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modelos de estado

Investidura y desconcentración

Entre el regreso al régimen del 78 y el cambio constitucional

Raimundo Viejo Viñas 22/11/2023

<p><em>Sumidero.</em> /<strong> Pedripol</strong></p>

Sumidero. / Pedripol

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Tras la investidura, el Gobierno. Los pactos de investidura han situado la cuestión territorial en el centro de la articulación de mayorías. Tres modelos y medio tensionarán el debate: en la oposición, la recentralización simetrizadora de las derechas españolas; frente a ella, una vez fracasado el unilateralismo, la secesión pactada de los partidos independentistas; en la centralidad, aunque con un importante déficit de legitimidad, el modelo autonómico de Sánchez y el PSOE; y en la esquina izquierda, sin llegar a un modelo y en la subalternidad gubernamental, una serie de vagas apelaciones a la república federal, confederal y otros significantes inoperativos en el discurso público.

Así las cosas, ¿cómo resolver la cuadratura del círculo? ¿Cómo alcanzar un punto de encuentro virtuoso en el bloque de investidura que, a la par que evite un futuro triunfo de las derechas, genere un horizonte de cambio territorial suficiente y relegitimador? ¿Cómo lograr un acuerdo institucional –de mínimos, pero estable– a partir de la frágil correlación de fuerzas de la investidura?

La solución es conocida y se llama Estado federal asimétrico. A nadie parece interesar y alcanzarlo, a partir del tablero político actual, se antoja imposible. Pero no es el caso. Para superar la parálisis actual solo hace falta cubrir un paso intermedio. Dicho de otro modo: entre la crisis del Estado autonómico y el Estado federal asimétrico resulta posible adelantar un escenario previo que altere el bloqueo a la federalización definitiva; a saber: la desconcentración del Estado.

El 23J y la política en el límite constitucional

Se mire como se mire, el equilibrio político surgido de la investidura carece de una base sólida. Todos los implicados confían en salirse con la suya: el PSOE espera restaurar los consensos del 78; Sumar, lo mismo, pero con un refuerzo en clave social; los nacionalismos aspiran a conseguir algún retorno que les haga útiles en sus territorios; y los procesistas, en fin, aguardan un borrón y cuenta nueva que les restituya algo de la credibilidad perdida. La aritmética parlamentaria, aunque ajustada, da para que todos se puedan encontrar en algún punto de intersección. Pero incluso así, el equilibrio es efímero y no evita en el medio plazo el retorno alternante de la derecha centralista.

No existe un consenso mínimo que permita establecer un horizonte a medio y largo plazo que despeje el riesgo de involución centralista

Importa no perder de vista lo ajustado de las mayorías. El bloque parlamentario que ganó la moción de censura en 2018 fue reactualizado en la investidura por apenas ocho votos. La próxima vez quizá no haya tanta suerte. Si hay crisis de gobernabilidad y se precipitan unas elecciones, las derechas podrían reclamarse como alternativa a un conjunto de fuerzas incapaces de pactar. Pero incluso si tardan en llegar y se agota la legislatura, el problema estructural persistirá. A día de hoy no existe un consenso mínimo que permita establecer, por una parte, un horizonte a medio y largo plazo que despeje el riesgo de involución centralista. Por otra parte, sigue sin plantear un consenso institucional que, a partir del régimen, lo mejore en calidad democrática.

Y pese a que en este país somos más de reproducir problemas que de resolverlos, la solución institucional existe y se llama Estado federal asimétrico. Hace años que fue apuntada por politólogos de todos los signos implicados en el voto favorable a la investidura de Sánchez. Al comportar una solución factible, sin embargo, parece que el Estado federal asimétrico no goza de buena reputación. La vieja cultura política que Ortega denunciaba se hace fuerte aquí: mejor vivir de “España como problema” que resolverlo. Con todo, esta rearticulación contra la que todos se conjuran persiste en ser la única vía de salida al agotamiento del Estado autonómico que se expresó en el procés.

Cada uno en su territorio y Madrid en el de todos

El mayor problema territorial de España hoy no es un procés inoperante en su propio sinsentido y enfangado en la política antirrepresiva tras el fiasco de la DUI. Tampoco lo sería una alianza entre nacionalismos –Galeuzca– que jamás ha sido articulada de forma duradera. Menos aún lo sería la propuesta “confederal” de Sumar, privada de consistencia discursiva y viabilidad institucional a partir del actual Estado unitario descentralizado.

Cuatro décadas después de la instauración del modelo autonómico, Madrid se ha vuelto el epicentro de un problema invisibilizado a la vista de todos

Ante este estado de cosas, el PSOE se frota ufano las manos al constatar cómo ha hecho fortuna a cuenta de la incapacidad de sus competidores para traducir en rendimientos institucionales el apoyo de las movilizaciones populares del procés y el 15M. Basta con pensar en los éxitos indudables a cuenta de C’s en Catalunya. Ya sea a nivel autonómico, con Salvador Illa de candidato, ya sea a nivel local, con Jaume Collboni y otros alcaldes, el PSC puede jactarse de haber recuperado, aunque solo en parte, posiciones perdidas.

Sin embargo, tampoco parece que la actual estrategia socialista al apostar por la incapacidad ajena sirva para resolver un problema de la envergadura de la crisis territorial. En lo concreto, ni Illa atisba la formación de una mayoría sin independentistas; ni Collboni ha sacado adelante apoyos estables con Junts. La razón es sencilla: aquello que origina una crisis mal podrá ser su solución. Ir más allá del Estado autonómico es imperativo para resolver la crisis del modelo territorial. Por su centralidad en el tablero, los socialistas deben elegir entre seguir siendo parte del problema o convertirse en parte de la solución.

Así las cosas, el mayor problema territorial no es Catalunya, sino Madrid. La macrocefalia madrileña, que despega en los años de Aznar, se inscribe en un modelo tan congruente con el capitalismo global como materialmente inviable. Fue entonces cuando se aceleró el crecimiento de la megalópolis que consume recursos de toda España; que genera un referente político tan autorreferencial como incompatible con el resto; que para sostenerse centraliza, en fin, unas cuotas de poder inmanejables, funcionales a la economía más especulativa y del todo disfuncionales en lo democrático, social, medioambiental, etc.

En el ayusismo se descubre una ideología de acumulación de poder y recursos perfectamente funcional al capitalismo financiero global

Aún es más: cuatro décadas después de la instauración del modelo autonómico, Madrid se ha vuelto el epicentro de un problema invisibilizado a la vista de todos. Al ocultarse como capital tras la política de Estado ha podido crecer sin límite gracias a que, en su caso, la cuestión territorial nunca es problematizada. Madrid es el único territorio que por ser centro de un Estado descentralizado, unitario pero no federal, puede nutrirse de la paradoja de una acumulación infinita sin problematización territorial. Deviene así la pieza idónea en el orden de un capitalismo global e irresponsable para con la soberanía nacional.

Bajo esta perspectiva, la célebre frase de Ayuso deja de ser tan absurda como se suele creer y se vuelve en extremo inquietante: “Madrid es de todos. Madrid es España dentro de España. ¿Qué es Madrid si no es España? No es de nadie, porque es de todos. Todo el mundo utiliza Madrid, todo el mundo pasa por aquí. Tratar a Madrid como al resto de comunidades es muy injusto a mi juicio”. 

En el ayusismo se descubre una ideología de acumulación irresponsable de poder y recursos perfectamente funcional al capitalismo financiero global. Una concentración desterritorializada, fuera de control y, por ende, ajena a cualquier rendimiento de cuentas democratico. A lo largo de las últimas décadas, Madrid se ha convertido en la paradójica capital de la soberanía menguante del Estado nacional y del poder creciente de la heteronomía capitalista que destruye la democracia.

Pero aún es más, partícipe del problema territorial inherente a la evolución y crisis del modelo autonómico a partir de 2010, tampoco es de sorprender que el PSOE lleve tanto tiempo situando políticos inoperantes al frente de su política madrileña. ¿Quién recuerda a José Manuel Franco? ¿Quién conoce a Hana Jalloul? En modo alguno es casual que sea en Madrid donde el PSOE lleva dos elecciones consecutivas perdiendo con Más Madrid, incapaz de recuperar su posición en el bipartidismo del 78.

Deconstruir Madrid es desconcentrar Madrid

El Partido Socialista se encuentra hoy atravesado por una contradicción que solo en parte le es ajena: el agotamiento del Estado autonómico. Al recuperar la centralidad en el tablero que en su momento le disputó Podemos, el PSOE se encuentra ahora en la tesitura de elegir entre apostar por la capacidad del régimen para metabolizar su crisis o plantear un horizonte de superación del modelo autonómico hacia allí donde un día, antes de la crisis política de 2010, no se quiso profundizar: el Estado federal asimétrico.

Llegados a este punto resulta pertinente plantearse la desconcentración del Estado. Nótese, antes de nada, que desconcentrar no solo es descentralizar, por más que sean procesos que pueden ir ligados. Desconcentrar es reorganizar la estructura estatal de suerte tal que el poder se encuentre territorialmente repartido. La desconcentración suele ser por ello un recurso de los Estados federales (piénsese en Alemania, por ejemplo, con el Bundestag en Berlín, Tribunal Constitucional en Karlsruhe, Banco Federal en Frankfurt, etc.).

No le ha faltado a los socialistas algún que otro gesto hacia la desconcentración. El más sonado, sin duda, fue la propuesta de trasladar el Senado a Barcelona. También el exministro Iceta apuntó la posibilidad de encontrar sede a algunas instituciones culturales fuera de la capital. Por desgracia, no se ha pasado de ahí; de una cierta política de gestos. Pero mientras tanto el problema madrileño no ha dejado de crecer; incluso para las organizaciones territoriales del PP no madrileño, como evidenció el fin de Casado y los problemas de Feijóo en su interna.

Madrid es un centro extractivista en el que se concentra un poder sin control y desaparecen más y más recursos públicos en manos privadas

Y es que la desconcentración no puede comenzar sino por el centro: Madrid. Comunidad autónoma y capital, el mayor ayuntamiento de España, el territorio más densamente poblado y que concentra mayores inversiones y recursos. Madrid es un problema, en primer lugar, para Madrid y, justo después, para el resto de España. Internamente se organiza también de manera centralista a partir del ayuntamiento de Madrid que es, en sí mismo, centralista respecto a sus propios barrios y distritos. El centro de Madrid se ha vuelto un no-lugar en el que la gente de Madrid no alcanza ya a reconocer su identidad y memoria.

Pero todavía el marzo pasado, Almeida pedía reformar la Ley de Capitalidad. No ciertamente para reorientar Madrid hacia la desconcentración. Al contrario, su solicitud al Gobierno central buscaba sostener una centralización que opera como un agujero negro. Un centro extractivista en el que se concentra un poder creciente sin control y desaparecen más y más recursos públicos en manos privadas. Por descontado, aunque el PP gobierna ayuntamiento y comunidad, nunca se ha planteado modificar este modelo y pensar una eventual desconcentración y posterior federalización. No hay la menor sombra de duda de que si PP y Vox consiguiesen una mayoría absoluta, la tendencia a la concentración se intensificaría.

La alternativa se perfila, pues, por sí sola; aunque no de cara a una investidura para la que Sánchez ha afrontado otras prioridades. En el medio y largo plazo, no obstante, sería más que deseable que el progresismo comenzase a disputar al centralismo de las derechas y al independentismo utópico una alternativa pragmática y viable en la correlación de fuerzas. Hora es de plantearse resolver el problema antes que reproducirlo; de abandonar la lógica por la que cada partido acude a la feria de las vanidades electorales con un producto (el Estado independiente, la confederación de Estados, el Estado federal, etc.), pero sin asumir qué pasos materiales previos son precisos para llegar. Por descontado, la desconcentración no será una solución mágica; pero sí al menos un primer paso, realista y efectivo, con el que caminar preguntando.

Tras la investidura, el Gobierno. Los pactos de investidura han situado la cuestión territorial en el centro de la articulación de mayorías. Tres modelos y medio tensionarán el debate: en la oposición, la recentralización simetrizadora de las derechas españolas; frente a ella, una vez fracasado el unilateralismo,...

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Autor >

Raimundo Viejo Viñas

Es un activista, profesor universitario y editor.

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2 comentario(s)

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  1. joamella

    Creo que sería una labor periodística muy importante para acallar los berridos y lamentos, de todo hay, de las autonomías vaciadas el saber desde, por ejemplo los últimos 30 años los gasots corrientes y de inversión que han ido a las distintas autonomías desde los presupuestos estatales, así como el grado de ejecución de los de inversión. Sencillo y claro. Se acabó de hablar si Madrid financia o no, si Cataluña esto o lo otro, si ... muchos sí que sería fácil averiguar y mucho papanata y mucha papanata que quizá se callaran si los datos les contradijeran. Esto último lo dudo, pues esos y esas papanatas viven de la mentira y el odio, los siembran a su paso para que la siembra de ayer cubra e impida ver la siembra de hoy.

    Hace 6 meses 26 días

  2. joamella

    Si los independentistas tuvieran la inteligencia que niega su nacionalismo ahistórico hace ya mucho tiempo que hubieran publicado los recursos estatales invertidos en Madrid, tanto en gasto corriente como de inversión. Pero no lo solicitan ni lo reclaman. Esa información por comunidades autónomas sería explicativa por si sola de quién financia a quién. La España vaciada se enterará de quién la vacía, y además el billete lo paga el que se va. Por cierto, los españolistas padecen una ceguera intelectual similar a los de los independentistas, aunque son menos sutiles. Con líderes como Aznar, Aguirre, Ayuso, Abascal, Smith y una larga retahila de cerebros similares, muchos de ellos pertenecientes al od, ciertamente no se pueden esperar juegos de destreza intelectual ni filosofías superiores a las que avalaron y defendieron al Tribunal de la Santa Inquisición.

    Hace 6 meses 26 días

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