta la lengua común (“¿sabes qué? Te voy a decir algo”), el culto, el administrativo…, y es, por supuesto, un síntoma más, aunque muy relevante, de la ocupación del espacio simbólico por los modelos y valores angloamericanos, bajo cuya influencia los hispanohablantes, supuestamente soberanos en el uso de la lengua, perciben que la lengua idónea para concebir y expresar la realidad es la lengua dominante en el mundo. Y si no, pregunten a sus allegados si prefieren almorzar con sus amigos en un “restaurante parrilla” o en un lunch and grill.

La anglización del español afecta además a todos los registros, desde los lenguajes especializados y técnicos hasta la lengua común

No es un fenómeno nuevo; los neologismos y extranjerismos han existido siempre como un instrumento de la lengua para proveerse de nuevas representaciones o realidades más o menos tangibles. No está de más recordar que la riqueza de una lengua reside precisamente en su mestizaje, y su salud en su flexibilidad y capacidad de asimilar esas voces foráneas, de abrir las ventanas a otros lenguajes. Además, dicen algunas voces autorizadas, “hay que confiar en el poder innato de la lengua”. Por tanto, ¿hay fundamento para inquietarse? ¿No hacen gala de una falta de confianza en su propia lengua quienes descreen de que esa apertura a esas supuestas “nuevas” realidades pudiera redundar en una pérdida de soberanía de los hablantes respecto a su propia lengua?

Si han leído el artículo anterior, a estas alturas ya habrán adivinado que parto de una concepción muy alejada de la idea de “desvío de la lengua”, o sea, del purismo o casticismo lingüístico o de quienes defienden una lengua media culta, ni siquiera –parafraseando al insigne lingüista– por “la convicción profunda de que cierta pulcritud idiomática es esencial” para evitar al idioma “cambios arbitrarios o disgregadores”, paradigmas normalizadores de quienes consideran que existe una máquina abstracta de la lengua (como la langue saussureana o la competence chomskiana) y sienten el deber de cuidar y defender dicha norma de los usos incorrectos, inapropiados o directamente barbáricos de los hablantes. Más bien creemos, por si no ha quedado claro hasta ahora, que la apertura, el mestizaje y el enriquecimiento mutuo son principios encomiables y que todas las lenguas son el resultado de ser fecundadas por otras. Asunto distinto es que los vocablos que exporta el español a otras lenguas sean voces tan entrañables y populares como paella, siesta o tapas –por no hablar de macho y matador, si bien en nuestros días Rosalía está contribuyendo a que, con el tiempo, el vocablo motomami se haga también con un honroso hueco entre ellas.

Hegemonía

Así las cosas, y dando por válido que la hegemonía de ciertas lenguas en el mundo es un fenómeno que acompaña la dominación cultural desde que existen imperios y se generan contextos de colonización de espacios conquistados –como sucedió en épocas medievales con el latín en Occidente, el árabe en Oriente, y en el siglo XVI con el castellano y el portugués a raíz de la primera mundialización y el descubrimiento de las Américas–, ¿en qué reside la novedad de este momento histórico? ¿Tiene razón Coetzee al denunciar las pretensiones universalistas del inglés como un inadmisible acto de arrogancia lingüística? ¿Nos sirve este concepto de resonancias gramscianas para definir el presente?

Detengámonos por un momento en este concepto. Si tuviéramos que medir el nivel de supremacía de una sola lengua sobre las demás, en este caso el inglés, no bastaría considerar el número de hablantes (400 millones), el número de países en que es idioma oficial (53), ni siquiera la cifra del PIB mundial que suman esos países donde el inglés es primera lengua (25 %), así como tampoco el porcentaje de textos científicos redactados en esta lengua (80 %, según el registro SCOPUS). Un modelo más fiable, al decir de algunos lingüistas como Calvet,[1] es el grado de atracción que ejerce respecto de otras lenguas, o sea, su capacidad para generar campos gravitatorios en torno a sí mismas, con diferentes grados de intensidad. En ese hipotético mapa gravitacional, el inglés, con su poderosa masa gravitatoria –que podríamos expresar por una fuerte tendencia al monolingüismo por parte de sus hablantes– sería una suerte de supernova en torno a la cual orbitarían una decena de lenguas con gran poder de atracción, aunque considerablemente menor, como el español y el francés, las cuales a su vez generarían sus propios campos de atracción respecto a otras lenguas periféricas, si bien con menor intensidad, y así sucesivamente. En el caso del inglés, todo ello puede resumirse en un único dato: nunca antes una lengua había sido más utilizada como segundo idioma (1.452 millones) que como lengua nativa (379 millones).

Ya vimos al hablar del globish hasta qué punto el inglés y la tecnología constituyen un tándem de éxito

Pero por si este dato no es suficiente, ya vimos al hablar del globish hasta qué punto el inglés y la tecnología constituyen un tándem de éxito. La mayoría de las grandes empresas tecnológicas están en Estados Unidos y los principales lenguajes de programación se basan en el inglés. Además, de los diez millones de sitios registrados en internet, más de la mitad (el 52 %) utilizan esta lengua.

Así las cosas, ¿cabe ver en la expansión de la cultura angloamericana y en el potencial económico y militar que representa una situación nueva con respecto a nuestro pasado reciente? O, por el contrario, ¿no podemos deducir de todo ello y de los datos que daremos más abajo que el mandarín, el español, el árabe y el chino –todos ellos idiomas con gran capacidad de expansión y cada uno con su propia importancia macroeconómica y potencial participativo en sus nichos de mercado en la economía global– no le disputarán la hegemonía?

Es difícil hacer predicciones estables pero lo cierto es que nunca antes una lengua había alcanzado el estatuto de moneda de cambio mundial en la economía, la política y las relaciones internacionales como el inglés. No es baladí equiparar la idea de moneda con la de lengua pues ambas funcionan como símbolos identitarios y ambas pueden cotizarse al alza, ser devaluadas o ganar valor.[2] Aunque no es el único factor, el mercado ordena el poder y la influencia de unas lenguas sobre otras.

En la última década no ha hecho más que incrementarse paulatinamente el ritmo al que van extinguiéndose las lenguas indígenas

La otra cara de la moneda de esta situación de hegemonía, por seguir con la analogía dineraria, es la desaparición de las demás lenguas. De forma pareja a la pérdida de biodiversidad, en la última década no ha hecho más que incrementarse paulatinamente el ritmo al que van extinguiéndose las lenguas indígenas (6.000 de los 7.000 idiomas que se hablan actualmente en el mundo). Se estima que entre el 50 y el 90 % de ellas habrán desaparecido antes del final del siglo XXI, llevándose consigo la cosmogonía singular de los pueblos que las hablan.[3] Tampoco hace falta irse muy lejos, solo en Estados Unidos y Canadá, el centro actual de la globalización, “149 lenguas amerindias de 187 están moribundas, es decir un 80 %”.[4] Por tanto, hablar de extinción de la diversidad en un país con una abrumadora presencia del inglés –y en la última década del español también– no deja de ser un síntoma de cómo van perdiendo su valor de interacción o comunicación esas otras lenguas sin estatuto oficial, lo que hace pensar que, en el caso de las lenguas minoritarias, biología –o cambio climático– y política podrían estar conjugándose para acelerar la muerte inexorable de tantas lenguas.

Para comprobar la fuerza de atracción que ejerce el inglés sobre las demás lenguas, nada más fácil que acudir a los datos recopilados por el Index Translationum sobre traducciones: el 55 % de todas las traducciones de libros corresponde a obras escritas originalmente en inglés, frente a un 6,5% de obras traducidas a este idioma. Que el éxito del inglés y de la cultura anglosajona es directamente proporcional a la potencia económica y política que adquiere los Estados Unidos a partir de la Segunda Guerra Mundial y al orden internacional reinante desde entonces (creación de las Naciones Unidas, los acuerdos Bretton-Woods, el Banco Mundial, el FMI, la OTAN y la OMC), aun considerando sus muchas variaciones y matices, es casi una obviedad geopolítica.

No lo es tanto, sin embargo, la forma en la que lo ha conseguido. Algunos especialistas consideran que el inglés adquirió su condición actual de lengua predominante porque era la lengua de los vencedores, y el francés aguantó como segunda lengua de trabajo porque había sido el idioma de la diplomacia hasta entonces. Sin embargo, para que el inglés pudiera desprenderse de su estigma de lengua imperial y convertirse en lengua internacional, y posteriormente global, tuvo que dejar de asociarse residualmente con la lengua de los vencedores e imponer su inevitabilidad: convencer además de vencer. Ese nuevo disfraz cultural como “nueva lengua del mundo”, y no vehículo exclusivo de la cultura británica o estadounidense, tuvo éxito porque el inglés consiguió “desterritorializarse”, es decir, desvincularse de los contextos culturales primarios de su uso y proponerse como vehículo para la “comunicación global”, un instrumento disponible para todos como lengua franca y como franquicia.

Al inscribirse en el significante vacío que encarna el mito de una lengua universal, el inglés fue poco a poco adquiriendo el estatuto de lengua global, una lengua capaz de aunar diferencias y favorecer un proyecto de modernidad fundado en la acumulación de un capital lingüístico aparentemente neutral y alejado de “las trampas” de los nacionalismos culturales. La retórica que anima esta promoción del inglés como proyecto normativo y como “destreza básica y necesaria en contextos multiculturales”, que une a la comunidad global en una suerte de territorio sin fronteras ideológicas ni políticas, en suma, como lengua de “todos” no es neutral. No solo ignora las “nuevas variantes de inglés” de países colonizados como la India, Malasia o Nigeria, atribuyéndolas únicamente una validez local y tildando implícitamente de ilegítimas otras variantes criollas en el Caribe o África del Norte, sino que construye una imagen de neutralidad desligada de los propósitos políticos, económicos y socioculturales a los que de forma consciente o inconsciente sirve. Como si un hablante pudiera emplear un idioma sin hacerse depositario de las culturas y de la visión del mundo de quienes la utilizaron antes que él. O como si, parafraseando al lingüista Max Weinrich,[5] el inglés no contara con el apoyo del ejército más poderoso del mundo.

Si bien algunos lingüistas como David Crystal argumentan que una de las razones principales para la expansión del inglés es que ha estado “en el lugar correcto en el momento preciso”,[6] lo cierto es que esta visión no está exenta de cierta amnesia histórica. La historia de la difusión planetaria del inglés está cuajada de hechos significativos y podríamos remontarnos, por ejemplo, al dominio de la Compañía Británica de las Indias Orientales a partir de 1757 o el inicio formal de la administración británica en Nigeria en 1861; sin olvidar la fundación de la BBC en 1922 o la “Carta del Atlántico”, en 1941, en la que Churchill y Roosevelt articulan un programa político para el mundo de la posguerra, pasando por Macmillan-Kennedy (en los 60), o Thatcher-Reagan (en los 90) hasta Blair-Bush II (a principios del siglo XXI), los estrechos vínculos entre los Estados Unidos y el Reino Unido y su confluencia de intereses no son ajenos a la tarea de la promoción de este idioma a nivel mundial pues forma parte de una política de gobierno desde los años 50. Como nos recuerda Robert Philipson en un artículo en Foreign Policy, titulado In the praise of cultural imperialism,[7] David Rothkopf, profesor de la Universidad de Columbia y funcionario de la administración Clinton, combatía las tendencias victimizadoras de las barreras culturales y afirmaba sin tapujos: “Subyace en el interés económico y político de los Estados Unidos garantizar que si el mundo se mueve hacia la consolidación de un solo idioma, este sea el inglés; que si el mundo se mueve hacia la consolidación de las telecomunicaciones, la seguridad y los estándares de calidad, dicha consolidación sea con base en los criterios americanos; y que si se desarrollan valores comunes, que estos sean valores con los cuales los americanos se sientan cómodos. Estas no son meras aspiraciones; el inglés está uniendo al mundo”.

En general, tanto el mensaje de los think tanks angloamericanos, como el Anglosphere Institute, como de las propias administraciones británica y estadounidense es que el multiculturalismo y el bilingüismo deben ser descartados y la asimilación y aprendizaje del inglés deberían convertirse en políticas nacionales. En otras palabras, el impulso del inglés debe ser independiente de sus orígenes angloestadounidenses, liberarse de sus raíces, y extenderse por el mundo desarrollado o en desarrollo. En 2003, Chile y Mongolia manifestaron su intención de adoptar el inglés como su segundo idioma. En 2006 se añadió el idioma inglés al plan de estudios de las escuelas primarias en México, como segunda lengua obligatoria. Y el antiguo Estado de habla francesa de Rwanda aprobó el inglés como idioma oficial en 2009, si bien en este caso algo tuvo que ver la responsabilidad política de Francia en el genocidio de 1994.[8] Incluso en China, se dice que cuarenta millones de personas han pasado ya por un método de aprendizaje del inglés conocido coloquialmente como “Crazy English”,[9] que dirige Li Yang, un ingeniero reconvertido en profesor que a menudo reúne en estadios de fútbol a grupos de veinte mil personas bajo el lema de “Conquistar el inglés para volver fuerte a China”. Como vemos, es fácil constatar que esta tendencia va en aumento all around the world.

Espacios de reapropiación

En su ensayo titulado “Economía de lo que no se pierde”, Anne Carson, poeta y traductora, nos recuerda –evocando a Marx– que quien utiliza el lenguaje y los objetos –y, por tanto, a sí mismo– desvinculados de su valor de uso, ajenos por ende a su valor, se aliena, se convierte en ajeno a sí mismo, en extraño: no puede ser huésped en las palabras de otros ni anfitrión de las palabras ajenas. ¿Cabe equiparar al instrumento universal del dinero con la alienación o el desarraigo que propicia la experiencia de escribir bajo el peso de una lengua que necesita volverse intercambiable? Y al hablar de Celan, que escribió poesía en alemán –la lengua de su madre, pero también la de quienes asesinaron a su madre– precisa: “Marx sugiere un modelo alterno: el dinero no es como el lenguaje, pero sí como la lengua traducida. ‘Ideas que deben primero ser traducidas de su lengua materna a una lengua extranjera (fremde) para circular, para volverse intercambiables, ofrecen su mejor analogía. Por lo tanto, la analogía no radica en la lengua sino en calidad de extranjería o extrañeza (Fremdheit) de la lengua’”.[10]

Uno de los peligros del inglés globalizado es la expulsión de las lenguas de la cultura del pensamiento

Uno de los peligros del inglés globalizado, en cuanto que heredero del sueño ilustrado de una lengua universal y cristalina, es la expulsión de las lenguas de la cultura del pensamiento, la indiferencia ante la riqueza intrínseca de cada una y su consecuente confinamiento al habla barbárico, según el viejo sentido de “bárbaro” del griego antiguo. Por otro lado, en el polo diametralmente opuesto está el paradigma del “nacionalismo ontológico” que, como bien sabemos, acecha tras todo tipo de reduccionismo lingüístico, como sostener que el hecho de que podamos encontrar en español vocablos como “des-engaño” y “des-mentido” reflejaría una percepción de la verdad como negación de la mentira, una visión propia de los hispanohablantes y en sí un reflejo de la hipocresía española. Según esta idea, sostenida por algunos sociólogos de la derecha de nuestro país, la lengua sería una verbalización del mundo, es decir, una conversión del ser real en ser lingüístico, lo que en última instancia conduce a una defensa de la intraducibilidad de las lenguas y, en pura lógica, a una defensa de una lengua universal que nos salve de ese peligro. Sin duda, el todopoderoso inglés está ahí para evitar que incurramos en ese pecado relativista.

Para tomar conciencia del modo en que ese inglés globalizado está filtrándose como “interlingua” y, en consecuencia, de la necesidad de crear espacios tanto “fuera” como “entre” unas lenguas y otras, nada mejor que recurrir de nuevo al arte de Coetzee, con el que empezábamos esta doble entrega. Seguro que no soy el único lector que percibe que su elaborada escritura –resultado del meticuloso esfuerzo de producir numerosas versiones del mismo texto– da como resultado una lengua artificial, una suerte de falsificación tan cumplida que recuerda en realidad, por extraño que parezca, a una –excelente– traducción. A quienes sorprenda esta afirmación, les diría que acudan, por ejemplo, a su novela La infancia de Jesús (Childhood of Jesus, 2013), la primera de su trilogía sobre Jesús. En ella el relato se desarrolla en un espacio más distópico que real donde los personajes parecen haber emigrado de lugares inconcretos y de vidas anteriores ya olvidadas. La lengua franca que utilizan es el español. Estamos por tanto leyendo una traducción, pero eso tampoco es exactamente cierto porque Coetzee hace que sus personajes digan cosas como: “No, lo que sentimos en los huesos es la holgazanería. Por eso hasta decimos: ‘Tiene la pereza metida en los huesos’”[11], catapultando de inmediato al lector en español a algún lugar intermedio y al lector inglés al inglés “nativo” que subyace a esa expresión. En otro momento, al pedir acceso a la habitación que les han asignado en el edificio, el personaje comete el error de pedir “una llave universal”, (que rompe la ilusión de que lo que estamos leyendo es una transliteración del español que los propios personajes deben estar hablando), en lugar de una llave maestra. El benévolo pero desconcertado burócrata responde: “Llave maestra. No hay una llave universal. Si tuviéramos una, se habrían acabado todos nuestros problemas”. Son solo dos ejemplos entre muchos otros. En todo momento, nos enfrentamos a la pregunta: “¿En qué idioma está escrita la obra de Coetzee?”.[12] Se diría que el escritor no solo construye una atmósfera de extrañeza –una constante de toda su obra–, sino que propone un extrañamiento respecto a su propia lengua en un ejercicio de escritura muy similar al del traductor a quien, en su célebre ensayo, W. Benjamin confiaba la tarea de experimentar la lengua propia como ajena al verter el original: “Rompiendo las trabas caducas de su propia lengua” y “permitiendo que lo extranjero lo sacuda con violencia”.[13] Al darnos un idiolecto inglés que está deliberadamente “vaciado”, “ya traducido”, incluso “en desacuerdo consigo mismo”, como por otra parte es el inglés que se habla ahora en todo el mundo, Coetzee nos enfrenta a los interrogantes y conflictos de nuestra modernidad, al marco en el que nuestra condición ha de ser pensada de nuevo.

Coetzee nunca se ha engañado acerca de su identidad sudafricana pero tampoco se ha hecho ilusiones acerca de ella. Pese a que sus detractores han criticado su posicionamiento blando y su falta de compromiso directo con la Sudáfrica pos Apartheid, incluso con los compromisos de reconstrucción democrática tras la desintegración del gobierno nacionalista en 1994, acusándolo de representante de una literatura universalista, es decir, alineado con las estrategias colonizadoras de la subjetividad moderna, su narrativa evidencia una voluntad de revisar siempre su posición en el discurso, de preguntarse desde dónde habla y cuál es su papel y su opción moral al hacerlo desde ese preciso lugar. Ese lugar de enunciación es siempre periférico y descentrado. Aun formando parte ya del canon estético contemporáneo –pues ser Nobel te otorga esa condición–, Coetzee rehúsa idealizar tanto el paisaje colonizado por el romance imperial como la condición del Otro, víctima o subalterno, impuesta a las minorías (en su país, mayorías) por el discurso hegemónico liberal. En su obra parecen unirse dos principios esenciales de la conciencia crítica contemporánea: la noción de lenguaje postulada por Wittgenstein (las palabras son herramientas y deben servir para algo) y “la práctica de la deconstrucción” de los relatos para desvelar su genealogía histórica.

Una de esas prácticas de deconstrucción es precisamente la que se opera desde el lenguaje como depositario de formas de vida y representaciones hegemónicas y de configuración de subjetividades dentro de esas representaciones. Por tanto, el rechazo frontal a la lengua inglesa es no solo el gesto de quien reivindica un universal no colonizador, sino también de quien trata de recuperar el relato que ha sido usurpado por los vencedores. Tal propósito sabe bien que, para ello, la lengua no es ni puede ser ninguna “llave universal”, pues tal cosa supondría renunciar al convencimiento de que la traducción, además de un saber técnico de carácter lingüístico capaz de resolver un problema de trasvase de fluidos con el menor derrame posible, es un hecho constitutivo de nuestra diferencia y puede contener también un aspecto político y, en última instancia, entrañar una propuesta capaz de hacer tomar conciencia de la función que desempeña la lengua como herramienta de reapropiación y resistencia, una “llave maestra” con la que visibilizar las estrategias de universalización que operan sobre los mundos de vida.



[1] Louis-Jean Calvet, Les langues: quel avenir?, París, Editions CNRS, 2017.

[2] No en vano, fue Ferdinand de Saussure el primero en comparar lenguas y monedas para “definir el valor del signo lingüístico”.

[3] Podríamos extendernos mucho más en el dibujo de un escenario poco halagüeño para la supervivencia de las lenguas minoritarias, pero basten unos pocos datos más sobre geopolítica de las lenguas para corroborar dicho escenario: que el 0,1 por ciento de las lenguas del mundo son practicadas por el 40 % de la población mundial y el 1 por ciento de las lenguas son utilizadas por el 39 % de la población. O, dicho en otras palabras, el 95 % de las lenguas son habladas por el 6 % de la población mundial. No es necesaria mucha imaginación para ver en la frialdad de estas asimetrías también un fiel correlato de las estadísticas actuales sobre concentración de la riqueza. Aunque si quisiéramos hablar de riqueza lingüística ningún continente sería tan pobre como Europa.

[4] Moreno Cabrera, La dignidad e igualdad de las lenguas. Crítica de la discriminación lingüística, Madrid, Alianza, 2000, p. 217.

[5] Se debe a este lingüista la frase de que “una lengua no es más que un dialecto con un ejército detrás”

[6] David Crystal, English as a Global Language, Cambridge, Cambridge University Press, 2003, p. 120.

[7] Robert Phillipson, “Americanización e inglesización como procesos de ocupación global”, Discurso & Sociedad, 5 (1), 2011, pp. 96-131.

[8] Esta adopción fue realizada por decreto por su actual Presidente, Paul Kagame. Nada menos que el papel de Francia en el genocidio de 1994, cuando 800.000 ruandeses tutsis y hutus moderados fueron masacrados espantosamente por milicias hutus fanáticas.

[9] Este método consiste en gritar aleatoriamente a los cuatro vientos frases populares, acompañándolas de gestos, así que cabe pensar que su éxito se debe más a su efecto terapéutico que a su eficacia lingüística.

[10] Anne Carson, Economía de lo que no se pierde, trad. de Jeannette L. Clariond, Madrid, Vaso Roto, 2020, pp. 17-25.

[11] En la versión inglesa se aprecia obviamente mejor: “That is why we have the idiom “He does not have an idle bone in his body”. Esta expresión remite al modismo inglés, hoy en desuso, “bone-idle” (literalmente huesos ociosos), es decir, quienes son tan perezosos que no mueven o levantan un dedo. Miguel Temprano, excelente traductor y responsable de la versión en español de esta novela, resolvió el envite con solvencia, si bien optando –como solemos hacer con frecuencia– por domesticar esa extrañeza que –seguramente pensó– al lector español le habría incomodado.

[12] El propio Miguel Temprano confirma esta impresión en un comentario, sin entrar en mayores disquisiciones, al respecto de la novela: “Una de las dificultades obvias de esta obra es que está escrita en inglés, se desarrolla en un país hispanohablante, pero los personajes no hablan inglés ni español, por lo que a veces resultaba difícil aclarar en qué lengua hablaban los personajes de forma que no sonara extraño al lector español”. Véase Michael Hollington, “Translating Coetzee”, ed. Writers in Conversation, 5, 1, febrero de 2018.

[13] Walter Benjamin, La tarea del traductor (1923). Angelus Novus. Barcelona, Edhasa, 1971.

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Autor >

Pedro Tena

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