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tribuna

Mentiras

El antipunitivismo no es cosa de modernas, ni de feministas teóricas, ni cree necesariamente en la reinserción de los violadores, ni pretende que los agresores campen a sus anchas

Laura Macaya Andrés 29/02/2024

<p>Manifestantes a favor de los derechos de la mujeres presas, durante el 8M de 2021. / <strong>Salhaketa Nafarroa</strong></p>

Manifestantes a favor de los derechos de la mujeres presas, durante el 8M de 2021. / Salhaketa Nafarroa

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 Dime por qué
Me dices siempre solamente 
mentiras
Dime por qué
No dices nunca la verdad
(María Daniela y su Sonido Lasser)

La sentencia judicial por violación a Dani Alves ha producido diversas reacciones en el marco de los feminismos. La actual coyuntura política favorece que las resoluciones judiciales y las leyes en torno a la violencia machista se hayan convertido en elementos de análisis prioritario. Esto tiene diversas consecuencias y efectos y uno de los más destacados son las campañas de eufemismos, acusaciones veladas y suposiciones malintencionadas sobre un muñeco de paja que algunas feministas identifican como “feminismo antipunitivista” y al que le atribuyen una cantidad ingente de males y ofensas basándose en imágenes caricaturescas del mismo, homogeneizaciones y afirmaciones que son, con bastante frecuencia, simplistas y, con mucha asiduidad, mentiras. 

Un ejemplo de todo ello es el reciente artículo de Cristina Fallarás “Homenaje a la perseverancia de Irene Montero” aparecido en el diario Público el pasado 25 de febrero. En este artículo pueden leerse afirmaciones como la siguiente: “Imagino que a las nuevas ‘teóricas’ y ‘filósofas’ del feminismo y el consentimiento les parecerá una sentencia rancia, pero al resto de las mortales, y muy especialmente a las que hemos sufrido alguna agresión sexual, que somos millones en este país, nos parece un prodigio”.

Me propongo aportar otra mirada respecto a estas afirmaciones y otras que, al calor de sentencias judiciales más o menos acertadas, surgen para atacar a colectivos y personas que podrían enmarcarse en el denominado feminismo antipunitivista. 

Mentira nº1. El antipunitivismo es cosa de modernas

Las posturas del feminismo antipunitivista son diversas, desde las propuestas del abolicionismo penal, en las que me incluyo, hasta las propuestas del derecho penal mínimo. Lo que compartimos todas ellas es un firme compromiso con la transformación social y la convicción de que el sistema penal no es la solución para los agravios y violencias que afectan a las mujeres y personas disidentes en cuanto al género. No solo eso, sino que, además, sabemos que el sistema penal, en demasiadas ocasiones, tiene más efectos perniciosos que positivos, como afirma Elena Larrauri. Cuestionamos la idea de que, siguiendo a Ania Srinivasan, “un enfoque punitivo que perjudica sistemáticamente a personas pobres y de color pueda traer justicia sexual”. 

La cárcel no transforma, la pena no disuade, el sistema penal no repara

La cárcel no transforma, la pena no disuade, el sistema penal no repara y cuando lo hace es porque estamos ante perspectivas de mejora tan pobres que nos han condenado a conformarnos con que un juez o jueza reconozca nuestro sufrimiento y encierre al infractor. Pero, además, esto solo será posible en el caso de que formemos parte de ese pequeño grupo de mujeres para las que es posible buscar protección o reconocimiento en el sistema penal. Como apuntaba Dolores Juliano “muchos sectores sociales discriminados no esperan una protección especial por parte de las leyes; se limitan a aspirar a que se los descriminalice, lo que es una demanda sensata vistos los riesgos que conlleva para ellos la aplicación del Código Penal”. 

La crítica antipunitivista pone también el foco en la capacidad del sistema penal para producirnos como mujeres dóciles. Así, por ejemplo, este tendrá mayor disposición a reconocer como víctimas a aquellas mujeres pasivas, inocentes y coherentes. En este sentido el señalamiento a la victimización e infantilización de las mujeres por parte del sistema penal es una de las críticas feministas más prolíficas y potentes. Encontramos ejemplos de ella en referentes del siglo XIX como Emma Goldman y en referentes actuales como Empar Pineda y Cristina Garaizabal que, ya en el año 2006, escribieron, junto con otras feministas, denunciando el carácter punitivo y victimizante de la Ley 1/2004 de medidas de protección integral contra la violencia de género. 

La crítica antipunitivista pone también el foco en la capacidad del sistema penal para producirnos como mujeres dóciles

El feminismo siempre fue antipunitivista, lo fue en su mayoría, siguiendo la lógica aplastante de la confrontación de lxs oprimidxs con el Estado burgués al considerarlo el eje de la opresión y de la hegemonía de los valores y la cultura androcéntrica. También la oposición a la cultura del castigo era un sentido común de cualquier propuesta radical, aunque fuera por aquello tan simple de “las herramientas del amo” y su incapacidad para destruir la casa del amo. La recobrada confianza en el Estado y en la producción legislativa para transformar la vida de las mujeres y lxs oprimidxs es una trampa de fatales consecuencias, entre ellas la de la legitimación de los poderes constituidos y, lo que es más grave, la herida de muerte a la imaginación política y a las propuestas revolucionarias al margen del Estado y sus leyes, propuestas que son tildadas por los nuevos adalides de la progresía de teóricas, irreales o utópicas. Como si defender los derechos en clave burguesa como herramienta de liberación y emancipación no fuera solo utópico, sino más bien, otra mentira. 

Pero no contentas con ello, ya no solo defienden los derechos o las leyes en general, las cuales en algunas de sus configuraciones pueden ser un primer paso para la mera existencia social de un grupo invisibilizado. Fuera de toda lógica, ahora ya, hasta el derecho penal es progresista. 

Lo que resulta más preocupante es que, como ya afirmó la tristemente desaparecida Dolores Juliano, “algunos sectores del feminismo, principalmente los más integrados en la estructura de poder, sigan confiando en el sistema penal como garante de los recientemente adquiridos derechos de las mujeres”. Supongo que Juliano, Srinivasan, Larrauri, Pineda y Garaizabal serán para Cristina Fallarás parte de ese feminismo que consideraría que la sentencia de un tribunal burgués, por muy progresista que esta sea, no deja de ser rancia como logro feminista. Y, efectivamente, así es. 

En el párrafo citado de Fallarás se contienen algunos de los elementos clave de este feminismo oficial para el cual los postulados de un feminismo que es, entre otras cosas, antipunitivo son algo de “nuevas teóricas” o filósofas modernas. Posicionándose como “lo rancio” quieren llevarse el pastel del feminismo histórico, pero lo siento mucho, siendo ustedes igual de rancias que siempre, nosotras con Dolores, Cristina, Empar y Emma seguimos siendo igual de modernas que hace 125 años. 

Mentira nº2. Las víctimas de violencia sexual necesitamos castigos a los infractores para ser reparadas, todas pensamos lo mismo y lo que decimos es más bueno y verdadero

Una de las primeras artimañas de Fallarás, típica del feminismo oficial, es la de erigirse como representante de todas las víctimas y, no contenta con ello, de todas las mortales. La política de la representación siempre nos ha dado miedo a las modernas porque suele significar ser subsumidas bajo un paraguas de significados que suelen establecer aquellas que, bajo altavoces de reconocimiento, homogeneizan los sentires de todas en función de su experiencia y sus sentimientos. Estos sentimientos y experiencias a su vez no son puros, sino que están condicionados por la procedencia de clase, raza, por el capital simbólico, el contexto cultural, la relación previa con la violencia, etc. Por lo tanto, reducir los sentimientos de todas a los de las mujeres con más voz tiene el riesgo de invisibilizar a las subalternas, pero también, de acabar produciendo relatos hegemónicos sobre la violencia que configurarán la forma de entenderla y experimentarla de todas. 

De aquí se desprenden como mínimo dos mentiras: 1. Todas las víctimas de violencia sexual pensamos y sentimos lo mismo y 2. El hecho de haber sufrido una agresión sexual o una violación te dota de un halo de superioridad moral y epistemológica (eres más buena, sabes más). No conozco una sola persona víctima de violación a la que no le molesten este tipo de formulaciones. Principalmente porque estas atribuciones a las víctimas son una forma de restarles legitimidad y de eliminarlas del tablero como interlocutoras válidas. 

Como afirman Graeber y Wengrow, respecto a cómo los filósofos occidentales se han relacionado con los pueblos indígenas, caracterizar a estos, y añado, a las víctimas de violación o a lxs oprimidxs bien como ángeles de la historia, bien como los demonios, impide toda posibilidad real de intercambio intelectual o siquiera de diálogo. Desde la irrelevancia no las tomaremos ni en consideración. Pero desde dotarlos de un exceso de profundidad o veracidad se produce una falsa lealtad que caducará muy pronto porque nadie puede sostener a alguien convertido en un ser divino al que se le han hecho promesas irrealizables. Tal y como hace el sistema penal con las víctimas, las promesas de protección, riesgo cero y lealtad cien por cien a todas las exigencias son inabarcables, poco realistas, poco sanas para la recuperación y, por supuesto, mentiras. Todo ello produce dolor y frustración a las víctimas empíricas, pero prestigio y reconocimiento a quienes se erigen como sus representantes. 

Mentira nº3. El antipunitivismo cree en la reinserción de los violadores

Entonces desde ese marco del feminismo oficial, representado por algunas de las ideas contenidas en el texto de Fallarás, se inicia una maquinaria que caricaturiza el antipunitivismo feminista a través de la burda estrategia consistente en el ya famoso “difama, difama, que algo queda”. 

La sentencia de cárcel a Dani Alves ha encendido los ánimos punitivistas, pero no me queda claro si hay alegría, descontento, frustración, necesidad de más o de menos. Lo que sí me queda claro es que a muchas les ha servido de curiosa revancha para afirmar que las antipunitivistas no queríamos que Dani Alves fuera a la cárcel y que, a nuestro pesar, había venido un juez a ponernos en nuestro sitio. También me ha quedado claro que hay quien piensa que las antipunitivistas confiamos en la reinserción de los violadores, o bien que queremos que violadores, asesinos y genocidas campen a sus anchas. Afirmaciones que se suman al monto de mentiras lanzadas desde los marcos tuiteros de la hembrasfera donde la burla y la expresión rápida de la frustración y el odio son muestras evidentes y dañinas de las políticas expresivas de la punición. 

 La reinserción no es un paradigma antipunitivista sino que constituye el modelo de la penalidad imperante en Europa y EEUU entre 1900 y 1980

Y aunque sea por ser precisa cabe desmentir la fe de las antipunitivistas en la reinserción. La reinserción no es un paradigma antipunitivista sino que constituye el modelo de la penalidad imperante en Europa y EEUU entre finales del siglo XIX y los años ochenta del siglo XX. Como apunta Garland, la reinserción forma parte del paradigma penal-welfarista que interpreta la delincuencia como una desviación fruto de un orden social problemático. Las prácticas y políticas que se derivan de este modelo tienen que ver con la reforma forzada a través del tratamiento penológico, médico y psiquiátrico de la desviación y, por tanto, con la docilidad, el disciplinamiento y la normalización de las clases más pobres y estigmatizadas, y, por supuesto, de las mujeres que formaban parte de estas. La disciplina de las instituciones de reinserción pasa a formar parte de los mecanismos de la penalidad a través de un control centrado en conocer y administrar los cuerpos que, a partir de finales del siglo XIX, servirá para la distribución de las poblaciones entre las instituciones correctivas, las instituciones de castigo y la sociedad normalizada. 

El antipunitivismo ni cree en la reinserción ni pretende que los agresores campen a sus anchas sin consecuencias. De hecho, en sociedades hiperpunitivas, como la nuestra, los agresores ya campan a sus anchas. Y lo que demuestran los análisis criminológicos críticos es que la mayoría de las personas que están en prisión no son más peligrosas que la mayoría de personas que están fuera de ella. 

En sociedades hiperpunitivas, como la nuestra, los agresores ya campan a sus anchas

Mentira nº 4. Las feministas antipunitivistas somos solo teóricas

En definitiva, lo que no es mentira es que deseamos un mundo sin cárceles y sin mecanismos de castigo, ni estatales, ni personales, ni comunitarios. Que queda demostrado, por la sobreexposición al miedo de las mujeres, que la alarma producida de forma interesada en torno al riesgo de violencia sexual y su resolución punitiva, produce indefensión y nos condena al irracionalismo y el conservadurismo. Que la concepción de la seguridad basada en la ausencia de ataques interpersonales solo sirve para mujeres que no tienen problemas más acuciantes. 

Y lo que tampoco es mentira es que la resolución punitiva y penal de las violencias y agravios cometidos contra las mujeres como afirmaría Juliano “pretende difundir el mensaje de que el gobierno (sea el que sea) se preocupa por los problemas sociales y esta es una solución más fácil que atender a los problemas de la gente, que pasan más por la inseguridad laboral, los bajos salarios, la precariedad de los trabajos y la falta de estructuras escolares y sanitarias que permitan vivir en mejores condiciones” o la represión y la persecución policial y judicial. 

Ahora bien, lo que sí que es mentira es que las feministas antipunitivistas somos solo teóricas. Muchas de nosotras somos personas organizadas diseñando planes, estrategias y herramientas colectivas para gestionar y acompañar las violencias de otros modos. Sabemos que una realidad sin cárceles y sin castigo pasa por una realidad con mayor justicia social, por un cambio civilizatorio, en palabras de Paz Francés y Angela Davis, que debe comenzar YA. Un cambio que pasa por cosas que sí estamos haciendo.

Muchas de nosotras somos personas organizadas diseñando herramientas colectivas para gestionar y acompañar las violencias 

Desde esta premisa estamos produciendo instituciones propias que nos permiten dotarnos de estrategias de abordaje de la violencia machista desde perspectivas transformativas. Elaboramos herramientas desde las que, por ejemplo, conceptualizar la violencia huyendo del poco riguroso “todo es violencia”, graduándola y distinguiéndola de las discriminaciones y las situaciones de reproducción del sexismo, pero también, de los conflictos. Desde estas instituciones propias acompañamos el sufrimiento, abordando los impactos de las violencias en las personas afectadas por ellas y sus comunidades, a la vez que acompañamos a personas que agreden para que, cuando esto es posible, se responsabilicen de la reparación. Y, por supuesto, entendemos que la reparación de la violencia tiene que ver con el reequilibrio de fuerzas de lxs oprimidxs a través del logro de mayores rentas y derechos, pero, sobre todo, de mayor fuerza y recursos para las comunidades de las que forman parte. 

Además, en estas instituciones propias a menudo se dispone de servicios de ayuda directa y asesoramiento jurídico gratuito para mujeres y personas disidentes en cuanto al género en situación de precariedad y estigmatización por considerar que son estas las que mayor riesgo de desprotección y criminalización tienen al intentar acceder a los sistemas de justicia o de protección social. 

El antipunitivismo practicado en el hacia fuera y en el hacia dentro requiere de madurez, de autorreflexión, de regulación emocional personal y colectiva, de organizaciones e instituciones propias más igualitarias y sostenidas con mucho esfuerzo. Y ahora también con mucho riesgo de ser objeto de difamación. Para llevarlo a cabo hay que bajarse del carro del narcisismo. Hay que bajarse del carro de pensar que un sentimiento particular producido, en muchos casos, por los marcos del pánico moral punitivo, pasa por encima de la justicia colectiva. Hay que reflexionar sobre la idoneidad de los relatos del escándalo, las venganzas pendientes y las listas negras que se basan en una supuesta comunidad de mujeres de moral intachable unidas por hilos (interclasistas) invisibles que son las violencias sufridas. 

Las feministas antipunitivistas, a pesar de las mentiras y las alusiones ciegas en Twitter, seguiremos produciendo espacios donde llevar a la práctica lo que teorizamos. Seguiremos, como siempre, produciendo espacios de emancipación y justicia social para todo el mundo. Seguiremos intentando no caer en posturas de la alarma, ni en la sobredimensión del daño. Seguiremos produciendo nuevos relatos empoderadores sobre la sexualidad, el poder y la violencia. Porque eso es, al fin y al cabo, lo que es a veces la denostada teoría. La producción de marcos simbólicos propios desde los que interpretar los hechos sociales, personales y estructurales de manera que puedan desafiar los relatos hegemónicos del feminismo oficial. Todo ello porque, lamentablemente, el feminismo reaccionario se ha convertido en el feminismo oficial abarcando cada vez más, capas y espacios diversos del movimiento. El feminismo oficial ha conseguido que entre las militantes se considere como un hito feminista una sentencia penal, ha conseguido que los debates jurídicos cobren una relevancia inusitada desplazando la importancia de la creación de espacios autónomos, ha conseguido que colectivos en lucha estén completamente desmovilizados debido a la acritud de las guerras culturales identitarias, ha conseguido que se avalen venganzas y acciones de crueldad continuada disfrazadas de justicia, ha conseguido que el emotivismo burgués invada lo que eran organizaciones de personas fuertes y valientes. Nos ha ganado. De momento.

 Dime por qué
Me dices siempre solamente 
mentiras
Dime por qué
No dices nunca la verdad
(María Daniela y su Sonido Lasser)

La sentencia judicial por violación a Dani Alves ha producido diversas reacciones en el marco de...

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Autora >

Laura Macaya Andrés

Experta en atención directa y diseño de políticas públicas en género y feminismos. Forma parte de Genera, asociación en defensa de los derechos y libertades sexuales y de género.

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1 comentario(s)

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  1. juan-ab

    "Todo es mentira en este mundo. Todo es mentira, la verdad.", canta Manu Chao. ¿Lo será también tu verdad? Para comprobar si me había perdido algo, releo el artículo de Fallarás y no, nada veo que haga pensar en una reivindicación del punitivismo. La autora, C.F., se limita a celebrar algunos pasajes de la sentencia dictada (que incluye) por ser algo inaudito en el derecho patrio (ojalá que no sea solo una limpieza de imagen de una judicatura tan desacreditada últimamente por méritos propios). Y por supuesto celebra, reconoce y agradece a la que fuera Ministra de Igualdad, Irene Montero, junto a todas las personas que la acompañaron el trabajo realizado. Yo también lo hago; como también agradezco el esfuerzo teórico y el empeño por conseguir un mundo menos represor de Laura Macaya et al.

    Hace 4 meses 16 días

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