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Medios de comunicación

¿Por qué los llaman “los mejores libros del año” cuando quieren decir “los que queremos que vendan”?

La llamada ‘prensa cultural’ no tiene reparos en requerir la opinión de los expertos para, a continuación, imponerles su agenda, que es la de los grandes grupos editoriales

Patricio Pron 22/12/2023

<p>La sede de 'The New York Times' en Nueva York. / <strong>Jakayla Toney (Unsplash)</strong></p>

La sede de 'The New York Times' en Nueva York. / Jakayla Toney (Unsplash)

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Quizás “abril sea el mes más cruel”, pero diciembre –en algún sentido, el mes más breve, así como el más imbuido de sentimentalidad y mercantilismo– es también cruel, en especial para todas esas ideas de la literatura como un ámbito de posibilidades, un arte, una especie de “vida mejor, más alta”, que algunas personas continúan teniendo, pese a toda evidencia. Por lo general, es también el mes en el que las más atroces circunstancias, las más brutales violencias y los acontecimientos más desgarradores se nos presentan todos juntos bajo etiquetas como “los acontecimientos que marcaron el año”; de esa manera, un año más de un modo de vida que nos hace daño y hace daño a los demás se celebra a sí mismo a través de sus principales órganos de difusión, los periódicos y los canales de televisión, en el instante que media entre la entrega de los regalos navideños y la promesa de que el año que viene será distinto. Pero, por supuesto, el año que viene no va a serlo: cuando termine también ofrecerá resúmenes de “los acontecimientos que marcaron el año”, regalos navideños, campanadas, un montón de dolor acumulado que se nos atragantará con las uvas y con los viejos pleitos familiares nunca olvidados.

De los “diez mejores libros del año” para The New York Times, en la lista de sus críticos sólo aparece uno

Naturalmente, también el año próximo habrá listas de “los mejores libros del año”, y celebrarán con igual entusiasmo títulos similares, con portadas algo distintas y, tal vez, uno o dos nombres diferentes a los del año anterior. La del New York Times de este año, por ejemplo, destaca The Bee Sting, de Paul Murray; The Fraud, de Zadie Smith; North Woods, de Daniel Mason;  Master Slave Husband Wife, de Ilyon Woo y otros seis libros. Por alguna razón, la lista es enormemente influyente. También por alguna razón, y como es habitual, es profundamente provinciana. (Entre los “del año” hay uno de Maylis de Kerangal publicado en francés en 2012 pero ignorado hasta ahora por la redacción del periódico, por ejemplo). Una vez más, la lista expresa las principales tendencias, por alguna razón: de los diez libros, seis están inspirados en hechos reales, uno es una distopía, otro es un true crime, uno se ocupa de la catástrofe climática, uno más es definido como un real-life thriller; otro, como una historia de “amor y resiliencia”. Una familia adinerada, chantajes, la muerte de un viejo amor, la vigilancia digital, la esclavitud en los Estados Unidos, teorías conspirativas, un secreto guardado durante mucho tiempo... Los temas de estos libros reflejan las promesas más habituales de los medios de prensa. Por ejemplo, la de que ese medio sería capaz de distinguir entre “las mentiras” y “la verdad” para que sus lectores no necesiten hacerlo. Pero también expresa una división profunda entre aquello a lo que las empresas periodísticas otorgan valor y el modo en que los lectores profesionales definen el valor en literatura y lo distinguen: cuando, en un aparte, el periódico otorga la palabra a Dwight Garner, Alexandra Jacobs y Jennifer Szalai, sus tres críticos literarios principales, ni el libro de Murray ni el de Smith están entre sus escogidos; tampoco los de Mason y Woo. De los “diez mejores libros del año”, en la lista de sus críticos sólo aparece uno: The Best Minds, de Jonathan Rosen, destacado por Jacobs.

Una sola cosa evita que el fingimiento de autoridad se proyecte exitosamente en las ventas, y es que los compradores de libros ya no leen los suplementos ni las revistas

The New York Times también ofrece este año una lista de “los 100 libros notables de 2023”, una lista más plural y más diversa –y, por consiguiente, más valiosa– pero igualmente sesgada, aunque al menos realizada por expertos, en este caso, del New York Times Book Review. The Bee Sting es uno de sus títulos destacados, que parecen haber servido de long-list de la selección final. De los treinta libros escogidos por Garner, Jacobs y Szalai, sin embargo, en ella sólo aparecen nueve. La selección parece estar motivada más bien por las “tendencias” actuales y por la voluntad de representación de los géneros de moda: ficción, crimen y thrillers, ciencia ficción y fantasía, romántica, biografías y memorias, política, deportes, novela gráfica, música, ensayismo de circunstancias y poesía. También por las ideas –nunca del todo ratificadas, sin embargo– de que la literatura serviría a los fines de “comprender” la historia de un país o para promover la “conexión” de los lectores. La lista no ofrece mucho más que un resumen del contenido de los libros similar al que puede encontrarse en Amazon y Barnes & Noble, lo que ratifica su condición de un estímulo a la compra más que de intervención crítica, en lo que, al menos, y por una vez, el medio es sincero con sus suscriptores. Quienes piensen que las listas de “los mejores libros del año” tienen su valor en la medida en que proporcionan orientación a los lectores sobre las obras que han recibido reconocimiento y aclamación, descubren nuevas lecturas y exploran títulos que han capturado la atención de críticos y expertos, deberían considerar que muchos títulos de la selección ni siquiera fueron reseñados por The New York Times, que ahora los considera los más notables del año, no se sabe si admitiendo un error de juicio previo o confiando en la desmemoria de los lectores.

Que las listas de “los mejores libros del año” son, en realidad, o aspiran a ser, las listas de “los libros con más posibilidades comerciales del año” se pone de manifiesto en el hecho de que prácticamente no se dice nada de ellos en esas listas. También, en que, por lo general, sólo incluyen libros publicados en el último tercio del año –que todavía se encuentran en librerías al momento de la publicación de las listas– y en que los responsables de las revistas y los suplementos que las publican no suelen enviar a sus colaboradores ni listas de “los libros de la semana” ni el histórico de publicaciones, ni siquiera unos lineamientos mínimos sobre lo que se debería considerar, dadas las circunstancias, “lo mejor del año”. (De hecho, ni siquiera los invitan a hacer públicos sus votos.) Una sola cosa evita que el fingimiento de autoridad se proyecte exitosamente en las ventas reales a final de año, y es que los compradores de libros –algo parecido a los lectores y a las lectoras, pero no necesariamente lo mismo– ya no leen los suplementos ni las revistas y prestan la misma atención a sus selecciones de “los mejores libros del año” que a las de “las veinte mejores afeitadoras eléctricas del mercado” o “el nuevo desafío viral que arrasa en TikTok”. Una atención deficitaria, nunca del todo entusiasta, más centrada en la posibilidad de polemizar sobre la inclusión de ciertos títulos y nombres que en interrogar el modo en que esas listas han sido confeccionadas o cuestionar la supuesta autoridad de la que emanan. No hay nada que celebrar en la pérdida de relevancia y de audiencias del periodismo –que supone, siempre, una devaluación en la calidad y en la estabilidad de las democracias–, pero tal vez hubiese que preguntarse qué razones contribuyen a que esas pérdidas parezcan serles indiferentes a buena parte de quienes podrían contribuir a evitarlas.

¿Qué razón existe para que las listas de “los mejores libros del año” incluyan a menudo libros que el medio que las elabora ni siquiera se ha tomado el trabajo de reseñar?

Penosamente, los últimos esfuerzos del año de personas talentosas y educadas van dirigidos a producir el tipo de influencia sin responsabilidad que los medios de prensa intentan proyectar en la actualidad imitando a redes sociales que, en su fingimiento de información, están reduciendo sus márgenes de ganancia y haciendo inviable el ejercicio del periodismo a medio plazo: se suponía que sería al revés, pero no es el caso. Del mismo modo que la mayor parte de los artículos de prensa son en la actualidad argumentos de venta –de un libro, de un proyecto político, de un show, de un capitalismo que algunos llaman “tardío” y otros, ya, “terminal”– y expulsan todo aquello que no se subsuma a una frase de moda, a un argumento comercial, a una tendencia, ni siquiera las producciones más elaboradas de la prensa cultural consiguen disimular su carácter de mercancía. El argumento más frecuente es que la prensa cultural sí sabe lo que es el valor. Pero ni “la prensa cultural” es un frente cohesionado ni carente de contradicciones y conflictos internos, ni tiene reparos en requerir la opinión de los expertos para, a continuación, imponerles su agenda, que es la de los grandes grupos editoriales para los que, en realidad, esa prensa cultural trabaja, lo sepa o no. Desde hace algunos años, Bookmarks emplea una herramienta informática para determinar qué libros han sido los “mejor reseñados” del año; de los diez escogidos por The New York Times, sólo dos aparecen en su lista, el de Paul Murray y el de Zadie Smith. ¿Qué produjo esta disociación entre el modo en que valoran los libros quienes han recibido para hacerlo un entrenamiento específico, una formación, y quienes confeccionan las listas de “los mejores libros del año”? ¿Por qué un medio de prensa desmentiría a sus propios expertos? ¿Cuál es la razón por la que alguien se prestaría a ello? ¿Por qué no llamarlos, simplemente, “los cien libros que nuestros jefes nos indican que debes comprar estas navidades”? ¿Qué razón existe para que las listas de “los mejores libros del año” incluyan a menudo libros que el medio que las elabora ni siquiera se ha tomado el trabajo de reseñar? No hay respuesta, ni desde The New York Times ni desde ningún otro medio. Y el año que viene será igual, sólo cambiarán uno o dos nombres y el hecho de que el descrédito al que la prensa cultural se asoma alegremente –pese a los más talentosos y las más talentosas entre sus filas– hará que sea trescientos sesenta y cinco veces más difícil convencer a alguien de que esta vez se ha hecho bien, de que esta vez sí son “los diez mejores libros del año”. Ni siquiera el New York Times escapa a esto.

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Patricio Pron es escritor. Su nuevo libro es La naturaleza secreta de las cosas de este mundo (Anagrama, 2023).

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Patricio Pron

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1 comentario(s)

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  1. javier1

    Desde un país sin prensa cultural, parece envidiable la mala salud de la prensa cultural neoyorquina. 

    Hace 6 meses 19 días

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